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jueves, 10 de septiembre de 2026

EXCLUSIVA: Monseñor Schneider pide caridad cristiana para con la FSSPX




Entrevista concedida a Niwa Limbu de Advaticanum

AV: En la declaración que publicó Vuestra Excelencia a raíz de las consagraciones de Écône del pasado 1º de julio describió el caso de la FSSPX como un extraño dilema: o mantener la integridad inequívoca de la Fe católica tal como la enseña el Magisterio desde hace siglos, o contar con el reconocimiento canónico del Sumo Pontífice. Lo comparó con el dilema que se le planteó a San Atanasio con el papa Liberio. ¿Hasta dónde quiere llevar esta analogía? ¿Quiere decir que las penalidades ocasionadas por las consagraciones están moralmente al mismo nivel que la censura de San Atanasio, o la comparación es meramente ilustrativa?

+AS: No hay comparaciones que sean ciento por ciento exactas. Con situaciones históricas complicadas, es más bien ilustrativa. Por supuesto, lo que comparo con lo de San Atanasio no es el acto de consagración en sí. Jamás he dicho que San Atanasio hiciera las consagraciones sin autorización del Papa, porque en aquella época no se daban. Cualquier obispo metropolitano tenía derecho a elegir y consagrar prelados con la ayuda de otros obispos sufragáneos.

Sea como sea, si se excomulgó a San Atanasio no fue por las consagraciones, sino por una cuestión más grave todavía. En ambos casos, lo que se compara no son las consagraciones en sí, sino que tanto en una como en otra situación hubo un acto de desobediencia a una orden concreta de un pontífice.

En el caso de la Fraternidad, se trata de las consagraciones sin mandato pontificio. En el de San Atanasio, desacató la orden del Papa de que estuviera en comunión con obispos orientales herejes y semiherejes. San Atanasio se negó a obedecer. No quiso obedecer al Papa en un asunto de gran importancia, porque el Sumo Pontífice había dicho: «Yo, el Papa, estoy en comunión con estos obispos. Atanasio, ¿cómo te atreves a rechazar la comunión con unos prelados con los que yo, el Romano Pontífice estoy en comunión?» A mí me parece que, desde el punto de vista eclesiástico, esto es mucho más grave.

En ese sentido, lo de San Atanasio en su tiempo fue mucho más serio que la desobediencia material de la Fraternidad con las consagraciones. En todo caso, se lo excomulgó por desobediencia y por las alteraciones que causó en la Iglesia al rechazar la comunión con obispos reconocidos por el Papa.

Hay más motivos por los que comparo el caso con el de San Atanasio. Entre otros, que lo que hizo fue un acto de desobediencia. Si San Atanasio hubiera obedecido al Romano Pontífice, habría transigido en su conciencia y menoscabado la integridad de la Fe, porque en cierta forma habría reconocido a prelados como mínimo semiheréticos. No podía hacer una cosa así. Otro motivo, que una vez excomulgado no hizo caso de la excomunión pontificia y siguió gobernando su diócesis. Eso es más que la simple consagración de un obispo. Siendo obispo excomulgado, ejerció plena jurisdicción sobre su diócesis y otras sedes metropolitanas a su cargo: no se limitaba a celebrar los sacramentos, ejercía plena jurisdicción. Hizo caso omiso de la excomunión pontificia.

La Fraternidad ha hecho algo por el estilo: ha desestimado la excomunión que se le impuso el pasado mes de julio por considerarla injusta e inválida, pues le impediría continuar la obra que realiza por amor a la Iglesia. Con San Atanasio fue igual; cuando desestimó la excomunión de que le hizo objeto Liberio. En la práctica fue como si dijera: «Tengo que seguir al frente de mi diócesis de Egipto por el bien de la Iglesia, por amor a la Iglesia». O sea, que en ese sentido es lo mismo.

Hay otro elemento más de comparación entre los dos casos. La Fraternidad no ha reaccionado con resentimiento; sigue rezando por el Papa y considerándolo su padre. Como con un padre que da una paliza a su hijo, éste sigue también queriéndolo y llevando a cabo su labor por amor a la Santa Sede y a toda la Iglesia. Ésa es la intención. San Atanasio también recibió un buen vapuleo del papa Liberio, y no reaccionó con rencor. Incluso en alguno de sus escritos llegó a hablar con mucha delicadeza de la flaqueza de Liberio. Lo hizo con mucho tacto, sin juzgarlo, y hasta se puede decir que disculpándolo, porque –decía– actuó presionado. Aquí vemos mucha delicadeza. En estos elementos me baso para comparar. Aunque no al cien por cien, pueden servir. Esa fue, diría yo, la esencia de lo que escribí.

AV: En su texto afirmaba que si la Santa Sede adoptase en serio la postura de la Fraternidad y reconociera que hay ambigüedades en algunas declaraciones del Concilio y en el rito nuevo de la Misa se iniciaría «el fin de la campaña modernista que se está llevando a cabo en la Iglesia». ¿Qué tendría que decir ese reconocimiento para ser algo más que una mera fórmula de cortesía? ¿Ha observado además V.E. alguna señal de que Roma esté dispuesta a reconocer esas ambigüedades como lo que son?

+AS: Todo lo contrario. La declaración que hizo el cardenal Fernández en febrero tras reunirse con el P. Pagliarini volvió a recalcar que el Concilio no se debe poner en tela de juicio, y añadió que no se pueden corregir los textos conciliares. Pero no son enseñanzas definidas; como declaró Pablo VI en enero de 1966, los textos conciliares no son doctrinas infalibles ni enseñanzas definidas de la Iglesia. Las enseñanzas del propio Concilio. Claro que cuando el Concilio cita un dogma –y citó muchos– no deja de ser dogma. No es ésa la cuestión. La cuestión son las enseñanzas del propio Concilio.

Entonces, cuando esos textos no están definidos, no son ex cathedra, ¿por qué no van a ser susceptibles de enmienda o mejora, de corrección? Hay precedentes en la historia de la Iglesia. En el Concilio de Florencia se promulgaron declaraciones doctrinales no estrictamente disciplinarias que no se proponían como infalibles. Entre otras la de que la materia del sacramento de la ordenación era la entrega de los cálices en vez de la imposición de manos.

Pero eso iba contra la larga tradición de la Iglesia, porque a lo largo de todo el primer milenio, tanto en Oriente como en Occidente, todavía no se transmitían los objetos. Durante mucho tiempo la Iglesia sólo utilizó la imposición de manos. Pero luego, cuando el concilio florentino, casi la mitad de la Iglesia –la de Oriente– siguió con la mera imposición de manos. Y es una misma Iglesia y un mismo sacramento. Por tanto, a algunos teólogos les extrañó que aquel concilio afirmara tal cosa. Había un desequilibrio. Objetivamente fue un error. Pero en aquella época la Santa Sede era muy tolerante y no prohibió a los teólogos hablar del asunto, ni siquiera plantear objeciones.

A lo largo de los siglos la mayoría de los teólogos ha sostenido que la materia consiste en la mera imposición de manos. La cosa maduró, y un día Pío XII, en un documento solemne, zanjó definitivamente la cuestión insistiendo en que la materia consiste en la imposición de las manos. Como vemos, corrigió formalmente una cuestión doctrinal promulgada por un concilio ecuménico.

En aquellos siglos la Santa Sede era mucho más tolerante que hoy. Actualmente prohíbe debatir, modificar o corregir ciertas declaraciones pastorales; cuestiones como libertad de cultos, ecumenismo o colegialidad. Esas cuestiones que tanto critica la Fraternidad San Pío X. Hay que aceptarlas sin más, hacer un esfuerzo intelectual, gimnasia mental, y no importa. No es una actitud correcta.

El citado concilio declaró también que toda persona no bautizada, niño o adulto, que muere sin bautizar se va derecho al Infierno. Es una declaración muy desequilibrada. Más adelante algunos teólogos se dieron cuenta de que algo faltaba. No era tan correcto. La Iglesia permitió el debate hasta el siglo XIX. Pío IX promulgó dos documentos, encíclicas, en los que trató el tema y corrigió la declaración doctrinal de Florencia, afirmando que una persona no bautizada que muera en ignorancia invencible se puede salvar por medios que sólo Dios conoce.

Así pues, se han dado otros casos. ¿Por qué no ser más tolerantes y decir: «Hablemos del asunto. Estos tres puntos pueden tener más importancia. Concedamos libertad de debate»? ¿Por qué no proponer enmiendas, y hasta modificaciones o correcciones, para que esos textos no resulten tan ambiguos?

Otro caso histórico fue el del papa Honorio I, en el siglo VII. Escribió dos cartas, que no forman parte de su magisterio pontificio auténtico al Patriarca de Constantinopla hablando de cristología. Son unas epístolas muy ambiguas y faltas de claridad. No son abiertamente heréticas, ni erróneas, pero son bastante confusas. Pero esas equívocas cartas incentivaron al patriarca hereje de Constantinopla y a la Iglesia de Oriente a seguir propagando la herejía. Divulgaban la herejía citando al papa Honorio.

El sucesor inmediato de Honorio –porque el primero sólo estuvo allí unos meses– fue Juan IV, que intentó resolver la situación y defender a Honorio, con lo que hoy llamaríamos hermenéutica de la continuidad. Pero ni los siguientes sucesores de Honorio del mismo siglo ni el Tercer Concilio de Constantinopla aceptaron la hermenéutica de Juan IV. Le dijeron que su explicación no era aceptable. Y no porque fuera herética, sino porque le faltaba claridad; era equívoca. Por tal razón, la condenaron solemnemente. San León II corroboró el concilio ecuménico junto con su predecesor a causa de una ambigüidad.

Por consiguiente, no podemos seguir con textos ambiguos del Concilio. Es preciso corregirlos para que quede una claridad diáfana en lo relativo al ecumenismo y la libertad religiosa sin dar pábulo a interpretaciones ambiguas como las que venimos soportando desde hace seis décadas, sesenta años. Hemos visto los frutos de la ambigüedad de esos textos en un falso ecumenismo, un diálogo errado, que en el fondo es relativismo. Socava la única verdad y la única religión verdadera, que es la Iglesia Católica fundada por Dios. La ha socavado hasta los cimientos.

Desde hace sesenta años, si se va a un seminario o una facultad de teología y se habla con los sacerdotes y seminaristas, la mayoría –que son del Novus Ordo– dicen: «Es que todas las comunidades cristianas van por el mismo camino hacia Dios, hacia Cristo, y podemos coexistir unas con otras. No es imprescindible que se conviertan». Y lo aplican también a los que no son cristianos. Cada vez está más extendido eso, lo enseñan y predican en seminarios sacerdotes y hasta obispos.

AV: Excelencia, ha descrito las consagraciones de Écône como una alternativa entre mantener la Fe clara y ser reconocidos por el Papa, porque Roma exigiría a la Fraternidad aceptar ciertas ambigüedades novedosas y la legitimidad de la nueva Misa. Vuestra Excelencia es un prelado en plena comunión, y desde hace mucho señala estos mismos problemas. ¿Ha aceptado esas condiciones? Si no, ¿por qué es un dilema para la Fraternidad?

+AS: Cuando me consagraron obispo no era plenamente consciente de eso. Tengo que reconocerlo. Ya llevo veinte años de obispado. Soy especialista en patrística. He estudiado la situación más a fondo: los textos del Concilio, su historia, sus debates. Me los he leído detenidamente. Por eso soy más consciente de la ambigüedad de los textos. No podemos aceptar esas ambigüedades.

Con respecto al Novus Ordo, a medida que voy estudiando textos y testimonios me doy dando más cuenta de que no es correcto. No podemos seguir con un rito tan equívoco que socava la claridad del carácter propiciatorio de la Misa. Ya lo tengo más claro. Por eso, entiendo a la Fraternidad, que no es capaz de aceptar esas declaraciones conciliares ni que la nueva Misa sea correcta.

Hace diez años me nombraron visitador apostólico para la Fraternidad, y lo tengo claro. En uno de los documentos, en 2017, el cardenal Müller les planteó el problema. Tengo el texto, y no sólo les pide que reconozcan la validez de la Misa nueva y los nuevos ritos de los sacramentos, que están dispuestos a admitir. Para que se haga una idea: nada más con eso la Santa Sede tendría que estar contenta. Entonces, cuando me tocó, hablé con la Santa Sede y le dije que se quedaran satisfechos si estaban dispuestos a reconocer la validez. «Por razones pastorales e históricas –dije–, tengan una actitud de mínimos».

La Fraternidad rechazó la propuesta de aceptar que la nueva Misa era buena, legítima y correcta, ni siquiera que fuera válida. Ni que, en conjunto, las enseñanzas del Concilio formen parte de la Tradición de la Iglesia.

En febrero de este año, el cardenal Fernández volvió a dejarles claras las condiciones. Si quieren obispos, acepten estas condiciones. Es necesario que haya debates teológicos, pero la Fraternidad ya sabe cuáles serán las conclusiones del debate, y la Santa Sede también: aceptar las declaraciones ambiguas, y que la nueva Misa es buena.

AV: Una última pregunta sobre la Fraternidad: si tuviera oportunidad de reunirse otra vez con Su Santidad y con el cardenal Fernández del Santo Oficio, ¿qué les diría? ¿Cómo les plantearía el caso de la Fraternidad?

+AS: Les diría: «No cometan un error histórico del que la Iglesia tenga que arrepentirse después de la muerte de ustedes. Que los próximos pontífices no tengan que pedir perdón». ¿Por qué? Porque en este momento, en 2026, la Iglesia fue tan rígida e incapaz de resolver un problema pastoral. Por supuesto, también hay elementos doctrinales, pero aquí no se trata de debatir directamente un dogma de fe. Hablamos de las explicaciones pastorales del Concilio.

Necesitamos una actitud y una solución muy generosas, muy pastorales, e incluso sinodales. Un poco más de apertura y espíritu sinodal, o reconocer a los obispos una vez consagrados, para crear un clima de mutua confianza.

Como la Santa Sede es más fuerte, los más fuertes necesitan una actitud más abierta que los más débiles, que no tienen tanta autoridad. Los poderosos frente a los impotentes. Desde el punto de vista canónico, la Fraternidad es impotente. Y el Vaticano muy poderoso. Tiene toda la autoridad. Entonces, ¿por qué no ceden un poco los poderosos, hacen concesiones pastorales, y crean un clima de mutua confianza, haciendo uso de más psicología? Que los integren en cierta medida en la vida normal de la Iglesia, y así habrá elementos más positivos y fructíferos y un marco operativo para las conversaciones que sean necesarias.

Pero para eso puede hacer falta tiempo. Y mucho. La Iglesia siempre ha dado tiempo al tiempo y manifestado tolerancia al hablar de ciertos temas durante muchísimos años. Para empezar, hay que integrarlos un poco.

Yo al Santo Padre le diría: «Vuestra Santidad es el único que puede resolver esta situación con gran caridad y magnanimidad fraternas».

AV: El pasado día 26, León XIV clausuró la catequesis sobre Sacrosanctum Concilium. Dijo que la reforma postconciliar hundía sus raíces en la Tradición y tenía por objeto una participación consciente y más activa de los fieles para que no se contentaran con ser espectadores silenciosos. Vuestra Excelencia ha hablado de la vaguedad doctrinal y ritual de la nueva Misa y afirmado que supone una ruptura con el Rito Romano tradicional. ¿Qué oyó V.E. en esa última catequesis? Tal como se celebra habitualmente, ¿puede el Novus Ordo reconciliarse con lo que en realidad pidió el Concilio, o sólo con un espíritu reformista posterior que se excedió de lo que pedía el texto?

+AS: No fue capaz de captar lo que es en realidad el Novus Ordo ni cómo lo celebra una abrumadora mayoría por todo el mundo. No declara, no acepta, no ve la realidad. Fue más bien un discurso teórico que no se ajustó a la práctica real.

El Novus Ordo no se amolda a las intenciones de los Padres del Concilio. El Papa tiene que reconocerlo, porque tenemos a muchos testigos de aquel tiempo. En primer lugar, el cardenal Ratzinger, el profesor Ratzinger. En 1976 escribió una célebre carta al profesor Waldstein en la que le decía –porque Ratzinger había participado en todos los debates conciliares; era perito–: «Por mi participación y mi presencia en los debates litúrgicos del Concilio, puedo declarar con certeza que el Novus Ordo que tenemos en la actualidad no es lo que querían los padres del Concilio». Aquí tenemos un testimonio importante, un testimonio de peso.

Tenemos también el del cardenal Antonelli, que participó igualmente en el Concilio y más tarde en la comisión de Bugnini. En sus memorias, monseñor Antonelli critica lo que hizo Bugnini con el Novus Ordo, que fue más allá de lo que pedía el Concilio.

Está también el conocido liturgista y teólogo Louis Bouyer. Participó como perito en el Concilio, y más tarde en la comisión de Bugnini. En sus memorias critica bastante la ideología que embutió Bugnini en el Novus Ordo. Por último, tenemos un libro reciente del archimandrita Boniface Luykx, A Wider View of Vatican II, en el que corrobora a partir de su propia participación en el Concilio y en la comisión que la Misa de Pablo VI no se corresponde realmente con las intenciones de los padres.

Esa es la realidad. No se puede negar. A mí me parece que hacen la vista gorda y siguen repitiendo frases retóricas, que pueden ser ciertas, pero no se ajustan a la realidad ni a la historia.

Veamos otro aspecto: recomendaría encarecidamente al Santo Padre y sus consejeros que se leyeran con detenimiento todos los debates del Concilio sobre la liturgia. Hace muchos años se publicó un libro en Roma que los compilaba todos. Me lo leí dos veces, pero está en latín. Es muy revelador. Uno lo lee y piensa: «Los padres del Concilio se andaban con pies de plomo, ponían mucha cautela para evitar cambios bruscos». En esencia, el debate se centraba en la cuestión del idioma, vernáculo o latín.

Pero en la misma declaración conciliar Sacrosanctum Concilium –y me sorprende que León no se diera cuenta– hay dos numerales en los que se afirma que el latín se tiene que mantener. No que se podría, sino que se debe mantener el rito en latín. Es obligatorio. Y en otro apartado dice que los obispos tienen que velar por que los fieles conozcan el Ordinario de la Misa en latín. O sea, el Kyrie, el Gloria, el Credo, el Agnus Dei, el Sanctus…

En realidad, en más del 90% de las celebraciones del Novus Ordo no se ha aplicado. Es decir, que se contraviene un mandato explícito del Concilio que el Santo Padre debería tener en cuenta al hablar del tema.

Recordemos también que durante el Concilio, en el debate sobre la liturgia, un obispo habló y dijo: «Yo no propongo eso. Me opongo a que se amplíe el uso de las lenguas vernáculas porque en ese caso a la larga la Misa terminaría celebrándose en su totalidad en vernáculo». Casi todos los presentes prorrumpieron en carcajadas, porque tal cosa era impensable.

El presidente de la comisión habló entonces y dijo: «Le garantizo que eso no es posible, Excelencia. La totalidad de la Misa nunca se celebrará en la lengua vulgar». Ese era el ambiente, la mentalidad que reinaba en el Concilio: la mayoría de los padres no podía imaginar que la Misa terminaría diciéndose totalmente en lenguas modernas.

Sin embargo, hoy en día, más del 90% de las misas Novus Ordo se dicen en lengua vernácula. Hay incluso diócesis en las que los sacerdotes quieren celebrar el Novus Ordo en latín, y se les prohíbe y se les sanciona por hacerlo. Es absurdo.

Hay personas que desean estar en silencio durante la Misa, buscan la contemplación interior. La contemplación también es posible durante la Misa. Claro que eso no quiere decir que toda la congregación esté callada en todo momento y no diga ni pío. No es lo ideal. Lo ideal es responder al celebrante. Pero tenemos que estar abiertos a la posibilidad de que haya quienes deseen la contemplación.

También hay participación activa que no lleva fruto porque no hay la menor participación interior.

Y otra cosa: el primer misal conforme a la normativa de Sacrosanctum Concilium lo publicó la Santa Sede en 1965. No olvidemos el Misal de 1965, que fue la primera reforma litúrgica del Concilio. No fue la del año 69. Fue a comienzos del 65.

Cuando los padres conciliares terminaron la última sesión en septiembre de 1965, ya celebraban la Misa reformada. Y dijeron muy satisfechos: «Esto era lo que queríamos. ¿Y en qué consistía aquella reforma? En esencia se trataba de una reforma orgánica y muy cuidadosa, como pedía el Concilio, de modo que se mantenía toda la Misa de siempre, con dos modificaciones: se habían eliminado el Salmo 42 y el Último Evangelio. Pero por ejemplo, en el rito antiguo, el Salmo 42 también se omitía en todas las misas de difuntos. Y en las últimas dos semanas antes de Semana Santa dicho salmo también se omitía. No había ninguna novedad.

¿Cuál fue la tremenda reforma visible del 65? Tal como habían propuesto los padres, un uso más amplio de las lenguas vernáculas. Y así, la primera parte de la Misa, hasta el Prefacio, se celebraba en lengua moderna. Y después del Canon, otra vez en vernáculo. Era obligatorio que las partes intermedias fueran en latín.

En la Misa del 65, el Canon se rezaba en silencio. La reforma había sido muy cuidadosa, y los padres del Concilio estaban contentos. Más tarde, en año 67, durante el primer sínodo de obispos, Bugnini presentó el esbozo de la nueva Misa, que entró en vigor en 1969. Ya la tenía redactada en 1967, pero la mayoría de los padres del sínodo rechazó el borrador.
Como vemos, la mayoría de los padres sinodales de 1967, que dos años antes habían sido padres del Concilio, no aprobaron la Misa de 1969.
Me habría gustado que el papa León hubiera estudiado el tema antes de pronunciar su discurso. Que hubiera leído todos los elementos de la historia, tal como fue en realidad, leído los debates y prestado atención a los testigos.

Brandmüller alerta contra el modelo sinodal inspirado en Lutero que concede «igual voz» a todos: «Es incompatible con la eclesiología católica»




El cardenal Walter Brandmüller ha advertido contra una concepción de la sinodalidad que, a su juicio, introduce en la Iglesia católica un modelo inspirado en el protestantismo, basado en la elección democrática de sus miembros y en la participación de pastores y laicos con «igual voz». El historiador de la Iglesia remonta esta concepción a las ideas formuladas por Martín Lutero en 1520 y concluye que resulta «incompatible con la eclesiología católica».

Brandmüller, de 97 años y expresidente del Pontificio Comité de Ciencias Históricas, desarrolla su argumentación en un ensayo titulado «A propósito de la “sinodalidad”», publicado por Sandro Magister. En el texto cuestiona la indefinición que rodea al término, reivindica el carácter propiamente episcopal de los sínodos y advierte contra la incorporación «sin espíritu crítico» de estructuras seculares y procedimientos democráticos a la vida de la Iglesia.

Una «definición clara e inequívoca» que sigue faltando

«Desde el Papa Francisco se habla continuamente de “sinodalidad”, en diferentes contextos y con distintos significados. Sin embargo, sigue faltando una definición clara e inequívoca del término», comienza Brandmüller.

El cardenal recurre al Fausto de Goethe para ilustrar el problema y recuerda el diálogo entre Mefistófeles, vestido de profesor, y un estudiante. Este último objeta que a las palabras debe corresponder una idea, mientras Mefistófeles replica que, allí donde faltan las ideas, siempre llega una palabra a tiempo.

Para evitar lo que Brandmüller denomina las «trampas» de Mefistófeles, considera necesario comenzar por establecer qué es propiamente un sínodo.

«En la concepción católica clásica, un sínodo es una asamblea de obispos reunida para el ejercicio colegial de su ministerio magisterial y pastoral», explica.

Cuando están convocados todos los obispos de la Iglesia y se reúnen bajo la presidencia del Papa o de sus delegados, se trata de un concilio general o ecuménico. Actuando cum et sub Petro, señala Brandmüller, posee la máxima autoridad magisterial y pastoral y puede proclamar doctrinas definitivas e infalibles a las que debe prestarse obediencia de fe.

Cuando los obispos reunidos pertenecen a un conjunto de Iglesias particulares —una provincia o región eclesiástica, por ejemplo—, se trata de un concilio particular, que ejerce el magisterium ordinarium y cuyos decretos requieren la confirmación de la Santa Sede.

«En ambos casos, los obispos actúan en virtud del poder magisterial y pastoral que han recibido mediante la ordenación sacramental», subraya.

Brandmüller cuestiona incluso el nombre del Sínodo de los Obispos

El cardenal lleva su razonamiento hasta el Sínodo de los Obispos instituido por Pablo VI en 1965 mediante el motu proprio Apostolica sollicitudo.

Brandmüller no cuestiona «la necesidad o la oportunidad» de esta institución, pero recuerda que fue creada como un organismo consultivo del Papa. Sus participantes son convocados individualmente por el Pontífice y su misión consiste en aconsejarle, no en proclamar doctrinas, tomar decisiones o legislar.

Por ello considera que incluso en este caso el término empleado puede inducir a confusión.

«Por razones de claridad conceptual sería oportuno evitar el término “sínodo” —que en este contexto se presta a malentendidos— y encontrar una denominación diferente y más apropiada», sostiene.

Sacerdotes y laicos no pueden ejercer el ministerio reservado a los obispos

Brandmüller extiende esta objeción a los organismos de creación más reciente en los que, además de los obispos, participan sacerdotes y fieles de ambos sexos como representantes del conjunto del Pueblo de Dios.

Para el cardenal, tampoco en estos casos puede hablarse propiamente de un sínodo, «puesto que ni los sacerdotes ni los laicos pueden ejercer el ministerio magisterial y pastoral conferido exclusivamente a los obispos mediante el sacramento del Orden».

Esto no significa, precisa, que los laicos deban quedar excluidos de la colaboración en la vida de la Iglesia. Brandmüller reconoce expresamente que «es naturalmente posible confiar a laicos competentes una función de expertos».

Sin embargo, cuando exista esta colaboración, pide evitar «cuidadosamente cualquier uso inapropiado de las palabras “sínodo”, “sinodalidad” y otros equivalentes» y utilizar una denominación que refleje correctamente la naturaleza del organismo.

«Estructuras seculares y procedimientos democráticos»

Brandmüller considera que detrás de la aparición de este tipo de organismos existe una tendencia más amplia a incorporar modelos políticos contemporáneos a las estructuras eclesiales.

«Es evidente que la instauración de organismos de este tipo procede de la voluntad de implantar, de manera más o menos acrítica, estructuras seculares y procedimientos democráticos en la vida de la Iglesia, para mantenerse al paso de los tiempos», afirma.

Su crítica no se dirige, por tanto, a la posibilidad de consultar a sacerdotes o laicos, sino a configurar estructuras en las que las diferencias derivadas del sacramento del Orden queden diluidas mediante procedimientos democráticos y una igualdad en la capacidad de decisión.

Un modelo inspirado en Lutero que concede «igual voz» a todos

Es en este punto donde Brandmüller establece una relación directa entre determinadas concepciones actuales de la sinodalidad y el modelo protestante.

El cardenal sostiene que este planteamiento supone introducir en el ámbito católico «un tipo de sínodo inspirado especialmente en el modelo protestante», cuyos miembros son elegidos democráticamente entre pastores y hombres y mujeres procedentes de diferentes ambientes profesionales y culturales, «todos con igual voz».

Brandmüller remonta esta concepción a los escritos polémicos de Martín Lutero de 1520.

Según explica el cardenal, Lutero negó que la institución del sacramento del Orden se remontara a Jesucristo y sostuvo que el Bautismo era suficiente para convertir a cualquier hombre o mujer en sacerdote, obispo y Papa.

Brandmüller extrae de ahí una conclusión tajante: «Es evidente que semejante concepción de la sinodalidad es incompatible con la eclesiología católica».

Brandmüller cuestiona la evolución de las conferencias episcopales

El purpurado sitúa dentro de este proceso histórico la aparición de las conferencias episcopales, cuyo nacimiento vincula al final del Ancien Régime, al sistema europeo de «trono y altar» y al surgimiento del Estado secular moderno.

Cuando las conferencias episcopales comenzaron a desarrollarse en Europa durante la primera mitad del siglo XIX, explica, su marco de referencia «no era la estructura jerárquica de la Iglesia, sino el respectivo Estado».

Por este motivo, su actividad consultiva y decisoria se ocupaba inicialmente de cuestiones relacionadas con la situación y actuación de la Iglesia dentro del Estado secular moderno. Las materias doctrinales, litúrgicas y sacramentales quedaban excluidas, con la excepción del matrimonio, cuya regulación jurídica también reclamaban los Estados siguiendo el modelo napoleónico.

La autoridad doctrinal concedida durante el pontificado de Francisco

Partiendo de esta concepción histórica de las conferencias episcopales, Brandmüller dirige una crítica concreta a Evangelii gaudium.

El cardenal considera «altamente problemático» que Francisco reconociera en la exhortación apostólica a las conferencias episcopales «una auténtica autoridad doctrinal, aunque limitada».

Brandmüller sostiene que una conferencia episcopal no constituye un escalón jerárquico situado entre cada obispo y el Papa.

«También en materia doctrinal, la conferencia episcopal no es una instancia jerárquica intermedia ni el órgano de una Iglesia nacional susceptible de entrar en competencia con el magisterio de la Iglesia universal o de amenazar el primado doctrinal del Papa», afirma.

Un «neoarrianismo eclesiológico»

Brandmüller sostiene que, desde finales del siglo XIX y especialmente en Europa, las conferencias episcopales fueron desplazando progresivamente a los sínodos, mientras su forma y funcionamiento adoptaban modelos políticos.

El purpurado considera difícil ignorar que este fenómeno expresa una «creciente secularización de la comprensión de lo que es la Iglesia».

Para describirlo utiliza la expresión «neoarrianismo eclesiológico».

Según Brandmüller, esta tendencia no niega expresamente el carácter sobrenatural de la Iglesia, pero lo relega progresivamente a un segundo plano hasta terminar contemplándola fundamentalmente como «una entidad social».

Recuperar los sínodos para frenar la secularización de la Iglesia

Frente a esta evolución, Brandmüller concluye su reflexión proponiendo recuperar la importancia histórica de los sínodos de las Iglesias particulares, precisamente porque considera que responden a estructuras propiamente eclesiales y no a divisiones territoriales de carácter político.

«Frente a estas conferencias episcopales de contornos políticos, habría que devolver a los sínodos de las Iglesias particulares —fieles a las estructuras jerárquicas auténticamente eclesiales— su importancia original», sostiene.

El cardenal propone además que estas asambleas episcopales recuperen con mayor intensidad su dimensión litúrgica, siguiendo la práctica documentada desde el siglo VI y las formas previstas por el ceremonial episcopal promulgado bajo Juan Pablo II.

Para Brandmüller, recuperar estos sínodos propiamente episcopales no sería únicamente una cuestión terminológica o de organización eclesiástica, sino una respuesta a la progresiva secularización de la comprensión de la Iglesia.

«De esta manera —concluye— se podría cerrar eficazmente el paso al proceso de secularización de la Iglesia y, al mismo tiempo, dar un paso importante hacia esa “desmundanización” cuya imperiosa necesidad recordó Benedicto XVI».

Los bárbaros están a las puertas



Decía el Quijote que «de los moros no se puede esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas» . Del gobierno español puede decirse lo mismo. Sus ridículas explicaciones exonerando a toda prisa a Marruecos de cualquier responsabilidad en los gravísimos acontecimientos de Ceuta son un ejemplo más de su sospechoso entreguismo a los intereses marroquíes.En este sentido, la postura corporal de Sánchez cuando se presenta ante Mohamed VI resulta esclarecedora: generalmente chulesco en su rol de macho alfa, ante el rey marroquí el presidente español adopta la postura del colegial que va a ver al director a su despacho para ser reprendido, o la del subordinado sumiso esperando órdenes. ¿Cuándo nos van a explicar el brusco abandono del Sahara a cambio de nada, la dejación ante las narcolanchas que zarpan de Marruecos y el incomprensible desmantelamiento del OCON-Sur, la unidad especializada de la Guardia Civil en la lucha contra el narcotráfico en el Estrecho?

Respecto a lo ocurrido en Ceuta, ¿no resulta extraño que el gobierno español no haya formalizado en ningún momento una protesta diplomática ni exigido explicación alguna al gobierno marroquí? ¿No resulta extraño que, si es inocente, Marruecos, lejos de disculparse, haya tildado de «ciudades ocupadas» a Ceuta y Melilla y que el Consejo de Derechos Humanos marroquí (un gracioso oxímoron) acuse a la policía española de «agresiones», a supuestos «grupos extremistas» de «insultos y palizas» a los intrusos, y a la ciudad de Ceuta de no cuidar adecuadamente de aquellos?[2]

La invasión de alrededor de 80.000 individuos (¿cuántos infiltrados y delincuentes habrá entre ellos?) gracias a la pasividad y colaboración de las fuerzas policiales marroquíes resultó en un centenar de muertes ante el absoluto desinterés de Marruecos por su suerte. Un mes más tarde, miles de intrusos continúan malviviendo en la ciudad y provocando problemas evidentes de orden y salud pública que están haciendo la vida imposible a nuestros conciudadanos ceutíes.

Algunos de los invasores han cometido serios delitos, dato que ya no puede sorprendernos. En efecto, según las estadísticas oficiales, los inmigrantes marroquíes delinquen (en proporción a su población) mucho más, en orden de magnitud, que otros subsegmentos de inmigrantes o que la población española autóctona, como tuve ocasión de mostrar en un artículo anterior[3]. Convendría que los periodistas de nuestro país —tras realizar un cursillo de respeto a la verdad y otro de matemáticas elementales— reflejaran este hecho en vez de repetir consignas.

Inicialmente, Sánchez tildó el incidente de «violación de la integridad territorial», ofensa grave a la soberanía de un país que suele constituir un casus belli. Más tarde, la ministra de Defensa hablaría de un «ataque híbrido por parte de un actor interesado» (¿identidad del actor?). Sin embargo, poco después, el ministro del Interior y el propio Sánchez corrían a alabar y absolver a Marruecos («socios fiables») de toda culpa, actitud que mantienen contra toda evidencia.

Anatomía de una agresión

¿Qué ha ocurrido? Para comprenderlo, hay que partir de varias premisas. La primera es que los acontecimientos de Ceuta nada tienen que ver con la inmigración, sino con un pulso geoestratégico: constituyen a todas luces un serio paso adelante en la reclamación marroquí de las ciudades españolas situadas en la costa sur del Mediterráneo. Marruecos tiene un proyecto; España, no.

La segunda reflexión es que Marruecos es el principal, único y obvio sospechoso, y cuenta con antecedentes, como tendremos ocasión de explorar. Lo tercero es que, a pesar de ser un país pobre, corrupto y gobernado por un régimen autoritario escasamente ejemplar, Marruecos ha ido tejiendo alianzas con padrinos poderosos con las que alcanza un peso que no se corresponde con su modesta realidad política, social y económica. Así, jamás actúa sin contar con la cobertura de las grandes potencias, con cuyos intereses siempre busca alinearse.

Finalmente, debemos comprender que Marruecos cuenta con una élite políglota y bien preparada que ha desarrollado una hábil y consistente política exterior en las últimas décadas dedicando esfuerzo y dinero para comprar voluntades a ambos lados del océano (en EEUU, en la UE y también entre políticos y periodistas de este país). Por el contrario, la política exterior española ha carecido de rumbo, consistiendo en una combinación de seguidismo, complejo de inferioridad y bandazos en función de las simpatías políticas o ideológicas de los distintos gobiernos, es decir, de las filias y fobias de sus presidentes, en perjuicio de los intereses a largo plazo de España. En este sentido, la aspaventera hostilidad de los gobiernos del PSOE de Zapatero y Sánchez hacia una gran potencia como EEUU, aliada de Marruecos, nos ha hecho un daño enorme que el país magrebí ha sabido aprovechar. Hostilidad innecesaria, por otra parte, pues, aunque los intereses de España —que son los únicos que debemos defender— no tengan por qué coincidir con los de EEUU, existen cauces para gestionar las diferencias sin necesidad de acudir a la provocación.

Una vez dicho esto, existen sobrados indicios para especular que lo ocurrido este mes de julio ha sido un claro ataque híbrido de Marruecos. ¿Por qué ahora? En el orden global de las cosas, Marruecos es consciente de la ventana de oportunidad que supone la presidencia de Trump-Israel y la extrema debilidad política de Sánchez. También ha tenido en cuenta su aislamiento internacional tras sus fricciones con EEUU y con la UE, por sus suicidas políticas migratorias.

Por otro lado, la coincidencia con el día del Trono, lejos de exonerar a Marruecos, refuerza la sospecha. En efecto, no hay que olvidar que la invasión de Perejil tuvo lugar la víspera del comienzo de los fastos de la celebración pública de la boda de Mohamed VI (12-14 julio de 2002), por lo que parece una costumbre suya hacerse regalos a sí mismo en fechas señaladas. Además, el día del Trono es precisamente el día en que el rey marroquí recibe las felicitaciones de sus aliados. Este año se conmemoraba además el 250 aniversario de la fundación de los EEUU y, habiendo sido Marruecos el primer país del mundo en reconocer la independencia de EEUU en 1777, el mensaje de felicitación del presidente Trump al rey Mohamed era este año particularmente elocuente: «El sabio liderazgo de Su Majestad ha sido una piedra angular de la estabilidad. El firme compromiso de Marruecos con el fomento de la paz, la lucha contra el extremismo y la protección de la seguridad estadounidense y marroquí —entre otras cosas, a través de su papel fundamental en los Acuerdos de Abraham— refleja una valiosa colaboración para Estados Unidos»[4].

Por otro lado, la sentencia del Supremo del 29 de junio[5] permitió a Marruecos contar con una coartada: la burda cortina de humo de la movilización espontánea. También es posible que Marruecos eligiera el final de julio anticipando que el presidente del gobierno iba a hacer gala de su nulo amor por España al no interrumpir sus vacaciones bajo ningún concepto. Los países árabes atacaron a Israel en la fiesta del Yom Kipur; Marruecos lo ha hecho justo antes de agosto.

Los indicios que apuntan a Marruecos son abrumadores. En primer lugar, Marruecos tiene un móvil claro (testar y desestabilizar) del que carece cualquier otro «actor interesado»: ¿qué interés tendrían unas mafias o unos individuos anónimos en provocar una avalancha? Por otro lado, es absolutamente imposible que una movilización de 80.000 personas le pasara desapercibida al controladísimo estado policial marroquí, y mucho menos si se dirigían a una ciudad situada a escasos kilómetros de donde el rey Mohamed celebraba el día del Trono. Del mismo modo, es imposible que las 80.000 personas coincidieran casualmente en Ceuta el mismo día. Si hubiera sido una movilización espontánea por redes sociales se habría producido un goteo incesante durante semanas, pero no una avalancha en 24 horas. Está claro que fue un movimiento organizado, y no por unas mafias, innecesarias para que alguien coja el autobús o el tren dentro del propio Marruecos.

En segundo lugar, la policía de fronteras marroquí adoptó la misma pasividad que había adoptado en el incidente fronterizo del 2021, permitiendo y dirigiendo, según diversos informes policiales, la entrada de los invasores. Estos quizá conocían la sentencia del Supremo, pero ¿cómo sabían que la policía marroquí les permitiría cruzar la frontera ese día? Cuando Marruecos no quiere, nadie cruza, como comprobamos el 15 de agosto. ¿Quién dio las órdenes a la policía marroquí de no hacer nada —ni enviar refuerzos— durante al menos 24 horas?

Finalmente, el hecho de que Marruecos accediera al retorno en caliente de la inmensa mayoría de los invasores no prueba nada. Exactamente lo mismo ocurrió en el incidente del 2021, cuya autoría marroquí nadie puso en duda.

¿Qué debería haber hecho España?

En unas circunstancias normales, la reacción de España habría sido muy diferente. Una España normal habría montado en cólera, convocado al embajador marroquí, llamado a consultas al embajador en Marruecos y denunciado lo ocurrido en todos los foros internacionales.

Inmediatamente habría reforzado la presencia policial y militar en Ceuta, aprestado una presencia significativa de la Armada en Ceuta (por ejemplo, una fragata) y anunciado la construcción de un aeródromo de uso civil y militar. Un gesto que habría lanzado un mensaje prístino sobre la españolidad de las ciudades autónomas habría sido la presencia del rey y del gobierno en pleno celebrando un consejo de ministros en la ciudad.

Del mismo modo, una España normal no habría dado de comer gratuitamente a los invasores, un incentivo perverso, sino todo lo contrario: habría utilizado el hambre a su favor para que en 24-48h los propios intrusos hubieran vuelto a sus casas dirigidos por su estómago vacío. Caridad y estupidez no son sinónimos.

Asimismo, una España normal habría listado todos aquellos puntos en los que puede hacer daño a Marruecos (relaciones comerciales bilaterales, relaciones con la UE, suministro eléctrico y energético, ayuda a países rivales, socavación de la imagen interna del régimen por los estilos de vida de sus más altos representantes, etc.), mostrando los dientes al país vecino en vez de menear la cola. Lo ideal es tener relaciones cordiales y mutuamente fructíferas con todo el mundo, pero estas deben estar basadas en el respeto mutuo y a las reglas del juego: «Amigos, muy amigos, pero el burro a la linde».

En definitiva, una España normal habría reaccionado con una política de dura represalia, disuasoria de futuros intentos, y anunciado un golpe de timón a la excesivamente obsequiosa política española hacia Marruecos, que tan amargos frutos ha dado, comenzando a tratar al país magrebí como lo que es: un Estado conflictivo con todos sus vecinos. Pero España ha dejado de ser un país normal, y Marruecos lo sabe.

Primer antecedente: la Marcha Verde

Decíamos al principio que Marruecos es un sospechoso que cuenta con antecedentes. En efecto, en noviembre de 1975 —en medio de la agonía de Franco—, el país magrebí lanzó a centenares de miles de civiles que penetraron en el Sahara español. En ese momento, Hassán II supo calibrar bien al joven e inexperto príncipe Juan Carlos, entonces jefe de Estado interino, y comprendió que se le presentaba una oportunidad para hacer lo que jamás había tenido valor de hacer en vida de Franco.

EEUU apoyó explícitamente a Marruecos, acallando la protesta de la ONU por la vulneración flagrante de la legislación internacional y presionando para asegurarse la no oposición española. Los norteamericanos se mostraban entusiasmados con el régimen marroquí como contrapeso a Argelia, que se movía en la órbita soviética. Así, el despiadado pero inteligente Hassán II supo explotar el miedo de EEUU a dos escenarios: a que en el Sahara se instalara un Frente Polisario controlado por la URSS y a que en España el final de la dictadura diera lugar a un caos político que contribuyera a la inestabilidad de la región. Por todo ello, la Marcha Verde constituyó una operación de EEUU tanto o más que de Marruecos, una escaramuza más de la Guerra Fría en la que España se limitó a jugar un triste papel: el de peón de EEUU sacrificado en el gran tablero de ajedrez de las superpotencias. Marruecos también obedeció a los intereses norteamericanos, pero en su caso coincidían con los suyos.

Segundo antecedente: Perejil

En julio de 2002, Marruecos envió un exiguo contingente armado a tomar posesión del desierto islote Perejil, de soberanía española. Los gendarmes —que inmediatamente izaron una bandera marroquí— pronto serían sustituidos por infantes de Marina de aspecto poco aseado. Naturalmente, las autoridades marroquíes negaron inicialmente tener conocimiento alguno de lo acontecido, como ahora; más tarde afirmaron con desfachatez que aquello tenía que ver con la lucha contra la droga. Sin embargo, el gobierno español de aquel entonces supo leer perfectamente que se encontraba ante una seria amenaza que creaba un peligroso precedente. En efecto, la acción marroquí quería medir la voluntad española de defender su integridad territorial, motivo por el cual eligieron adrede un pequeño islote sin importancia y a escasos metros de su costa que hiciera dudar a España si merecía la pena oponerse. De este modo, debilitaban cualquier respuesta española, que los marroquíes tildarían inmediatamente de sobrerreacción. Afortunadamente, España reaccionó con firmeza utilizando una superioridad militar abrumadora que hizo desistir a Marruecos de cometer ninguna tontería. Como consecuencia de ello, el intento marroquí se saldó en un humillante fracaso, y España compró dos décadas de calma en su frontera sur.

En Perejil, Marruecos también creyó contar con la complicidad norteamericana. Tres meses antes del incidente, Mohamed VI había realizado una exitosa visita a EEUU (la segunda en dos años) en la que Marruecos había aprovechado el nuevo sentimiento de vulnerabilidad norteamericano tras el 11-S para prometer un total apoyo contra el terrorismo yihadista. Del mismo modo que, en tiempos de Hassán II, Marruecos había manejado el miedo de EEUU a un desembarco soviético en el Sahara, en tiempos de Mohamed VI manejaría el miedo de EEUU a que la caída de la frágil dinastía alauita diera paso a un régimen islamista radical (o pro-China) que pudiera ejercer un control sobre el estratégico estrecho de Gibraltar. La táctica es la misma: «O yo o el desastre»; sólo cambia el enemigo a temer. En aquella ocasión, sin embargo, las fluidas relaciones de España con EEUU anularon los cantos de sirena marroquíes, y los norteamericanos se limitaron a facilitar una salida diplomática desde una postura desdeñosa, pero neutral.

Por su parte, Francia, siempre interesada en debilitar a España, apoyó abiertamente a Marruecos. El presidente Chirac aconsejó al gobierno español que aceptara el fait accompli, e incluso sugirió la entrega de Ceuta y Melilla y el abandono de las pretensiones legales sobre el Sahara. El gobierno francés también permitió que el ministro de exteriores marroquí defendiera su postura desde París en rueda de prensa. Pero el apoyo francés a Marruecos fue más allá: una vez las fuerzas especiales españolas habían retomado el islote, despegaron de Marruecos tres cazas rumbo al mismo, lo que llevó a las fuerzas aeronavales españolas a ponerse en zafarrancho de combate. Sin embargo, a sólo 30 millas de su aparente objetivo, la formación se disolvió: dos cazas resultaron ser Mirage franceses, que se dirigieron hacia el norte, y sólo uno marroquí, que volvió a su aeródromo de origen. Cabe imaginar las consecuencias que habría tenido esta provocación de no haber mantenido el ejército español su temple[6].

¿Qué pasó el 11-M?

Menos de dos años después del asalto de Perejil se produjo el oscuro atentado del 11-M, que, lejos de parecer un atentado de Al-Qaeda (¿diez bombas casi sincronizadas, explosionadas en vísperas electorales, y sin terroristas suicidas?), presentó elementos típicos de una acción subversiva con una clara intencionalidad política. Como es más que obvio, el objetivo inmediato del atentado era provocar un vuelco electoral (o, más bien, un cambio de régimen) y la llegada al poder del siniestro Zapatero, que había prometido retirar las tropas españolas de la impopular ―e injusta― guerra de Irak. Eso nos conduce a su verosímil objetivo estratégico: la destrucción de la naciente alianza entre España y EEUU, que había relegado a Francia a un segundo plano por primera vez desde la II Guerra Mundial y había hecho peligrar las privilegiadas relaciones de Marruecos con EEUU. La retirada de las tropas españolas, realizada por Zapatero adrede de forma innecesariamente brusca e insultante para los norteamericanos, logró dicho objetivo. Como consecuencia del 11-M, cuya verdadera naturaleza no supo entender el pueblo español (que cayó en la trampa de los autores intelectuales del atentado), España jamás recuperaría el mismo protagonismo internacional. El atentado fue un éxito.

Antes de descartar lo anterior como una especulación febril, conviene leer la escena que relata Jaime Mayor Oreja en su libro Una verdad incómoda. En un almuerzo en 2005 con el exministro de Interior marroquí Driss Basri, con el que mantenía una relación periódica, este le dijo: «Supongo que no tendrás dudas de que el atentado del 11-M fue obra de un servicio secreto. La lógica es que fueran los nuestros, pero como los he reclutado, formado y escogido yo, quiero decirte que son incapaces de organizar un atentado tan complejo y difícil como el que habéis padecido. Mirad hacia los servicios secretos de otro país vecino»[7]. Basri había sido el hombre fuerte de Hassán II y ministro de interior durante 20 años, pero tras la llegada de Mohamed VI había sido cesado y vivía autoexiliado en París.

Al leer esto lo primero que me vino a la cabeza fue: «Excusatio non petita, accusatio manifesta». Luego me pregunté: ¿cómo van los servicios secretos franceses a participar en el asesinato de 200 inocentes? Pero me vino a la cabeza otra pregunta: ¿no cobijó Francia a los terroristas de ETA durante dos décadas mientras estos asesinaban a 500 españoles?

La autoría intelectual del 11-M sigue siendo un misterio, en parte por lo bien que sus profesionales autores limpiaron sus huellas y en parte por la falta de voluntad por conocer la verdad. Que nuestro país haya pasado de puntillas ante el grave testimonio del exministro marroquí demuestra nuestro miedo a asomarnos a ese abismo. Los autores del atentado contaban con ello.

Tercer antecedente: 2021

En 2021, como respuesta a la acogida —a petición de Argelia— del líder del Frente Polisario en un hospital español, Marruecos llamó a consultas a su embajador en Madrid y permitió el cruce de la frontera de Ceuta y Melilla de unos 8.000 invasores ante la pasividad de la policía marroquí, como ha ocurrido en esta ocasión. Argelia y Marruecos pronto romperían relaciones diplomáticas tras acusar el primero al segundo de infectar los móviles de numerosos altos cargos argelinos con el spyware Pegasus (¿les suena?)[8].

El incidente fronterizo de 2021 también tuvo su propio contexto geopolítico. En 2020, al final del primer mandato de Trump, EEUU declaró tener intención de apoyar las reclamaciones de Marruecos sobre el Sahara Occidental como premio a la normalización de relaciones entre Israel y Marruecos mediante la firma de los Acuerdos de Abraham. Una de las ventajas asociadas a los firmantes era el acceso a Pegasus, arma poderosa cuya comercialización requiere del permiso expreso, cliente a cliente, del Ministerio de Defensa de Israel.

Asimismo, en 2021 Mohamed VI concedió a Trump la Orden de Mahoma (máxima condecoración de Marruecos) y Trump correspondió concediendo al rey marroquí la medalla de la Legión del Mérito. Por tanto, Marruecos tomó la decisión de enviar su pequeñaMarcha Verde de 2021 con la tranquilidad de contar con la simpatía americana.

Conclusión

Los marroquíes son especialistas en tirar la piedra y esconder la mano. Sin duda, la imagen de 80.000 desharrapados desesperados por salir de su país con lo puesto (poca cosa) no deja en buen lugar a Marruecos. Sin embargo, dudo mucho que a un rey que pasa gran parte de su tiempo bajo protección francesa en París y vive en la ostentación y la opulencia en medio de un pueblo pobre le importe mucho esa imagen.

Debemos ser conscientes de que Marruecos viene lanzando cargas de profundidad. La primera consiste en convencer a EEUU de que ellos son un socio más fiable que España, y que quizá le convenga a los norteamericanos diversificar el control del estrecho de Gibraltar y evitar que España sea el único país que controla ambos lados. De forma alucinante, nuestra inane clase política sigue sin comprender el valor estratégico que supone el control del Estrecho (cosa que sí hacen Inglaterra y Marruecos) ni la enorme importancia estratégica de Ceuta y sus aguas. Nuestros políticos tampoco comprenden que la más eficaz política exterior hacia Marruecos es socavar su imagen ante EEUU.

La segunda carga de profundidad marroquí consiste en plantar la semilla de la duda en los países de la UE de que quizá sea más seguro para ellos que la frontera sur del Espacio Schengen tenga un mar de por medio, y no una simple valla.

Marruecos —como hizo en Perejil y en 2021— ha testado la reacción de España ante una agresión que no tiene precedentes desde la Marcha Verde. El resultado quizá le anime a ir más lejos, pues sabe que este gobierno no le va a frenar. No obstante, la multitudinaria e indignada reacción popular en las calles —que no se esperaba—, quizá sí. Ojo con despertar el secular orgullo nacional del español.

Dicho todo esto, lo más grave es que todos los indicios apuntan a que Marruecos ejerce un control sobre Sánchez (tras el espionaje de su móvil con Pegasus) y sobre su ministro del Interior (por razones desconocidas y, por lo tanto, abiertas a la imaginación). Por el motivo que sea, nuestro gobierno no defiende los intereses de España sino los de Marruecos, por lo que el problema no es sólo que los bárbaros estén a las puertas, sino que los traidores están dispuestos a abrírselas.


[1] M. Cervantes. Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, cap. III (Biblioteca Castro).
[6] Testimonio del vicealmirante G. Rodríguez Garat recogido en el documental Perejil (Movistar +).
[7] J. Mayor Oreja. Una verdad incómoda (Espasa, 2026).

viernes, 4 de septiembre de 2026

Santidad, ¿quién escribe sus intenciones de oración? (Carta abierta al papa León XIV)





Santidad:

He leído atentamente la intención de oración propuesta para el mes de septiembre, dedicada al cuidado del agua, que denuncia el desperdicio y la contaminación y proclama el derecho de toda persona a «beber sin miedo, sin desigualdad».

Ningún cristiano puede quedarse impasible ante quien padece sed, tiene que recorrer kilómetros en busca de una fuente o enferma porque no puede evitar el agua contaminada. El propio Cristo identificó la sed del pueblo con la suya: «Tuve sed y me diste de beber» (Mt.25,35). Dar de beber al sediento es una obra de misericordia corporal, y es algo que pertenece plenamente a la Tradición cristiana.

Ahora bien, Santidad, al leer esta intención he experimentado una sensación de extrañeza. Me ha costado mucho reconocer la voz del Pontífice que desde el comienzo de su ministerio ha recordado al mundo que la humanidad necesita a Cristo y que el mundo tiene necesidad de su luz.

Por esa razón, permítame plantearle una pregunta sincera y tal vez incómoda: concretamente, ¿quién escribe estas intenciones de oración? ¿Quién escoge las palabras que más tarde son presentadas a los fieles como intenciones del Papa?

Desconozco hasta qué punto ha intervenido Vuestra Santidad en la redacción del texto. No quiero formular acusaciones ni poner en duda vuestra sensibilidad hacia los pobres. Con todo, me cuesta creer que expresiones como «recursos de la Tierra», «derecho sin fronteras», «sobriedad» o «denunciar la contaminación» expresen de por sí lo que Vuestra Santidad considera más urgente para encomendarlo a las oraciones de la Iglesia Universal.

Son conceptos legítimos, pero podría haberlos expresado igual cualquier organismo internacional, una asociación ambientalista o un partido político. En esta intención se habla mucho del agua como recurso, derecho y bien universal, y demasiado poco del agua viva que es Cristo. Falta que hable claro del pecado, de la conversión, de la salvación de las almas, de la gracia, de la Eucaristía y de la misión evangelizadora de la Iglesia.

El peligro está en que la oración cristiana se transforme poco a poco en una declaración de intenciones humanitarias. Ciertamente la Iglesia debe ocuparse del hombre, de su dignidad y sus necesidades materiales; pero lo hace porque anuncia a Cristo, no porque tenga que repetir el programa de las instituciones civiles expresado con un lenguaje religioso.

Dice San Pablo: «Me propuse no saber entre vosotros otra cosa sino a Jesucristo, y Éste crucificado» (1ª a Cor.2,2). Ante las numerosas necesidades concretas de la primera comunidad cristiana, los Apóstoles afirmaron: «Nosotros, empero, perseveraremos en la oración y en el ministerio de la Palabra» (Hch.6,4).

Actualmente tenemos de sobra intenciones profundamente cristianas y que revisten una dramática urgencia.

Se podría rezar por los cristianos que son perseguidos y asesinados en Nigeria; por las comunidades agredidas en la República Democrática del Congo, Burkina Faso y Mozambique; por los creyentes obligados a estar en la clandestinidad en Corea del Norte; por los que son discriminados, encarcelados o amenazados de muerte en Pakistán, la India, China, Irán, Eritrea, Somalía, Yemen y Afganistán.

Según la World Watch List 2026, más de 388 millones de cristianos sufren en el mundo niveles elevados de persecución o discriminación por su fe. Tras esta cifra se ocultan templos incendiados, pueblos asaltados, sacerdotes secuestrados, familias obligadas a huir, mujeres violadas y hombres asesinados por no renegar de Cristo.

¿Por qué no pedir a la Iglesia Universal que rece por ellos?

Se podría pedir por los misioneros que se juegan la vida proclamando el Evangelio; porque los sacerdotes sean santos y fieles; por las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa; por los jóvenes, que hoy ya no conocen a Cristo; por las familias cristianas desgarradas; por los niños no nacidos; por quienes han perdido la fe; por la conversión de los pecadores; por los que mueren sin el consuelo de los sacramentos; por la libertad para practicar la religión; por la valentía para confesar públicamente el nombre de Jesús.

Se podría rogar para que la Iglesia no tenga miedo de proclamar que Cristo es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn.14,6) ante un mundo al que no le importa aceptarla como una institución humanitaria pero está cada vez menos dispuesto a escucharla cuando habla de Dios, de la Verdad, del pecado y de la salvación.

El cuidado del agua también podría ser una intención verdaderamente cristiana si se recondujera con más claridad a su centro, que es Cristo. El agua que sacia la sed corporal es indispensable, pero el Señor le recordó a la samaritana que quien bebe el agua del pozo vuelve a tener sed, pero quien bebe la que Él da «se hará en él fuente de agua surgente para vida eterna» (Jn.4,14).

Esa es el agua que sólo la Iglesia puede proporcionar al mundo.

Santidad, no le escribo para fomentar una polémica ni para negar la gravedad de la pobreza, la sequía o la contaminación. Le escribo porque temo que por detrás de conceptos en los que podemos estar de acuerdo la especificidad cristiana se vuelva cada vez más débil e indistinguible del lenguaje dominante.

La pregunta, pues, sigue en pie: ¿quién redacta esas intenciones? ¿Quién decide los temas urgentes que se deben proponer cada mes a la Iglesia Universal? Y sobre todo: ¿cómo podemos tener certeza de que cada una de esas intenciones conducirá de verdad a los fieles a Cristo?

Vuestra Santidad nos ha recordado que el mundo necesita la luz de Cristo. Siga pronunciando con claridad ese nombre, Santidad. Ayúdenos a no reducir el Evangelio a un programa social o ecológico. Recuerde al mundo nuestros hermanos perseguidos, y devuelva a las intenciones de oración la voz inequívocamente cristiana que tantos fieles anhelan oír.

Porque desde luego el agua es un bien que se debe protege y compartir. Pero la primera sed que la Iglesia está llamada a satisfacer es la sed de Dios.

SOBRE LA INVACIÓN DE CEUTA POR LOS MARROQUÍES

EL TORO TV, ADELANTE ESPAÑA Y OTROS MEDIOS 

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EL TORO TV (José Javier Esparza)




EL 2 DE SEPTIEMBRE, TODOS A LA CALLE, POR CEUTA


LA GRAN TRAICIÓN DEL GOBIERNO


ESPAÑA: EN MANOS DE SUS ENEMIGOS





ADELANTE ESPAÑA 4 de septiembre de 2026



⏲ Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

El Gobierno aplica en Ceuta su estrategia de impunidad ante las crisis

Cada vez que una crisis social, política o de gestión golpea los cimientos de España, el equipo de Pedro Sánchez activa un protocolo de comunicación perfectamente diseñado. La opinión pública no asiste a fallos de coordinación fortuitos ni a respuestas improvisadas, sino a la ejecución milimétrica del bautizado en Libertad Digital como ‘Manual de Emergencias del sanchismo‘. El presidente utiliza este guion sistemáticamente para eludir sus responsabilidades directas, sin importar que el problema afecte a los servicios básicos de los ciudadanos o a la mismísima integridad territorial del Estado.

Esta táctica de supervivencia política consta de cuatro fases secuenciales que la factoría de la Moncloa repite a rajatabla: retrasar, culpabilizar, embarrar y olvidar. El Ejecutivo central aplicó este mismo método destructivo durante el gran apagón de abril de 2025 y tras la terrible tragedia ferroviaria de Adamuz. Hoy, la historia se repite con una fidelidad pasmosa ante la gravísima invasión marroquí de Ceuta.

Retrasar y dilatar el rendimiento de cuentas ante los ciudadanos

La primera fase del manual consiste en postergar las explicaciones institucionales sine die. En el caso de Ceuta, el presidente ha comparecido ante las Cortes Generales más de un mes después de producirse los hechos. La Moncloa congela el reloj de manera deliberada con el único objetivo de enfriar la indignación popular. Mientras la sociedad exige respuestas inmediatas, los portavoces oficiales repiten el mantra de que todavía no conocen las causas profundas del suceso.

Sin embargo, esta aparente ignorancia esconde una trampa dialéctica inmediata. Al mismo tiempo que el Gobierno alega una falta de datos técnicos para justificar su silencio, los ministros aseguran con rotundidad que la causa no está en ningún caso en la mala gestión del Ejecutivo. El sanchismo decreta así su propia inocencia previa antes siquiera de iniciar cualquier tipo de investigación interna.

Culpabilizar a enemigos externos para eludir la autocrítica

Cuando la opacidad ya no basta para contener las críticas de la oposición y de los medios de comunicación críticos, el protocolo activa su segunda etapa: la búsqueda desesperada de culpables externos. El sanchismo despliega toda su maquinaria propagandística para desacreditar cualquier reproche recibido. En este punto de la crisis, el aparato ministerial señala a objetivos de lo más variopintos para desviar la atención, ya sea Rusia, Israel o la internacional de la ultraderecha. En la mentalidad monclovita, todo vale con tal de salvar al líder.

Si el señalamiento de fantasmas internacionales fracasa, el Gobierno recurre a un último escudo exculpatorio. Los ministros comparecen para asegurar que el gabinete no pudo hacer nada porque nadie les avisó de lo que iba a ocurrir. La culpa siempre pertenece a los demás. El Ejecutivo central atribuye los desastres a supuestos sabotajes, ciberataques, campañas de desinformación o a la intervención directa de actores extranjeros de la «internacional ultraderechista». Cualquier argumento estrafalario sirve antes que ejercer la más mínima y saludable autocrítica democrática.

Embarrar el debate público con hipótesis disparatadas

La crisis de Ceuta ejemplifica a la perfección la tercera fase del manual, centrada en emponzoñar la discusión política. El pasado 30 de julio, cerca de 80.000marroquíes invadieron la ciudad autónoma. Resulta inverosímil que semejante avalancha humana pasara inadvertida para las autoridades marroquíes en primer lugar, y para las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia españoles después. A pesar de la evidencia de un fallo sistémico, Moncloa insistió formalmente en decir que nadie sabía nada.

A las pocas horas de completarse la entrada masiva, Pedro Sánchez y su ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, comparecieron ante los medios para denunciar la difusión de «bulos» y «desinformación», además del baile de cifras, tanto en la entrada como en el regreso. La maquinaria gubernamental vinculó inmediatamente la crisis con campañas destinadas a generar división interna. Posteriormente, los portavoces afinaron el tiro y apuntaron de forma específica a redes de desinformación «rusas e israelíes» y a una «internacional ultraderechista» que quería atacar a España y Europa.

Por si este bombardeo retórico fuera insuficiente, el presidente introdujo en el debate la posibilidad de ciberataques y la actuación de «actores no estatales». Al mismo tiempo, los miembros del gabinete se apresuraron a exculpar a Marruecos de cualquier tipo de responsabilidad o connivencia en el asalto fronterizo. Este repertorio tan disparatado de hipótesis persigue únicamente embarrar el terreno de juego, confundir a la población y desviar los focos de la responsabilidad directa del Gobierno de España.

Olvidar a través de la caducidad instantánea de la actualidad

La cuarta y última fase del protocolo sanchista confía todo el éxito de la operación al paso del tiempo. El olvido sistemático constituye el verdadero pilar de esta estrategia de comunicación. Aquí juega un papel importantísimo su ejercito de mercenarios periodísticos que transmiten el argumentario de Moncloa. Moncloa sabe perfectamente que el impacto de un nuevo escándalo sepulta de forma inevitable la gravedad del caso anterior. La velocidad vertiginosa a la que avanza la información en la era digital favorece los intereses de un Gobierno abonado a la amnesia colectiva.

Hace años se decía popularmente, para ilustrar la rápida caducidad de las noticias, que «el periódico de hoy envuelve el pescado de mañana». En la actualidad, esa ventana de atención social se ha reducido hasta volverse casi instantánea. Nadie habla ya en las tertulias del caos ferroviario, de la tragedia de Adamuz o del apagón de 2025. El sanchismo fía su futuro a este desgaste de la memoria pública. Al final, el Gobierno cerrará la gravísima crisis de Ceuta tal y como cerró los desastres anteriores: sin una sola dimisión sobre la mesa y sin ofrecer una explicación clara y transparente de por qué sucedió semejante humillación nacional.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

León XIV convoca a obispos de todo el mundo para consolidar la herética Amoris Laetitia.



En nuestra traducción de El signo de la cruz , León XIV invita a los obispos del mundo a Roma para debatir sobre Amoris Laetitia [ véase ], de su predecesor , que abre la puerta a la comunión para los divorciados y vueltos a casar. La considera, a pesar de su carácter sumamente controvertido, un texto guía para la Iglesia. Si bien contiene elementos heréticos, se reafirma una vez más como una carta magna de creatividad que se adapta a los tiempos. Aquí está el índice de textos anteriores. 


Según informó Vatican News , el Papa León XIV ha invitado a los presidentes de la Conferencia Episcopal Mundial a reunirse en Roma en octubre para "examinar y debatir las enseñanzas de Amoris Laetitia y cómo proclamar el Evangelio a las familias de hoy".

A principios de este año, el Papa León XIV elogió Amoris Laetitia como un texto orientador para la Iglesia y expresó su intención de honrar la exhortación apostólica del Papa Francisco, sumamente controvertida, cuyos elementos son considerados heréticos por muchos.

En marzo, el Papa León XIVpublicó un mensaje con motivo del décimo aniversario de Amoris Laetitia [ aquí ], en el que describió la exhortación apostólica postsinodal de Francisco como un «mensaje luminoso de esperanza» y confirmó su papel central en la enseñanza contemporánea sobre el matrimonio y la familia. Escribió: « El 19 de marzo de 2016, el Papa Francisco ofreció a la Iglesia universal un mensaje luminoso de esperanza sobre el amor conyugal y la vida familiar ». « En este décimo aniversario, demos gracias al Señor por el estímulo que ha impulsado la reflexión y la conversión pastoral en la Iglesia, y pidámosle a Dios el valor para perseverar en este camino ».

En su mensaje, el Papa comparó explícitamente Amoris Laetitia con Familiaris Consortio de Juan Pablo II . «Desde el Concilio, las dos Exhortaciones Apostólicas, Familiaris Consortio —publicada por San Juan Pablo II en 1981— y Amoris Laetitia , han fortalecido el compromiso doctrinal y pastoral de la Iglesia al servicio de los jóvenes, los matrimonios y las familias».

En contradicción con Juan Pablo II y muchos otros, Amoris Laetitia afirma que «ya no se puede decir simplemente que todos los que se encuentran en situación irregular viven en estado de pecado mortal y están privados de la gracia santificante. Aquí hay algo más en juego que la simple ignorancia de la norma».

Según Gaetano Masciullo de LifeSiteNews, esta tesis es innegablemente heterodoxa. La admisión de Francisco sobre la posibilidad de dar la Comunión a católicos divorciados y vueltos a casar no solo se sugirió implícitamente en el documento, sino que fue confirmada explícitamente por Francisco el 5 de septiembre de 2016, en una carta dirigida a los obispos de la región pastoral de Buenos Aires [ aquí - aquí ]. « No hay otras interpretaciones », afirmó.

Tras la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia , cuatro cardenales enviaron a Bergoglio una carta histórica implorándole que aclarara su controvertida exhortación [ aquí - aquí ]. La carta formulaba cinco preguntas breves que podían responderse con un sí o un no, preguntas que habrían aclarado de inmediato el significado del ambiguo documento [ Aquí hay una crítica teológica de 45 eruditos - nota del editor]. El Papa Francisco optó por ignorar sus preguntas [Y sin embargo, véase -ndT].

Firmada por los cardenales Walter Brandmüller, Raymond Burke, Carlo Caffarra y Joachim Meisner, la carta informaba al Papa de la «incertidumbre, confusión y desorientación entre muchos fieles» derivadas de Amoris Laetitia . Los cardenales explicaban que se sentían «obligados por nuestra responsabilidad pastoral» a pedirle al Papa Francisco, «con profundo respeto», que respondiera a las preguntas planteadas, recordándole que, como Papa, está «llamado por el Resucitado a confirmar a sus hermanos en la fe» y a «resolver las incertidumbres y aportar claridad».

En una nota que explicaba la publicación de la carta a los fieles, los cardenales revelaron que surgía de una profunda preocupación pastoral por la grave desorientación y la gran confusión que reinaba entre muchos fieles respecto a cuestiones de suma importancia para la vida de la Iglesia.

La publicación de la carta sirvió para revelar a los fieles no solo la grave desorientación y confusión causadas por el Papa Francisco, sino también su conciencia de la gravedad de la situación y su decisión de no ponerle fin.