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miércoles, 2 de abril de 2025

No poner la X es ayudar a la Iglesia en sus necesidades



Decía el Papa que quiere una Iglesia pobre y para los pobres. Pues bien, ¡pongámonos a ello! Es Cuaresma, tiempo de conversión, y uno no puede convertirse mientras esté aferrado a sus seguridades materiales.

Si el pánico a perder privilegios y rentas públicas paraliza a nuestros pastores, hagámosles un favor: quitémoselo. Arranquémosles esa muleta en la que llevan años apoyándose para no caminar. Para no pastorear. Para no hablar. Para no molestar.

Porque no es caridad dejar que nuestros obispos vivan esclavizados por el temor. ¿Qué clase de amor sería el que consiente que un alma consagrada permanezca prisionera del miedo a perder la paguita? Si el dinero de la casilla de la Renta es la mordaza con la que se ahoga la voz profética, entonces marcar esa cruz es colaborar con el verdugo.

No nos engañemos: la mayoría de nuestros obispos no callan por prudencia evangélica, sino por pura supervivencia institucional. El dogma no es la fe de la Iglesia, sino la financiación autonómica. Y los mártires no dan votos en las subvenciones.

Así que este año, cuando rellenes tu declaración, no te líes. Esa crucecita, la de la Iglesia, déjala en blanco. Porque el quinto mandamiento de la Iglesia es ayudar a la Iglesia en sus necesidades. Y hoy su necesidad más urgente es que la desposeamos, que la aligeremos, que la liberemos del chantaje institucional. Para ver si, en la indigencia, se acuerdan de Cristo. El que no tenía dónde reclinar la cabeza. El que murió en la pobreza más absoluta y en el silencio más escandaloso.

Queremos obispos que griten el Evangelio, no gerentes de fundación. Pastores, no contables. Mártires, no becarios del BOE. Si el miedo al hambre les ha hecho mudos, entonces ayunemos todos juntos. Porque a lo mejor, sin renta, sin subvención, sin voz en el Consejo Asesor del Ministerio de Igualdad, nuestros obispos redescubren que su fuerza está en la Cruz, no en la casilla.

Ayudar a la Iglesia hoy es empobrecerla. Porque sólo así, desnuda de todo, volverá a ser esposa de Cristo. Y no concubina del poder.

Jaime Gurpegui