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lunes, 10 de febrero de 2025

La ultraizquierda usa el Ministerio de Sanidad para promover una ideología anticientífica


La llegada de la extrema izquierda al poder en España de la mano de Pedro Sánchez está dando lugar a episodios puramente grotescos.



Un Ministerio de Sanidad que niega diferencias genéticas entre sexos

Ayer, el Ministerio de Sanidad, en manos de Mónica García -de la coalición comunista Sumar encabezada por Yolanda Díaz-, publicó un escandaloso mensaje en su canal oficial de Twitter que ha recibido multitud de críticas. El mensaje afirma lo siguiente: 
"Los hombres viven menos, se suicidan más y consumen más drogas. No es la genética: es una masculinidad que empuja a asumir riesgos y ridiculiza la vulnerabilidad".
Enlaza un artículo que no cita ni un solo estudio científico que lo respalde

El mensaje enlaza un artículo en un medio de ultraizquierda firmado por el secretario de Estado de Sanidad, que también es miembro de la citada coalición. El artículo en cuestión no cita ni un solo estudio científico: es un panfleto ideológico, pero eso sí, trata sus tesis ideológicas como algo indiscutible y que convierte en "negacionista" al que se atreva a contradecir a su autor, que dice cosas como ésta:
"La masculinidad no tiene por qué ser un determinante de enfermedad, y esto es algo que hay que resaltar. No hay nada genético ni prepolítico en que los hombres muramos antes, muramos más de forma violenta (a manos de otros hombres, por lo general) o adoptemos conductas más nocivas para nuestra salud".
Promoviendo una ideología anticientífica desde el Ministerio de Sanidad

Lo que el Ministerio de Sanidad ha difundido con ese mensaje no es ciencia: es ideología. Ideología de género, para más señas, un compendio de tesis ideológicas promovidas por la extrema izquierda desde hace décadas. Una de las tesis de esa ideología es que las diferencias entre sexos no tienen ninguna base biológica, sino que son el fruto de una construcción social. Básicamente, la ideología de género pretendía hacer con las diferencias sexuales lo mismo que el marxismo con las clases sociales: suprimirlas sin más.

Por mucho que la extrema izquierda intente presentarla como una verdad absoluta e incuestionable, la ideología de género carece de base científica y algunas de sus tesis son radicalmente anticientíficas, ya que contradicen hechos demostrados por la ciencia, como la prevalencia de ciertas enfermedades entre los varones por motivos biológicos, y no sólo por motivos exclusivamente sociales y culturales.

La prevalencia de ciertas enfermedades en función del sexo

No está de más recordar que el cáncer de próstata es el tipo de cáncer más frecuente entre los hombres en España (un 23% de los casos, según datos oficiales del Ministerio de Sanidad relativos a 2023), y es una enfermedad exclusiva de los varones, al igual que la prostatitis y la orquitis. Por otra parte, debemos tener en cuenta que los hombres asumen empleos que requieren más fuerza física y más riesgo de muerte, y no es por motivos exclusivamente sociales y culturales, sino también biológicos, ya que de media los hombres tienen más tamaño corporal, más masa muscular y más fuerza que las mujeres.

Según los citados datos oficiales del Ministerio de Sanidad, en 2023 se detectaron 149.509 nuevos casos de cáncer entre hombres y 110.946 entre mujeres. Hay diferencias entre ambos sexos. Por ejemplo, el cáncer de pulmón afecta a un 14% de esos pacientes masculinos y sólo a un 7% de esas mujeres con cáncer. El cáncer colorrectal también tiene una mayor incidencia entre los hombres (17%) que entre las mujeres (14%).

Esos datos oficiales también señalan que el sobrepeso es mayor entre los hombres (61 %) que entre las mujeres (46 %), un problema en el que los hábitos alimenticios y las costumbres sociales tienen una notable influencia, pero en el que también influyen diferencias genéticas entre hombres y mujeres. Este exceso de peso aumenta el riesgo de enfermedades como la diabetes, la hipertensión, el cáncer y otras dolencias cardiovasculares. En 2019, una investigación del Hospital del Mar de Barcelona, revisando medio centenar de estudios epidemiológicos sobre la prevalencia del exceso de peso, pronosticó que en 2030 un 80% de los hombres y el 55% de las mujeres tendrán sobrepeso u obesidad. Uno de los autores de la investigación señaló:
"En los hombres, el exceso de peso es más corriente hasta los 50 años. Después, a partir de los 50, aumenta más la obesidad entre las mujeres. Son cuestiones intrínsecas relacionadas con el metabolismo hormonal. A partir de cierta edad, a las mujeres les cuesta más controlar su peso".
Una izquierda que reemplaza la ciencia por su pensamiento mágico

Es pasmoso que en España tengamos un Ministerio de Sanidad que difunde teorías anticientíficas en su canal de Twitter, presentándolas como hechos incuestionables y llamando "negacionistas" a quienes las contradicen, y sin aportar ni un solo estudio científico que respalde sus afirmaciones. 

Por algo como lo ocurrido ayer debería haber dimisiones inmediatas, pero en España esto no ocurrirá porque tenemos una izquierda que parece empeñada en reemplazar la ciencia por su particular pensamiento mágico.

ELENTIR

Trump y el espinazo de la modernidad



Parece que el presidente Trump nos despierta cada día con alguna nueva iniciativa, cada una más sorprendente que la anterior, desde la eliminación de organismos de subsidios turbios y la deportación de inmigrantes ilegales a la creación de un departamento de eficiencia gubernamental (un oxímoron donde los haya) o la marcha atrás en temas de transexualidad. Sus iniciativas y planes, además, no se limitan al interior de los Estados Unidos, sino que afectan a lugares tan dispares como Groenlandia, Gaza, Canadá, México o Panamá.

Sus enemigos políticos no esperaban esta vorágine de medidas y la nueva situación les ha pillado con el pie cambiado. Lo que más me interesa a mí, sin embargo, es la reacción de los católicos. Algunos están (con cierta razón) encantados con Trump y consideran desleal o desagradecido oponerle cualquier crítica. Otros (también con cierta razón) se empeñan en señalar que, en muchas cosas, las políticas de Trump y su conducta personal se apartan considerablemente de la moral católica, por lo que cualquier católico debe condenar públicamente al personaje.

A pesar de tener ambos su parte de razón, como ya he dicho, creo que ni unos ni otros aciertan en el diagnóstico general. Y tampoco lo hacen los que piensan que la verdad está en el término medio. Lo cierto es que la importancia de Trump no está en sus políticas concretas, algunas de las cuales son estupendas y otras absurdas o inmorales. Es necesario ir más allá. Lo importante de Trump es que es una señal, un signo de victoria que, de un solo golpe, ha roto el espinazo de la modernidad.

Me explico. La esencia de la modernidad, su ideología fundamental o, mejor dicho, su religión oficial es el progresismo. Se trata de una religión implícita e inconsciente para la gran mayoría de sus adeptos, pero no por eso menos real. Esa es la razón por la que izquierdas y derechas, conservadores o progresistas, ecologistas o nacionalistas, a la postre coinciden en promover o al menos conservar siempre el progresismo. Sus diferencias son meramente de detalle, envoltorios distintos para atraer a los diversos grupos o velocidades diferentes en una misma y única dirección.

El progresismo, a su vez, tiene un único dogma fundamental, que es el progreso continuo: lo nuevo siempre es mejor que lo viejo, hoy siempre es mejor que ayer, los hijos siempre saben más que los padres y los nietos más que los hijos. Eso es lo determinante y no los detalles. En concreto y en cada momento, lo “progresista” puede ser cualquier cosa e incluso lo contrario que lo progresista de ayer, porque lo que importa no es la cosa en sí, sino el mero hecho de ser lo nuevo, de ser un progreso, de diferenciarse del pasado.

La modernidad considera que, por su propia naturaleza, ese progreso es imparable e irreversible. A fin de cuentas, ¿quién querría retroceder, involucionar y volver al pasado, que es la suma de todos los males? Solo un loco o un malvado y esas son las categorías en las que se encuadra a cualquiera que rechace el último progreso inventado hace tres días. Los locos y los malvados enemigos del progreso deben ser, y generalmente son, acallados y marginados de la sociedad, de las instituciones y de todos los grupos sociales (incluidos los religiosos) implacablemente.

La mejor muestra de lo debilitado moral e intelectualmente que está Occidente es que durante décadas y décadas ha soportado este despropósito irracional y evidentemente manejado (o al menos aprovechado) por élites sin escrúpulos. Lo mismo, pero de forma más sangrante aún, se puede decir de una gran parte de los católicos, incluida la jerarquía, que se han rendido con armas y bagajes a la religión anticatólica del nuevo imperio mundial y le ofrecen alegremente incienso en toda ocasión. Como la clase política, unánimemente progresista, se ha asegurado además de debilitar también la familia, que era el otro ámbito de resistencia que quedaba, el dominio de la modernidad y su religión oficial ha sido casi absoluto durante toda mi vida.

En los últimos cincuenta o sesenta años no ha habido verdadera resistencia contra el progresismo, porque prácticamente el mundo entero se ha rendido o se ha pasado con entusiasmo al bando progresista vencedor. Inesperadamente, sin embargo, el más insólito campeón se ha presentado a hacer batalla: un setentón amigo del dinero, de moralidad dudosa, muy dado a las fanfarronadas y, además, con un historial político reducido y bastante decepcionante. En su contra, la práctica totalidad de la clase política mundial, la práctica totalidad de los medios de comunicación y, en apariencia, la práctica totalidad de la población de Occidente.

Más inesperadamente aún, el campeón setentón ha vencido arrolladoramente y, en vez de desaprovechar su victoria como hizo la vez anterior, la ha emprendido a mandoble limpio contra el edificio progresista en su país como si no hubiera mañana. Diversos “progresos” que parecían intocables y nadie se atrevía a cuestionar seriamente, sobre diversidad, transexualidad, multiculturalidad, fronteras abiertas y otros, han sido borrados de la faz de la tierra con una simple firma. Esto es un golpe terrible no tanto por su materialidad, porque las conquistas progresistas son legión y su eliminación requerirá décadas o siglos, sino por su carácter de signo visible: el progresismo, lejos de ser irreversible, se derrumba a poco que se le haga frente. Es posible y conveniente volver atrás en muchas cosas, en las que el camino tomado era claramente erróneo. El rey estaba desnudo, el gigante tenía los pies de barro y su aura de invencibilidad ha desaparecido, porque un estrafalario político norteamericano ha bailado sobre sus ruinas. El espinazo de la modernidad se ha roto.

En efecto, las fuerzas progresistas, al menos por el momento, parecen estar en desbandada y, para mayor humillación, se ha demostrado que su poder necesitaba apoyarse en una tupida trama de subvenciones ocultas. Sin ellas no tienen ninguna fuerza. Sin la percepción de que es invencible y cuando se corta el caudal interminable de dinero, el progresismo se disipa como un mal sueño. Los reyes, los ejércitos van huyendo, van huyendo; las mujeres reparten el botín.

Algo parecido han conseguido otros campeones menores, como Miléi, Bukele, en menor medida Orban y alguno más, cada uno a su estilo. La mayoría de ellos con grandes defectos personales o en cuanto a sus políticas concretas. De hecho, al igual que Trump, todos están más o menos infectados de progresismo, porque apenas hay nadie hoy que no lo esté. Por eso no hay nada de extraño en que muchas de sus políticas sean erradas, disparatadas o inmorales. ¿Cómo no van a serlo, si también ellos son progresistas? Pero lo importante es que, ellos también, han mostrado en sus países que el progresismo ateo, relativista, inmoral y anticatólico no es irreversible. No lo es y ese pequeño triunfo basta para cambiarlo todo.

Aunque sea doloroso, hay que señalar que, debido a la postración actual de la Iglesia, ninguno de esos campeones es católico. Hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. Por eso el campeón de la lucha contra el progresismo no ha podido ser un San Luis, un Carlomagno y ni siquiera un Constantino, porque de haberlo sido se habría tenido que enfrentar con toda probabilidad a la misma jerarquía católica. Tampoco ha podido serlo un gran teólogo, un San Agustín o un Santo Tomás. Porque nos lo merecemos, Dios nos ha dado la humillación de que los vencedores hayan sido otros, cuando era a la Iglesia a la que le tocaba por vocación liderar la lucha contra la hidra progresista y anticatólica. Como consuelo podemos fijarnos en que varios de los colaboradores cercanos de esos líderes son católicos, pero en conjunto, hay que reconocerlo, el catolicismo no ha estado a la altura.

En cualquier caso, el colmo de lo inesperado es que gran parte de la población norteamericana parece estar encantada con lo que está haciendo Trump, al igual que sucede, mutatis mutandis, en El Salvador, Argentina, Hungría et al. Y también en la población de otros países que mira a estos con apenas disimulada envidia. La reacción más frecuente ha sido el alivio: ya no hay que fingir que uno cree cien cosas imposibles y absurdas antes del desayuno, que los hombres son mujeres y las mujeres hombres, que la emergencia climática acabará con todos nosotros a pesar de que las predicciones al respecto no se cumplen nunca, que los delincuentes son honrados y los hombres honrados son el problema, que todo lo antiguo fue malo y todo lo nuevo es bueno por el hecho de ser nuevo, y un larguísimo etcétera. Lejos de ser algo inevitable e irrefutable, la cosmovisión progresista es claramente absurda y contradictoria y solo se puede mantener en el cerebro a base de una vigilancia política, legal, mediática y moral constante. Cuando la vigilancia cesa, los hombres normales rechazan ese absurdo.

Todo esto, sin embargo, no es la victoria, sino más bien un punto de inflexión en la batalla. Ni Trump ni sus versiones en otros países son en ningún sentido soluciones permanentes ni la victoria final puede venir de meras políticas humanas. Lo que se ha producido es, simplemente, un toque de trompeta esperanzador, que nos anuncia que no hace falta seguir huyendo, que la bestia no es invencible, que la victoria es posible y, para nosotros los católicos, que la fe y la moral de la Iglesia no son una carga obsoleta y oscurantista de la que convenga desembarazarse. Nada más y nada menos que eso.

Queda saber cómo vamos a reaccionar más allá del alivio inicial. El progresismo parece estar en desbandada, pero no sabemos si esta situación durará. ¿Retomaremos la iniciativa que hace tanto tiempo que habíamos perdido? ¿Aprovecharemos la victoria del insólito campeón norteamericano y sus no menos insólitos adláteres de otros países? ¿Osaremos dar el golpe de gracia a la bestia herida y, al menos por el momento, paralizada? ¿O seremos lo suficientemente estúpidos como para desaprovechar la ocasión, dejando que el progresismo se convierta de nuevo en el amo de Occidente? Hemos probado la libertad, ¿volveremos a la esclavitud de una ideología inhumana e irracional? Ante todo, ¿sabrá la Iglesia recuperar convicción de que solo Cristo tiene palabras de vida eterna y de que sus palabras no pasarán? El tiempo lo dirá.

Bruno Moreno

El Manifiesto de la Plataforma 2025 leído por los adheridos





Un Manifiesto para la Historia. 
Un Manifiesto que está haciendo historia. 
Un Manifiesto que es verdad histórica.


(Duración 10 Min.)

Los medios de comunicación ocultan el “poderoso testimonio” de personas afectadas por las vacunas contra la COVID



Información importante que surge de la investigación en curso sobre el Covid-19 en el Reino Unido está “pasando desapercibida” en la cobertura mediática

Campbell reprodujo fragmentos del testimonio de Kate Scott, que representa a la organización Covid Vaccine Injured & Bereaved (VIBUK) del Reino Unido. El marido de Kate, Jamie, sufrió una lesión cerebral traumática y quedó gravemente discapacitado por la vacuna de AstraZeneca . El testimonio de Kate es parte del cuarto módulo de la investigación, que investiga cuestiones relacionadas con las vacunas y terapias contra el COVID-19 .

Jamie era un deportista, un ejecutivo de alto nivel y un esposo y padre activo de dos niños hasta que casi murió después de sufrir una trombosis inmunitaria y trombocitopenia inducidas por la vacuna . Estuvo en coma durante cuatro semanas y cinco días.

Jamie sobrevivió, explicó Kate, pero su vida nunca será la misma. Su lesión cerebral traumática afecta sus procesos de pensamiento y sus emociones. Está parcialmente ciego y nunca podrá volver a trabajar, vivir de forma independiente ni cuidar de sus hijos.

Kate dijo que ella y su grupo estaban testificando para llamar la atención sobre el hecho de que muchas personas resultaron heridas por la vacuna, para eliminar el estigma de las lesiones por vacunas y para obligar al gobierno y a las compañías farmacéuticas «a analizar nuevamente cómo abordar el hecho inconveniente de las lesiones por vacunas y el duelo y las vidas que ha destrozado».

Dijo que los primeros efectos secundarios graves de la vacuna de AstraZeneca “deberían haber hecho sonar la alarma a la MHRA ( Agencia Reguladora de Medicamentos y Productos Sanitarios ) y al gobierno del Reino Unido de que había un problema grave. Sin embargo, no se tomó ninguna medida”.

Presentó datos que VIBUK obtuvo a través de una solicitud de ley de libertad de información que muestran que al 30 de noviembre de 2024, 17.519 víctimas de lesiones por vacunas han presentado reclamos al plan de Pago por Daños por Vacunas del gobierno . De ellas, dijo, sólo 194 víctimas han sido notificadas de que tienen derecho a recibir un pago y sólo 55 han recibido algún pago. El pago máximo permitido es de 120.000 libras (unos 150.000 dólares).

Kate también reveló que las personas no son consideradas elegibles para recibir compensación si se les considera que tienen una discapacidad de menos del 60% y que muchas personas reciben diagnósticos de que tienen una discapacidad del 59%. “Un porcentaje de incapacidad también es algo ofensivo”, dijo. “Independientemente de si es del 10% o del 59% o, Jamie, muy por encima del 60%, o si está muerto (supongo que eso es una incapacidad del 100%) no hay compensación si la persona cae por debajo de ese [60%]”.

“La consecuencia de que te digan ‘lo siento, solo tienes un 55% de discapacidad’ es terrible, es devastador y luego no hay nada para ti, nadie que te ayude”. Al comentar su testimonio, Campbell preguntó: “¿Cómo puede un médico determinar que alguien tiene una discapacidad de solo el 59 %? ¿Por qué no del 58 %? ¿Por qué no del 61 %? ¿Cómo puede tener una discapacidad del 59 %? No lo entiendo. Simplemente no lo entiendo”.

Kate agregó: “Las estadísticas son interesantes, ¿no? Dentro de nuestro grupo, para el 100% de las personas que lo formaban, [la vacuna] no era ‘segura ni eficaz’”.

El grupo recomendó que las compañías farmacéuticas no financien a las agencias gubernamentales que las regulan. También dijeron que el programa Yellow Card (que es el sistema de notificación de eventos adversos del Reino Unido para medicamentos, vacunas, dispositivos médicos y otros productos) debería ser obligatorio en lugar de voluntario. Kate también dijo que el gobierno debería hacer un seguimiento cuando la gente presenta tarjetas amarillas. Muchas personas de su grupo habían presentado tarjetas amarillas, pero nadie se había puesto en contacto con ellas para investigar.

“Somos importantes”, afirmó. “Somos parte de esta historia de pandemia”.

Campbell se preguntó: “¿Por qué tantas cosas sólo salen a la luz gracias a solicitudes de libertad de información?”. Dijo que es una lástima que los medios no se hagan eco de estas historias. “Testimonios contundentes, pero que, por desgracia, no han recibido la debida cobertura”, dijo.

La dimisión de Sánchez no es suficiente: debe rendir cuentas ante la Justicia



Una vez más, y como ha ocurrido en múltiples ocasiones, Pedro Sánchez ha sido recibido con abucheos y gritos de ‘¡Fuera, fuera!’. Esta vez, la escena se repitió en la gala de los Premios Goya 2025, donde el presidente del Gobierno no pudo esquivar el rechazo de la ciudadanía y donde, además, le han pedido a gritos la dimisión. El descontento con su gestión ha calado hondo en un pueblo que ya no disimula su hastío y exige su dimisión.

Lo sucedido en los Goya no es un hecho aislado, sino el reflejo de una realidad incontestable: el pueblo español no quiere a Sánchez. Quiere su dimisión ya. Cada aparición pública del presidente se convierte en un bochorno nacional, con abucheos que se escuchan cada vez con mayor fuerza. Y es que no se trata de una simple erosión por el paso del tiempo en el poder, sino del hartazgo de los ciudadanos ante un Gobierno corrupto, que ha pisoteado sus derechos y traicionado a la nación. Pero la dimisión de Sánchez no es suficiente. Sánchez necesita rendir cuentas ante la justicia.

Sánchez no solo se aferra al poder a costa del bienestar de los españoles, sino que también ha convertido la Moncloa en un nido de corrupción. Su propio entorno familiar está salpicado por numerosos escándalos; desde su esposa Begoña Gómez hasta su hermano David están imputados por corrupción y tráfico de influencias hasta sus amigos socialistas. Pero el problema va mucho más allá: cada vez hay más evidencias que la corrupción se acerca al propio Sánchez y le salpicará a corto plazo.

El presidente no solo ha permitido la corrupción, sino que ha traicionado a España de manera reiterada. La aprobación de la ley de amnistía para los golpistas del ‘procés’ no solo fue un acto de claudicación, sino un peligroso precedente que legitima la ruptura de España. Su política de concesiones a los separatistas es una claudicación vergonzosa que ha puesto en jaque la unidad del país y a costa de la soberanía nacional.

Por si fuera poco, su relación con Marruecos es otro ejemplo de su sumisión a Mohamed VI. Su cambio de postura sobre el Sáhara Occidental, en contra de la tradición diplomática española y de los intereses nacionales, así como acciones posteriores promarroquíes ya no generan dudas sobre a quien sirve. Por otra parte, el intento de anexión de Ceuta y Melilla por Marruecos y la debilidad demostrada por Sánchez frente a Mohamed VI es clara, y evidencian que Sánchez está actuando en beneficio de intereses extranjeros.

El problema de Pedro Sánchez no se soluciona con una simple dimisión. No es un presidente que esté terminando su ciclo natural, y que el deterioro popular sea fruto de un desgaste, sino que es un dirigente que ha dejado un rastro de escándalos, de traiciones a España y destrucción que debe ser juzgado. Su salida no puede ser un retiro dorado mientras deja el país en ruinas. Debe rendir cuentas ante la Justicia.

¿Su probable sucesor, Alberto Núñez Feijóo, será la solución? Ni mucho menos, todo indica que será poco más que un recambio cosmético. El PP ha demostrado en demasiadas ocasiones su tibieza, su falta de valentía para revertir los desmanes del socialismo, así como seguir, al igual que el PSOE, las directrices globalistas. Pero el enjuiciamiento de Sánchez servirá, al menos, de aviso de navegantes para el próximo presidente de gobierno.