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lunes, 2 de noviembre de 2026

Venite ad me. El nuevo y buen documento de Tucho, aunque podría haber sido mucho mejor




El 22 de octubre el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó Venite ad me. Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época. Lo firma el cardenal Fernández y lleva la aprobación de León XIV, otorgada en la audiencia del 21 de agosto. El encargo, nos dice el propio texto, venía del papa Francisco; el nuevo pontificado y el Jubileo apuraron la redacción.

Lamentablemente, el documento está pasando sin pena ni gloria. Aunque a mi entender, contiene algunos aspectos que podrían ser mejores, diría que es un buen documento según los tiempos que corren y según el personaje que lo firma. Y ha pasado sin pena ni gloria en buena medida porque este mismo personaje, el cardenal Tucho Fernández, se han encargado de bajarle el precio. Dijo hace pocos días en una entrevista que se trata de un texto que no le interesa a nadie —¿será un mensaje que le envía al Papa León diciéndoles que sólo le interesa a él?— pero, además, cometió una de sus típicas torpezas: dividió a la Iglesia entre progresistas y conservadores, y trazó, como corresponde, una caricatura de estos últimos.

A los sectores progresistas no les preocupa está cuestión. Les apasionan los cambios estructurales y el diálogo con la sociedad. A los sectores conservadores lo que los desvela es la transmisión de la moral sexual. Despertar en los hermanos una cautivante experiencia de Cristo vivo que ofrece su amistad y su vida nueva es algo que a ambos sectores les suena como una cosa «romántica», casi fuera de la realidad. En esto coinciden.

Llama la atención la desfachatez del cardenal Fernández al exponer públicamente un prejuicio tan grosero: a los conservadores sólo nos interesa la moral sexual. Se trata de una generalización que se convierte en calumnia y difamación. 
Que haya ciertos conservadores que sólo estén interesados en esas cuestiones no significa que todos lo estemos. Es como si yo dijera, por poner un ejemplo totalmente inverosímil, que todos los integrantes del colegio cardenalicio son pornógrafos y libidinosos, porque hay un cardenal que está interesado no en la moral sexual, sino en el sexo pura y simplemente, y escribe libros sobre el arte de besar y, cuando le vienen los arrebatos espirituales, sobre el orgasmo y la contemplación mística. La gravedad e injusticia de esa improbable afirmación es equivalente a los dichos de Tucho. Que no queda allí, sino que nos acusa también de nos estar abiertos a la «experiencia vivificante de Cristo». Además de teólogo eximio, es también escrutador de corazones.
El género del documento es curioso, y el autor se ocupa de aclararlo con cierta coquetería. No es una Nota doctrinal sino unas Consideraciones, y por eso —advierte el n. 8— no se distingue, como otros textos del dicasterio, por la precisión del lenguaje ni por el carácter sistemático del tratamiento. Es una confesión notable: el dicasterio encargado de custodiar la doctrina avisa de antemano que esta vez no será preciso. Uno agradece la honestidad, aunque no deja de preguntarse para qué otra cosa existe un dicasterio de doctrina.

Dicho esto, sería injusto despachar el texto con un par de chicanas. Venite ad me tiene páginas buenas, y algunas muy buenas. Por eso, me atrevo a decir que el diagnóstico que presenta es certero pero la terapia que ofrece es débil.

Lo bueno y muy bueno del documento

Empecemos por lo bueno, que no es poco. El n. 32 defiende el bautismo de los niños contra el argumento, tan repetido, de que conviene esperar a que elijan por sí mismos. Lo hace con una analogía de sentido común: nadie deja a un recién nacido sin ropa ni alimento a la espera de que, ya grande, decida cómo vestirse y qué comer. Que esto haya que decirlo en un documento romano dice mucho del estado de cosas; lo admito. Pero que se diga, es una buena noticia, y es importante señalarla.

Los nn. 35-37 son quizá lo más hermoso del texto y bien podrían haber formado parte de algun capítulo de El despertar de la Señorita Prim o ser citados por John Senior. En ellos, se recoge el recuerdo del jesuita Aimé Duval sobre la oración de la noche en su casa campesina: el padre, fuerte y orgulloso ante el alcalde y los ricos, arrodillado ante Dios con la frente entre las manos; la madre, sentada con el más pequeño en brazos, mirando a cada hijo mientras rezaba. Y a continuación se enumeran, sin vergüenza, las prácticas que durante décadas la pastoral conciliar despachó como residuos: los santos patronos, la invocación a la Virgen, la misa dominical, los santuarios, la bendición de la mesa, el pesebre. Es decir, el catolicismo de nuestras abuelas, que transmitía la fe sin documentos de trabajo ni comisiones; que lo transmitía “en dialecto”.

El diagnóstico del capítulo III tampoco es complaciente con el mundo contemporáneo. Se habla abiertamente de «sociedades post-cristianas» (n. 55) y de la crisis del «modelo de cristiandad» (n. 53). Se denuncia la «soberanía del yo», el debilitamiento del sentido del pecado y el avance del relativismo (nn. 56-57). Se critica el laicismo legislativo de Francia y Canadá, que limita la manifestación pública de la fe (n. 58). Y se reprocha, con razón, la fe construida «a medida», según los gustos propios en lugar de la enseñanza de la Iglesia (n. 60).

Hay además un pasaje que merece subrayarse. Al registrar el crecimiento espectacular de los bautismos de adultos en Francia —que se han más que triplicado en una década, sobre todo entre jóvenes de 18 a 25 años—, el n. 65 incluye entre los signos de la acción del Espíritu Santo «una cierta recuperación de lo antiguo y de las tradiciones». No es una frase menor en un documento de esta procedencia, sobre todo porque pocas líneas más arriba hablaba de la importancia de las peregrinaciones como invitación para adentrarse en la fe. Pareciera que se trata de un reconocimiento de la evidencia; pareciera que, sutilmente, el cardenal Fernández esta sacando de la invisibilidad a los que, hasta hace poco, no existíamos. Me cuesta creer que haya sido un acto de honestidad propio; ya hemos visto que no es honesto cuando se despacha como lo hace contra los “conservadores”; y me inclino a pensar que esos párrafos y expresiones han sido más bien mandatos o sugerencias explícitas de alguien con más poder.

Pero donde el texto alcanza su mejor nivel es en la liturgia. Invoca el lex orandi, lex credendi (n. 92) y afirma que celebrar es, ante todo, recibir una fe creída, vivida y rezada por otros antes que nosotros (n. 90). Trae las lágrimas de Agustín ante los himnos de la Iglesia de Milán. Y, sobre todo, cita largamente a Romano Guardini en Monreale, un Jueves Santo: el pueblo siciliano que casi no lee ni responde, pero que participa contemplando, viviendo «en la mirada» durante cuatro horas de ceremonia. Guardini concluye que los nórdicos solo conocían la participación hecha de escuchar, hablar y gesticular, y que habían perdido la otra (n. 93). Quien haya padecido medio siglo de actuosa participatio entendida como gimnasia verbal sabrá apreciar la cita. El n. 94, por último, pide que en cada diócesis los fieles y los que vuelven puedan entrar en contacto con «las diversas sensibilidades litúrgicas» de la tradición católica. Volveremos sobre la letra chica.

Lo que prodría haber estado mejor

El problema empieza en el capítulo I, que es precisamente donde aparece el anuncio que habría que transmitir. Su fórmula se repite como un estribillo: Dios es amor «para siempre y para todos», misericordia «para todos», incluso para quienes condenaron y mataron al Hijo (nn. 10, 20). No hay espacio humano marcado por el fracaso o el pecado que no pueda ser reintegrado (n. 11). El «sí» de Dios nunca puede convertirse en un «no».

Todo esto puede leerse en sentido católico, y no tengo dudas de que los redactores lo pretenden así, pero todos estamos muy susceptibles. Pero un kerygma es, por definición, un resumen, y lo que se omite en un resumen se omite en lo esencial. Y aquí falta lo que San Pablo puso en el centro de su propio resumen: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras (1 Cor 15,3). Falta la conversión como condición, falta el juicio, falta la posibilidad real —y tremenda— de que un hombre rechace la gracia. Falta la chance de la condenación eterna y del infierno. El documento cita con razón 1 Cor 15,14 sobre la resurrección; resulta curioso que haya saltado once versículos hacia atrás sin detenerse en el 3.

La omisión tiene consecuencias en la lectura de la Cruz. En los nn. 16-19, la muerte de Cristo aparece sobre todo como el desenlace de un conflicto con el poder político y religioso de su tiempo, que no soportaba una predicación inclusiva. Se agrega, por si no quedara claro, que la discriminación era rasgo de aquel ambiente religioso «al igual que en el nuestro» (n. 18). La dimensión sacrificial y expiatoria de la Pasión queda en penumbra: Cristo muere porque incomodaba a los fariseos, no porque se ofrece al Padre por los pecados del mundo. Y una frase del mismo número —ninguna ley ni autoridad religiosa podrá declarar a nadie «indigno»— resulta lo suficientemente ambigua como para que cada lector la aplique a la disciplina sacramental que le convenga. Todos recordamos la patética homilía de Tucho Fernández, entonces arzobispo de La Plata, en la que se despachó contra la Iglesia que durante tanto tiempo había discriminado entre quienes podían comulgar y a quienes no.

Hay otras perlas menores. Que la buena nueva del amor de Dios era «desconocida hasta Jesús» (n. 10) sorprenderá a cualquiera que haya rezado los salmos, donde la hesed divina canta en cada página. Y que Jesús «no crea un santuario propio ni una escuela» (n. 14) es una afirmación curiosa sobre quien purificó el Templo, formó durante tres años a los Doce y fundó la Iglesia.

El segundo nudo es epistemológico. El documento afirma que la fe no se transmite «en primer lugar» como un conjunto de contenidos doctrinales, sino como una forma de vida eclesial (n. 29). El anuncio debe ser «performativo» y su objetivo es «provocar una experiencia de fe» (nn. 76-77). Es cierto que el n. 5 distingue entre fides qua y fides quae, y deja la segunda en manos de la catequesis ordenada. Pero el peso de todo el texto cae de un solo lado, y la experiencia termina funcionando como criterio.

Y esto es problemático viniendo del dicasterio del que viene. El Vaticano I definió la fe como el asentimiento a lo revelado por la autoridad de Dios que revela, no por la evidencia interior ni por la conmoción del corazón. Y San Pío X dedicó buena parte de Pascendi a advertir sobre una religión fundada en la experiencia, que acaba por medir la verdad revelada según lo que el sujeto siente. No acuso al documento de modernismo, que sería injusto y además aburrido. Y, por otro lado, nadie puede negar la importancia de la experiencia personal en la fe. Más aún, en varias ocasiones he criticado en el blog a quienes consideran que la fe es Denzinger. Pero señalo que una pastoral que pone la experiencia en el centro hereda, quiéralo o no, la fragilidad de la experiencia: lo que se siente un domingo puede dejar de sentirse el lunes.

Y entonces llegamos al n. 80. Allí se pide que la transmisión de la fe no quede confinada a lenguajes que puedan calificarse de «escolásticos», «dogmáticos» o «moralistas». La tríada es reveladora. 
La escolástica aparece como sinónimo de frialdad conceptual, cuando fue precisamente el esfuerzo más formidable de la historia por hacer inteligible la fe sin traicionarla. La precisión no es lo contrario de la caridad, sino que es una forma de caridad intelectual, porque protege al fiel de la ambigüedad.
Santo Tomás escribió la Summa para principiantes —ad eruditionem incipientium, dice el prólogo— y el Catecismo de San Pío X formó a generaciones enteras de campesinos que sabían por qué creían lo que creían. Que el mismo dicasterio que en el n. 8 renuncia a la precisión desconfíe en el n. 80 de los lenguajes precisos tiene, al menos, el mérito de la coherencia.

El n. 84 completa el cuadro. Allí se invoca la «jerarquía de verdades» de Unitatis redintegratio 11 para concluir que, con los jóvenes, los catecúmenos adultos y los que vuelven, no conviene «dispersarse» en los muchos ámbitos de la doctrina. El principio conciliar nació en el contexto del diálogo ecuménico y se refería a la diversa conexión de cada verdad con el fundamento de la fe, no a su diversa obligatoriedad: todo lo revelado se cree con la misma fe divina. Trasladarlo a la catequesis como criterio de selección es abrir la puerta a una fe recortada, como la que habitualmente se imparte en parroquias y en colegios pretendidamente católicos. Y aquí el documento tropieza consigo mismo, porque veinte números antes había condenado la fe construida a la medida de cada uno.

La letra chica y lo que no se dice

Vuelvo a la liturgia. Las páginas son hermosas, pero en ellas la Misa no aparece nombrada como sacrificio, ni se habla de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Se habla de gestos, símbolos, silencios, memoria, comunidad. Todo verdadero, pero también insuficiente. Una liturgia descrita sin su carácter sacrificial es como una catedral descrita sin su altar.

Luego está la letra chica del n. 94. Los pastores deben poner en valor la riqueza del patrimonio litúrgico «respetando las normas litúrgicas vigentes». Esta frase dicha al pasar puede entenderse de diversos modos. Podemos decir que en Jujuy, por ejemplo, «normas litúrgicas vigentes» no incluyen al baile del carnavalito como parte del patrimonio litúrgico, pero también puede interpretarse como un recuerdo de que Traditionis custodes sigue en pie. La puerta que se entreabre para las «diversas sensibilidades» tiene un portero que, en muchas diócesis, no está dispuesto a abrirla. 

Y el ejemplo que el propio texto elige para ilustrar la riqueza del patrimonio es la «variedad de estilos musicales», sin una sola mención del canto gregoriano, al que Sacrosanctum Concilium 116 reconocía el primer lugar. Del latín, Tucho no se ha enterado. [Recomiendo a los católicos panameños que señalen con humildad a sus obispos que comulgar de rodillas y en la boca, y usar el velo en la Santa Misa, no son “extremismos litúrgicos”, sino que son parte innegable del patrimonio litúrgico].

Pero la omisión más elocuente no está en ningún párrafo concreto, sino en el conjunto. El documento dedica decenas de números a describir las causas de la crisis en la transmisión de la fe: la secularización, la globalización, las tecnologías digitales, la inteligencia artificial, el individualismo, el consumismo, las migraciones, los evangelios de la prosperidad. Todas son causas externas. Pero no aparece una línea sobre la catequesis de las últimas seis décadas, sobre los manuales que reemplazaron el catecismo por dinámicas de grupo, sobre la reforma litúrgica y sus consecuencias, sobre la confusión doctrinal sembrada desde las cátedras y los púlpitos, sobre el descrédito causado por los abusos, sobre los sacerdotes y cardenales que escriben libros eróticos o pornográficos. Para el documento, la Iglesia es víctima del cambio de época, nunca uno de sus factores.

El n. 79 constata que un número elevado de niños abandona la Iglesia apenas termina la catequesis o la escuela católica. Es una admisión honesta. Pero la pregunta obvia —¿qué se les enseñó durante esos años?— no se formula. Y no se formula porque la respuesta incomodaría: durante décadas se hizo exactamente lo que este documento propone, una catequesis experiencial, afectiva, poco «dogmática» y nada «escolástica». Los resultados son evidentes; el propio texto los describe pero, curiosamente, no señala a los responsables.

Y aquí está, me parece, la contradicción central de Venite ad me. El n. 64 constata con preocupación que muchos neófitos franceses, poco después de su bautismo, vuelven a la indiferencia práctica. El n. 65 reconoce que una de las cosas que atrae a estos conversos es la recuperación de lo antiguo y de las tradiciones. Basta poner los dos números uno junto al otro para que la conclusión se imponga sola: los jóvenes llegan buscando la tradición, y se encuentran con una pastoral que se la escamotea. Llegan buscando el Misterio y se les ofrece una dinámica de grupo. Llegan buscando una doctrina sólida, capaz de sostenerlos cuando la emoción se enfríe, y se les dice que no conviene dispersarse en la doctrina.

No extraña que se vayan. Lo que atrae a un muchacho de veinte años que creció en el vacío de la inmanencia no es una versión más cálida de ese mismo vacío, sino algo que lo precede y lo supera, y me refiero a una liturgia que no inventó su párroco, un catecismo que no se negocia, una moral que exige y un Dios que juzga porque toma en serio la libertad del hombre. En una palabra, lo que la Iglesia llamó siempre traditio, que es exactamente el nombre de lo que este documento quiere transmitir.

El texto termina con la imagen del cirio pascual que enciende otras velas. Es una imagen bellísima, tomada de Lumen fidei. Pero conviene recordar lo que la liturgia de la Vigilia canta al encenderlo: Lumen Christi. La luz que se transmite es la de Cristo, entera, con su cruz y su juicio, con su sacrificio y su presencia real, con sus dogmas y sus exigencias. Una llama a medias no enciende nada. A lo sumo, humea.

Venite ad me, dijo el Señor; es verdad. Pero la frase sigue: «tomad sobre vosotros mi yugo» (Mt 11,29). Tucho se detuvo un versículo antes.

Wanderer

martes, 27 de octubre de 2026

El pucherazo perfecto es que usted se quede en casa | Alfonso P. Sanz




⏲ Tiempo estimado de lectura: 2 minutos


Hay una escena que se repite estos días en sobremesas, grupos de WhatsApp y a la salida de misa. Alguien comenta que las encuestas pintan bien y otro, con gesto de haberlo visto todo, sentencia: «Da igual. Ganará otra vez. Este no se va ni con agua caliente». Y el resto asiente, como quien acepta un diagnóstico terminal.

Los números dicen otra cosa. A poco más de cinco semanas del 29 de noviembre, Sigma Dos da a PP y Vox 203 escaños y el 51 % de los votos. 40dB les da el 50,8 %. DYM, entre 200 y 208 diputados. Y, sin embargo, buena parte de la derecha vive esta campaña como un velatorio. Las razones son tres: la astucia del personaje, la supuesta estulticia de un pueblo que «se lo traga todo» y el fraude, con Venezuela como espejo.

Hablemos del fraude sin ingenuidad, porque motivos para desconfiar sobran. El censo de residentes en el extranjero ha crecido en más de 400.000 electores desde 2023. El Supremo examina si el Gobierno estiró la ley de nietos más allá de su letra. Mientras lo decide, ha suspendido el voto de 163.020 inscritos por esa vía, porque ni la Oficina del Censo ni los consulados saben distinguir quién cumplía los requisitos. La Abogacía del Estado recurrió y perdió. Entonces Ángel Gabilondo, Defensor del Pueblo y exministro socialista, corrió al Constitucional a pedir medidas «cautelarísimas». Este miércoles, el Pleno le cerró la puerta por diez votos a dos. Añadan el voto por correo, gestionado por una empresa pública cuya cúpula nombra el Gobierno y de cuyos directivos Feijóo ha dicho abiertamente que no se fía. Y el precedente de Melilla, donde en 2023 se compraron votos por correo y hubo condenas.

¿Era paranoia? No. Era vigilancia, y de momento ha funcionado.

Esa es la diferencia con Caracas. En Venezuela, en 2024, la oposición reunió las actas de la inmensa mayoría de las mesas y demostró la victoria de Edmundo González. El régimen proclamó a Maduro sin enseñar un solo resultado mesa por mesa, porque allí ya no quedaba un juez capaz de decirle que no. Aquí todavía los hay. Y sigue en pie lo más sólido del sistema: cada mesa la forman vecinos elegidos por sorteo, el escrutinio es público y los interventores se llevan copia del acta firmada.

Las grietas existen, pero se tapan con la acción, no con lamentos. Que no quede una mesa sin interventor, que quien pueda vote en persona, que cada acta se fotografíe. Y, sobre todo, que el margen sea tan amplio que ninguna trampa alcance. El desánimo de cien mil votantes hace más daño que cualquier maniobra en una oficina.

Para un español de bien, además, la desesperanza no es una opinión política: es una tentación. La esperanza es virtud teologal, no un estado de ánimo que dependa de la última artimaña del gobierno.

Sánchez lleva años viviendo de nuestro cansancio. El 29 de noviembre podemos negárselo con algo tan poco heroico como ir a votar.

Alfonso P. Sanz | Jurista y escritor

domingo, 25 de octubre de 2026

El genocidio silenciado de católicos del Frente Popular en el 36: la sangre de los mártires atestigua la verdad histórica



⏲ Tiempo estimado de lectura: 4 minutos


3.040 mártires de la persecución religiosa en España aguardan todavía su beatificación

El odio visceral de la izquierda radical hacia la fe católica y hacia quienes la profesaban en la guerra civil española desencadenó una de las páginas más oscuras y criminales de la historia contemporánea de España. Las cifras oficiales de la Conferencia Episcopal Española revelan la verdadera magnitud de una persecución sistemática que buscaba la eliminación total de los fieles y la destrucción y quema de sus iglesias. La Iglesia en España reconoce o estudia actualmente el martirio de 5.455 personas asesinadas exclusivamente por su fe durante el siglo XX. El recuento oficial sitúa en 2.404 los mártires ya beatificados, en 11 los canonizados y en 3.040 los que permanecen en pleno proceso. Estas identidades representan el testimonio irrefutable de un auténtico genocidio de católicos que los herederos ideológicos actuales del Frente Popular ocultan bajo mantos de desmemoria democrática.

La revisión constante de los datos aflora una realidad insoslayable. Los procesos de beatificación avanzan gracias al trabajo de las diócesis, que preparan este otoño tres celebraciones litúrgicas de gran relevancia institucional. La diócesis de Ibiza elevó a los altares a 20 sacerdotes diocesanos. Le seguirán la diócesis de Santander, con un grupo numeroso de 80 mártires, y la Archidiócesis de Madrid, que recordará formalmente el sacrificio de 11 seminaristas y varios de sus familiares directos.

El Dicasterio de las Causas de los Santos en Roma ya promulgó los decretos correspondientes que avalan que estas muertes sucedieron estrictamente in odium fidei, es decir, por odio directo a la religión. A estas listas se incorporan además cincuenta mártires gabrielistas, integrados por 49 religiosos de San Gabriel y su capellán, asesinados en el cinturón de Barcelona entre julio y noviembre de 1936, y cuya ceremonia oficial aguarda una fecha definitiva en el calendario eclesiástico.

El clero secular y los laicos en la diana del terrorismo ideológico

El desglose pormenorizado de las víctimas evidencia que las milicias socialistas, comunistas, anarquistas y separatistas no hacían distinciones en su afán exterminador. Entre los creyentes que ya gozan de la condición de beatos, el grupo mayoritario corresponde a los miembros de congregaciones religiosas, con un total de 1.080 nombres. Los sacerdotes diocesanos suman 586 víctimas, los sacerdotes religiosos alcanzan los 512, los laicos comprometidos representan 183 casos registrados, los seminaristas ascienden a 34 y los obispos asesinados totalizan nueve representantes, de los cuales ocho ejercían como diocesanos y uno pertenecía a una orden religiosa. En el ámbito de los santos elevados a la canonización definitiva, figuran nueve religiosos, un sacerdote diocesano y un sacerdote religioso.

Sin embargo, las causas que todavía permanecen abiertas en los tribunales eclesiásticos de Madrid y Roma demuestran que el peso de la represión criminal frentepopulista recayó de manera abrumadora sobre el clero secular, el más arraigado en los pueblos y ciudades de España. De los 3.040 mártires que esperan actualmente la aprobación de sus expedientes en el Vaticano, 1.904 son sacerdotes diocesanos, lo que supone prácticamente dos de cada tres personas en proceso de beatificación. El resto del listado lo componen 703 laicos asesinados por defender sus convicciones, 232 religiosos, 159 sacerdotes religiosos, 39 jóvenes seminaristas que vieron truncada su vocación por los asesinos izquierdistas, y tres obispos diocesanos que prefirieron el martirio antes que renegar de su misión pastoral.

Las víctimas anónimas y el origen del terror en la revolución de 1934

La documentación existente no abarca el daño real infligido a la sociedad católica española. El listado oficial de la Conferencia Episcopal Española excluye aún por motivos formales a miles de ciudadanos cuyos expedientes todavía se analizan de manera preliminar en las delegaciones diocesanas, o cuyos procesos ni siquiera han comenzado por falta de recursos logísticos. Existe además una cifra negra e indeterminada de hombres y mujeres asesinados por las checas y comités revolucionarios durante la Guerra Civil cuyos rastros documentales desaparecieron por completo. La falta de testimonios directos impedirá de manera definitiva la apertura de una causa canónica para estos creyentes anónimos, cuyos nombres permanecen borrados de los registros pero vivos en la memoria de la fe.

El gobierno de Sánchez y sus cómplices insisten en encuadrar estos crímenes como meras consecuencias colaterales de la contienda militar iniciada en julio de 1936. No obstante, los analistas e historiadores eclesiásticos recuerdan que los ataques sistemáticos comenzaron mucho antes. La violencia letal arrancó en el año 1934, durante el intento de golpe de Estado contra la legalidad de la II República que protagonizó el PSOE junto a comunistas. Aquella insurrección armada causó decenas de muertes religiosas en regiones como Asturias, donde el movimiento revolucionario mostró su faceta más despiadada a través del asesinato de dos laicos y 37 eclesiásticos, entre los que figuraban nueve Hermanos de La Salle, siete seminaristas diocesanos, tres formadores, tres misioneros paúles, dos jesuitas, un carmelita y un religioso pasionista.

La imposibilidad de ocultar el sacrificio de una Iglesia perseguida

El esfuerzo de los partidos de la coalición socialista-comunistas-separatistas por imponer una memoria histórica falsa y manipuladora choca frontalmente con la contundencia de las pruebas documentales. Las actas de martirio detallan tormentos y ejecuciones sumarias que responden a un patrón planificado de eliminación de todo lo católico. Los comités frentepopulistas asaltaban templos y fusilaban a ciudadanos por llevar un crucifijo o por el simple hecho de ir a misa. Ninguna ley de carácter propagandístico conseguirá blanquear un genocidio católico de tales proporciones.

La sangre de los millares de mártires reconocidos por la Iglesia Católica constituye el testimonio definitivo de la verdad histórica. Frente al sectarismo institucional y el olvido forzado que promueven los sectores herederos de aquella izquierda extremista y sectaria, las cifras y los nombres propios de los sacerdotes, religiosos y laicos asesinados permanecen inalterables. España sufrió una persecución religiosa salvaje y programada, una verdad histórica que los procesos de beatificación actuales siguen desvelando ante los ojos del mundo entero de manera inapelable.

domingo, 18 de octubre de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #139 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.




EMPEZAMOS EN ROMA 

ESPAÑA 

1. Hemos celebrado a la Virgen del Pilar 

2. Los jóvenes no se casan 

3. La llamada iglesia roja de Madrid 

MUNDO 

4. Se nos escapa la fe 

5. Recortes drásticos en Escocia 

6. Cada día me cae mejor el Obispo Varden 

7. Y peor el cardenal Roche 

8. Romería de Nuestra Señora de Zapopan


sábado, 17 de octubre de 2026

ENTRAR A SACO (Carlos Esteban)




En tiempos de barbarie se enfrentaban las facciones en el campo de batalla para determinar cuál de ellas había de dominar sobre todas. Afortunadamente, ese tiempo sanguinario pasó, y ahora las facciones cuentan los efectivos de cada bando y el que tiene más se impone, evitando un innecesario baño de sangre. En todo lo demás, es igual.

Partido viene de partir, y cuando hablamos de ‘campaña electoral’ solemos olvidar que la palabra procede directamente del lenguaje bélico. Así, la campaña electoral es como la Campaña del Frente Oriental, por otros medios.

Por lo demás, el proceso mismo acaba con todo concepto no meramente retórico de reconciliación. Uno puedo escandalizarse —y malinterpretar— el dictum de Karl Schmitt según el cual la distinción fundamental de la política es la que separa al amigo del enemigo, pero lo vemos cada día desarrollarse ante nuestros ojos. Quien haya asistido a una reunión postelectoral de políticos del bando vencedor sabrá que la conversación suele parecerse más al reparto del botín que a una discusión programática.

Un rey del Antiguo Régimen podía emprender una campaña contra su vecino y aceptar la paz a poco de empezado el conflicto si pintaban bastos: tendría que renunciar, quizá, a una provincia, o pagar indemnizaciones, pero ahí quedaba todo. No tenía por qué abdicar ni ver destruido su país o arrasar el del vecino.
El siglo XX nos enseñó que las guerras democráticas son más atroces, por lo general, que las monárquicas porque exigen una previa demonización obsesiva del adversario para que el pueblo acepte con entusiasmo ir al frente. Eso hace políticamente imposible firmar una paz razonable para evitar lo peor, porque ¿quién admitirá que está dispuesto a negociar con monstruos?
Otro tanto, mutatis mutandis, sucede en la política electoral. Sánchez tuvo la gentileza de hacerlo explícito al hablar de ese célebre «muro» con el que separaba, como el Dios de las parábolas, las ovejas de los cabritos, los sumisos a su voluntad progresista, tropas entre las que repartiría las migajas del botín presupuestario, de los fascistas condenados a las tinieblas exteriores, donde el gusano no muere y las subvenciones no existen.

Quiere la teoría constitucional que el gobernante gobierne para todos, sin discriminación, y que sobre él, como mecanismo de seguridad, haya instituciones que lo garanticen. Pero ese pensamiento desiderativo se opone frontalmente a la dinámica natural del sistema de partidos, y su conclusión lógica tiende a ser la implacable división guerracivilista que ofrece Sánchez con un candor tan terrorífico: al enemigo, ni agua, y quien no está conmigo está contra mí.

Todo en los socialistas, si vemos el devenir de la información con ojos limpios, nos habla de una banda voraz que ha llegado al poder con hambre de pillaje, que ve en el Estado el gordo de la lotería, el Dorado definitivo del que podrán vivir como pachás en años sin término. Hacienda les sirve para perseguir, amenazar y sobornar a clanes mafiosos; el presupuesto, para colocar a los fieles en puestos que no tienen ni que pisar si no es su gusto, o usar para sus chanchullos; la policía se convierte en sus manos en una guardia personal cuya finalidad ya no es tanto reprimir el delito como para castigar a los disidentes.

Si al final de esta campaña acaba la pesadilla sanchista, no hay ni que pensar en volver a lo de antes, a hacer como que aquí no ha pasado nada y seguir administrando la herencia socialista como ha sido costumbre de los gobiernos del PP. 

Hay que entrar a saco, y desviar el curso de Tajo y del Ebro para limpiar estos nuevos establos de Augías.

Carlos Esteban

¿Una Iglesia sin su Pastor? El desafío de la enfermedad del Papa | P. Santiago Martín FM |




DURACIÓN 13:18 MINUTOS

viernes, 16 de octubre de 2026

Lo mínimo, para Europa Laica, es cambiar la Constitución | Alfonso P. Sanz



⏲ Tiempo estimado de lectura: 2 minutos


El lobby filomasónico laicista presenta diecisiete «propuestas mínimas» para el 29N. Si esto es lo mínimo, mejor no preguntar por lo máximo.

Hay palabras que, en boca de ciertos colectivos, cambian de significado como el camaleón cambia de color. «Mínimo» es una de ellas. Europa Laica acaba de presentar sus diecisiete «propuestas mínimas» para las elecciones del 29 de noviembre, y uno, que es de natural confiado, esperaba algo modesto. Quitar un crucifijo de algún despacho, cambiarle el nombre a algún colegio. Ingenuo de mí.

La propuesta número uno, la mínima de las mínimas, es reformar los artículos 16 y 27 de la Constitución. Ahí es nada. Para entendernos: es como si alguien te pidiera, como favor pequeñito, que le prestaras la casa. Con los muebles.

A partir de ahí el catálogo crece con la alegría de quien escribe la carta a los Reyes Magos, que por cierto acabarán rebautizados como «visitantes multiconvicción del 6 de enero». Romper los Acuerdos con la Santa Sede. Suprimir la casilla del IRPF. Cobrar el IBI a las parroquias. Dejar sin financiación a los colegios con ideario propio, que es una forma educada de decirles a cientos de miles de familias que el colegio de sus hijos sobra. Echar a los capellanes de los hospitales, no vaya a ser que un moribundo pida confesión y se nos contamine el sistema público. Y pasar al Estado los templos inmatriculados de valor histórico, porque nadie cuida mejor una ermita románica que un negociado con horario de nueve a dos.

Pero lo mejor está en las propuestas 11 y 12. Ningún menor podrá ser inscrito en una confesión, bajo ningún rito, hasta los 18 años. Ningún menor podrá confesarse hasta la mayoría de edad. Imagínense la escena: la abuela en la parroquia, el niño vestido de marinero y un funcionario en la puerta pidiendo el DNI. «Lo siento, señora, el chaval tiene nueve años. Que vuelva cuando pueda votar». Todo ello, claro, en nombre de la libertad de conciencia. De la conciencia de los padres no se dice nada. Esa, al parecer, no cuenta.

Y ahora, la verdad del barquero. Europa Laica asegura que solo pide que las instituciones no tomen partido por ninguna creencia. Basta repasar la lista: IRPF, IBI, concertada, capellanías, inmatriculaciones, Acuerdos con la Santa Sede. Casi todo apunta al mismo sitio. Eso no es neutralidad. Es una diana con forma de campanario.

Tampoco es neutral su compañía. En 2017 Izquierda Unida se sumó a la campaña de Europa Laica para sacar la Religión de la escuela y registró en el Congreso una iniciativa para derogar los Acuerdos con el Vaticano. En 2019 la asociación presentó sus propuestas electorales a IU, que las recibió con los brazos abiertos. Después respaldó la iniciativa de Unidas Podemos para denunciar esos mismos Acuerdos. Y este año, el manifiesto que llevaron al Congreso contra los Acuerdos lleva la firma de Antonio Maíllo, coordinador federal de IU, y el apoyo de Izquierda Unida como organización y de Derecho a Morir Dignamente, el lobby de la eutanasia. Cuando el Papa fue invitado a hablar ante las Cortes, Europa Laica pidió a los diputados que no acudieran. Podemos anunció que no iría.

Lo mínimo, para esta gente, siempre es mucho. Lo que nunca es mínimo es la coincidencia.

Alfonso P. Sanz | Jurista y escritor

jueves, 15 de octubre de 2026

Parolin: «Si es necesario, el Papa reajustará su pontificado»




El cardenal Pietro Parolin ha admitido este jueves que sigue «preocupado» por la salud de León XIV y ha pronunciado una frase que en Roma nadie ha pasado por alto: según cómo evolucione su recuperación, el Papa «reajustará su pontificado, si fuera necesario reajustarlo».

El secretario de Estado visitó al Pontífice en el Policlínico Gemelli, donde permanece ingresado desde el martes tras ser operado de un nódulo pulmonar. «Sí, lo he encontrado bien», respondió a los periodistas a su salida, y añadió que lo que el Papa le contó «corresponde exactamente a lo que han dicho los comunicados». Horas después, al margen de un acto en la embajada de Irak en Roma, el tono fue bastante más grave: «Sigo estando preocupado, porque lamento enormemente lo que ha ocurrido. Me fío de las noticias que nos han dado, de los boletines, y por eso tengo también la esperanza de que esta situación pueda resolverse cuanto antes».

«No se pueden hacer previsiones de ningún tipo»

Preguntado por el futuro inmediato del pontificado, el cardenal respondió: «Hace apenas dos días que el Papa fue hospitalizado; no se pueden hacer previsiones de ningún tipo. Se trata de ver cuándo regresará y qué dirán los médicos. Y, en función de todos estos elementos, el Papa también reajustará su pontificado, si fuera necesario reajustarlo».

Cuesta entender que el diplomático más experimentado de la Santa Sede, maestro en el arte de no decir nada, haya escogido precisamente ese verbo. En la misma frase en que pide no hacer previsiones, deja caer la posibilidad de un pontificado recortado, y lo hace con una vaguedad que invita a imaginar cualquier cosa, desde una agenda más ligera hasta escenarios que nadie en el Vaticano querría ver impresos. Si la intención era tranquilizar, el resultado ha sido el contrario: la frase ha dado la vuelta al mundo en pocas horas y ha alimentado justo las especulaciones que el propio Parolin decía querer evitar.

Tampoco quiso comprometerse con el Ángelus del domingo. Si el Papa mejora antes del fin de semana, cree que podría rezarlo desde el Gemelli, aunque enseguida se corrigió: «Dependerá un poco de la evolución de la convalecencia. Son todas suposiciones mías». Sobre el viaje a Uruguay, Argentina y Perú, previsto del 6 al 17 de noviembre, recordó que la decisión inicial era mantenerlo, pero dejó la puerta abierta: «Es un viaje largo y exigente; dependerá de los médicos».

Lo que los boletines no cuentan

El parte médico de este jueves es tranquilizador en lo inmediato: controles normales, buena recuperación del pulmón operado, fisioterapia con actividad motora completa y un posoperatorio que «avanza con normalidad». El Papa ha concelebrado la Misa, ha retomado parte de su trabajo y, si no hay complicaciones, volverá al Palacio Apostólico entre el martes y el miércoles de la próxima semana.

Sin embargo, tres días después de la intervención, ningún comunicado ha precisado el estadio del adenocarcinoma ni si los ganglios linfáticos extirpados durante la operación estaban libres de enfermedad. Son precisamente los dos datos que determinan el pronóstico y la necesidad de tratamientos posteriores. Ese silencio, sumado a la preocupación que el secretario de Estado no se molestó en disimular, obliga a contemplar escenarios algo peores que los que se transmitieron al principio, cuando todo parecía reducirse a un nódulo detectado a tiempo y extirpado sin más.

Nada de ello autoriza el alarmismo. Incluso en esos escenarios menos favorables, un adenocarcinoma pulmonar operado con éxito en un paciente de setenta y un años, con buena recuperación y vida autónoma desde el primer día, es una situación médicamente controlable. Pero la Santa Sede haría bien en dar esa información cuanto antes, porque cada día de silencio pesa más que cualquier verbo mal escogido.

Reflexiones ante las elecciones anunciadas | Jesús Aguilar Marina






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La democracia ha hecho de la dignidad nacional una tragedia de pasillo de comedias, una farsa. Durante la Farsa del 78 hemos visto como todos los ideales han sido traicionados y todas las instituciones corrompidas.

Para todo español de bien, la patria es espíritu, un patrimonio espiritual que reside en cada uno de sus hijos y que se ha materializado en sus tradiciones y en su arte, en su idioma y en su historia. La patria es una conciencia colectiva unida en una idea transcendente. Y esa idea providencial, con la forja de todos sus valores individuales y culturales, es la sinfonía que llamamos España.

Pero dicha pieza orquestal, precisamente por su armonía de valores y su grandeza de hazañas, tiene enemigos; rivales que no pueden aceptar la felicidad del pueblo. Quienes pretenden desprestigiar el paisaje natal, despreciar sus costumbres y abominar de su religión y de sus compatriotas más conspicuos, en vez de estimularlos y encomiarlos todo lo posible, lo hacen impulsados por el resentimiento, un odio sombrío nacido de su naturaleza mezquina.

El socialcomunismo es hoy el gran enemigo de España, en permanente alianza con las oligarquías —interiores y exteriores— políticas y financieras. Sólo la victoria sobre este contubernio podrá salvar una vez más a la patria y evitar que se convierta en una colonia escindida, vulgar y globalista, regida y coaccionada por traficantes, sectarios y traidores.

Esta alianza amenazante, travestida ideológicamente a conveniencia a lo largo de los últimos siglos, transforma a nuestra nación siempre que puede en algo caduco, podrido y humillante. Y contra esa fuerza antiespañola debe enfrentarse sin desmayo el pueblo español libre, como ha venido ocurriendo históricamente. Movimientos, cruzadas, insurrecciones y rebeldías se han reiterado una y otra vez para sacudirse la decadencia a la que tratan de arrastrarla tales enemigos.

Lo ideal sería que la victoria sobre los odiadores no fuera de un partido, sino que los vencedores constituyeran una inmensa multitud. Una gran comunidad de españoles capaz de conducir a España en una sola dirección: la de un código de valores respetuoso con la dignidad y la excelencia, en el que se fundieran los principios de la civilización clásica, génesis de Occidente, con doctrinas, actitudes y propósitos genuinamente españoles, llenos de originalidad y de alma propia.

Una España soberana, en definitiva, reconocible, acreditada y auténtica, alejada de cualquier imitación de políticas extranjeras. Pero para alcanzar este objetivo es preciso un movimiento regenerador. En él todos los hombres y mujeres libres habrían de ser actores, reunidos por el amor y el deber patrio bajo la bandera y la inspiración de una idea y de un destino en pos de la España Una, Grande y Libre de nuestros sueños más altos.

Tras lo antedicho y ante las próximas elecciones anunciadas, ¿reconoce alguno de ustedes, mis amables lectores, esta España imprescindible y soñada en la España que contempla a su alrededor en el trajín cotidiano? ¿Ve alguno de ustedes la Fuerza Nacional veraz, competente y necesaria capaz de oponerse al Frente Popular de Sánchez y, más allá, al Sistema del que éste y sus secuaces dependen? ¿O lo que ve es una época y una sociedad en las que los derechos democráticos se interpretan de forma peculiar?

Nos gustaría afirmar que estos tiempos son idóneos para saber por fin cuántos pueden llamarse españoles de bien entre los más de 38 millones censados actualmente. Pero ello no es posible. Y no sólo porque muchos de ellos constituyen un aditamento espurio mediante fraude electoral; ni porque nadie garantiza la transparencia en los recuentos; sino sobre todo porque una gran parte de los electores restantes, debido al movimiento inmigratorio impuesto y a la artera aculturación implantada, carecen de raigambre y de sentimiento nacional español.
Exceptuando el próspero período franquista, la Farsa del 78 compendia todas las abominaciones sociopolíticas y culturales sufridas por España desde que, con la idolatrada democracia a la cabeza, el sistema liberal parlamentario impuso sus valores de esclavismo y codicia. 
Las directrices globalistas y sus sicarios ejecutores no sólo se han mostrado capaces de utilizar el dolor para ocultar sus maquinaciones, también han patentizado la voluntad de manipular el tiempo pasado para legitimar el poder. Esta es la amarga realidad que, entre otros muchos horrores, la mayoría de los electores españoles ignoran o desean ignorar.

Mas estas reflexiones no pretenden animar o desanimar al hipotético elector. Sólo exponer que en el actual cenagal en que los comediantes han convertido a la patria, unos nuevos comicios no resuelven los problemas de fondo. Las elecciones, como todo lo que corresponde a la Farsa del 78, están heridas de impostura. Pueden ser un paso adelante o un paso atrás. Hasta ahora, la experiencia nos dice que todas las anteriores —y han sido infinidad— han supuesto un viaje hacia el abismo: la legitimación de la trampa a mayor gloria y provecho de la antiespaña partidocrática y de sus parásitos.

La solución, pues, no pasa por elecciones, sino por el zapatazo sobre la mesa de quienes tienen poder para ello y se sienten españoles de bien, si es que hay alguien ahí con estas condiciones. Un zapatazo que en las actuales circunstancias —dada la putrefacción institucional al servicio de los traidores— sería no sólo legítimo, también legal.

«Estar preparado —dijo el escritor austríaco Arthur Schnitzler— es importante, saber esperar es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida». Y de la convivencia española en paz, justicia y prosperidad, añadiríamos nosotros.

Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador

El globalismo contra España





Tiempo estimado de lectura: 6 minutos


La ofensiva total contra la soberanía de las naciones ha dejado de ser una amenaza velada para convertirse en una agresión abierta y brutal contra nuestra supervivencia. Las élites globalistas que dirigen los hilos del pensamiento único operan con un desprecio absoluto hacia la soberanía, la historia, la fe y la dignidad de los pueblos libres. El globalismo no busca el progreso de la humanidad, sino la demolición controlada de la civilización occidental para edificar sobre sus ruinas un mercado de consumidores dóciles, con una ideología antinatural y aberrante, de desarraigados y completamente desprovistos de alma. Bajo una retórica hipócrita de supuesta justicia social, los ingenieros de este orden transnacional imponen un totalitarismo que criminaliza el patriotismo y premia la sumisión a sus dictados de pensamientos únicos.

El secuestro del lenguaje y la falacia del multiculturalismo contemporáneo

El aparato de propaganda de las élites utiliza la manipulación lingüística como su arma de ingeniería social más eficaz. Al secuestrar las palabras y alterar sus significados, las terminales mediáticas del poder globalista internacional pretenden destruir la resistencia moral de los ciudadanos y forzar una rendición psicológica colectiva. Los globalistas hablan de «multiculturalismo» como si fuera una virtud y equiparan la civilización occidental de España con la «supremacía blanca», el «patriarcado» y el «imperialismo». Creen que los cristianos, en especial los católicos, deberían celebrar las festividades islámicas, que las fronteras nacionales son «racistas» y que cualquiera que rechace el globalismo promueve el «odio». Esta matriz ideológica busca inculcar un sentimiento perverso de culpa histórica en los pueblos europeos, con el único fin de que acepten su propia liquidación sin ofrecer la menor resistencia.

La consecuencia directa de asumir este marco mental es la disolución absoluta de la verdad y de la justicia. Cuando las instituciones políticas claudican ante este delirio nihilista, la noción misma de soberanía popular se convierte en una cáscara vacía. Si todo es cierto, entonces nada lo es. Y si no hay fronteras, no hay naciones. Si no hay naciones, los gobiernos nacionales no representan a nadie. De esta manera, las sociedades occidentales quedan reducidas a meras sucursales administrativas del Foro de Davos y de las agencias de las Naciones Unidas, donde los gobernantes actúan como capataces de un poder global que no rinde cuentas ante ningún pueblo.

La crisis migratoria y la negación de la realidad nacional

La inmigración, legal e ilegal, y de seguridad que padece España constituye el ejemplo más flagrante de cómo el globalismo utiliza la inmigración masiva como un ariete para desestabilizar a las sociedades homogéneas. Los gobiernos cómplices como el de Sánchez abren las puertas a flujos migratorios inasumibles que destruyen la convivencia, la cultura, la religión y la seguridad en nuestros barrios tradicionales, en definitiva, la esencia de las naciones..

Musulmanes marroquíes en edad militar invaden España a diario. Su sistema de creencias es claramente incompatible con el de los españoles nativos. Sin embargo, políticos y medios de comunicación afirman, de forma ridícula, que los invasores son tan españoles como aquellos cuyas familias han residido en España durante mil años o más. Esta aberración conceptual reduce la identidad nacional a un papel administrativo descartable, ignorando de manera deliberada los lazos de sangre, tradición, cultura y fe que cohesionan a una comunidad a lo largo de los siglos.

La tiranía mediática y judicial no duda en aplastar cualquier disidencia ciudadana que ose denunciar la realidad de esta colonización cultural. Durante décadas, los globalistas han insistido en que los españoles llamemos a los inmigrantes ilegales «recién llegados». Si disientes probablemente sea porque eres un «odiador», un «supremacista blanco» ¡y muy probablemente ambas cosas! Mediante este chantaje psicológico despiadado, el poder globalista busca desactivar el instinto de supervivencia biológica, cultural y religiosa de las naciones receptoras, obligándolas a financiar y aplaudir su propio reemplazo demográfico.

La persecución del cristianismo y la censura en las redes sociales

El odio visceral del globalismo no se dirige únicamente contra las fronteras físicas, sino principalmente contra la fe católica. Las élites globalistas y laicistas saben perfectamente que un pueblo sin Dios es un pueblo sin brújula, fácilmente maleable. Si reconozco en las redes sociales que iglesias católicas están siendo misteriosamente incendiadas en toda España y en el resto de Europa, mi discurso será marcado como «desinformación». La pinza censora formada por los gobiernos de la corrección política y las corporaciones tecnológicas de Silicon Valley silencia la persecución sistemática de los valores occidentales mientras subvenciona e institucionaliza los dogmas de la agenda global. Cuando ser católico en público y defender la fe es inadmisible en Occidente, no hay lugar en el planeta donde los cristianos estén realmente seguros.

El vacío espiritual provocado por esta descristianización forzosa condena a las sociedades a una debilidad terminal, transformando a los ciudadanos en átomos aislados y hostiles entre sí. La cultura, la religión y la identidad nacional importan. Importa si nuestros compatriotas poseen virtud moral y reconocen a Dios como la fuente de nuestros derechos naturales. Importa si los miembros de nuestra sociedad confían lo suficiente los unos en los otros como para trabajar y vivir juntos y que nos unen valores, tradiciones, historia y creencias compartidas. Sin estos lazos comunes, no somos nada los unos para los otros. Somos extraños, o peor aún, somos enemigos. El globalismo promueve intencionadamente este estado de guerra civil cultural larvada para presentarse luego como el único pacificador posible a través de un mayor control social y policial.

El carácter destructivo de la ideología globalista

El balance de las últimas décadas demuestra que el globalismo opera como una auténtica patología civilizatoria, un virus ideológico que corroe todo aquello que toca bajo el pretexto de una hermandad universal ficticia. De todas las filosofías destructivas que han asolado a nuestra especie, el globalismo sin duda se encuentra entre las más nocivas. Se disfraza de falsa virtud, empatía fingida y compasión simulada. Disfraza la conformidad ideológica de «mentalidad abierta». Predica la «coexistencia» mientras subyuga a los disidentes. Despoja a las personas de su herencia en nombre de la «tolerancia». Reescribe la historia cuando le conviene. Reemplaza el mérito y la igualdad con el derecho y el privilegio. Cuando es posible, el globalismo recicla la civilización occidental en cosmovisiones extranjeras, y cuando eso es imposible, arroja todo lo que apreciamos directamente a la basura.

La aceptación pasiva de esta agenda conduce de manera irremediable a la muerte por inanición espiritual de los pueblos. Quienes se niegan a emitir juicios de valor y equiparan la civilización propia con la barbarie extranjera cometen un acto de traición histórica imperdonable. Si todas las civilizaciones son «occidentales», entonces Occidente no significa nada. Si todas las naciones son iguales, entonces ningún país merece ser defendido. Y si todos los credos son meras «construcciones sociales», entonces la religión católica deja de ser la verdadera y la virtud cívica no es mejor que el vicio antisocial, Es el puro relativismo. El nihilismo no inspira sacrificios heroicos; invita al suicidio cultural. Las sociedades que sustituyen el heroísmo por el confort material y la cobardía moral están condenadas a la esclavitud.

La necesidad urgente de una resistencia civilizatoria

España y Occidente se encuentran ante un dilema existencial definitivo: o reaccionan con una firmeza implacable o se disuelven para siempre en la distopía deshumanizada del Nuevo Orden Mundial. Los conceptos prefabricados por la burocracia globalista carecen por completo de la fuerza mística necesaria para defender una patria. Nadie defiende el mundo cristiano rindiéndose ante el islam. La supervivencia requiere recuperar el orgullo de nuestra herencia, la reverencia por nuestros ancestros y la disposición absoluta al combate cultural frente a quienes pretenden borrarnos de la historia.

El destino de las próximas décadas pertenecerá exclusivamente a las comunidades que decidan romper las cadenas del consenso progre-globalista y reafirmen su derecho a existir con orgullo. El futuro pertenece a quienes no temen emitir juicios morales, culturales y religiosos. Solo quienes estén dispuestos a afirmar lo evidente —que la civilización occidental merece ser defendida— podrán liderar Occidente en las próximas décadas. No cabe el pacto ni la sumisión intermedia con una ideología cuyo objetivo último es nuestra destrucción total. Cualquier nación que no esté dispuesta a defender su forma de vida perecerá. La reconquista de nuestra soberanía y de nuestros valores tradicionales no es una opción política; es el imperativo histórico ineludible para salvaguardar el futuro de nuestros hijos. Ahí está el futuro de España.

miércoles, 14 de octubre de 2026

La maquinaria de la intolerancia ideológica: el odio visceral como motor político de la izquierda




Tiempo estimado de lectura: 3 minutos

El panorama político español se enfrenta a una degradación institucional y social sin precedentes históricos. A las puertas de la trascendental cita electoral del próximo 29 de noviembre, resulta imperativo analizar los resortes psicológicos e ideológicos que mueven al bloque de la izquierda y la extrema izquierda en nuestro país. Lejos de la confrontación clásica de programas o modelos de gestión, el debate público se ha visto inundado por una corriente de hostilidad que imposibilita cualquier tipo de entendimiento básico. La izquierda muestra síntomas claros de una animadversión patológica -cuando no, de odio visceral- hacia todo lo que representa la oposición, lo que anula toda opción de diálogo civilizado sobre política o convivencia ciudadana.

La ausencia de razón en el argumentario sectario

La izquierda no atiende a razones lógicas ni se fundamenta en un sentimiento noble de justicia social, a pesar de la constante propaganda oficial. El verdadero motor que impulsa sus acciones cotidianas y sus discursos parlamentarios es un rencor profundo e irracional. Para la izquierda, la discrepancia política no constituye una opción legítima dentro del marco social. Cualquier posicionamiento que huela a crítica u oposición recibe una respuesta violenta que busca la destrucción del adversario, en lugar de una réplica argumentada. Esta dinámica brutal y agresiva persigue la eliminación del pensamiento disidente mediante el señalamiento público, la cancelación cultural, la represión y, en algunos casos, la muerte.

Como consecuencia directa de esta estrategia de odio y venganza, el bloque izquierdista dirige sus ataques de manera sistemática hacia la demolición de los pilares fundamentales que sostienen la civilización occidental. Así, sus ofensivas legales y mediáticas golpean con dureza a la institución de la familia, el derecho a la vida desde su concepción hasta la muerte natural, la libertad individual de los ciudadanos y la práctica de la religión, mostrando una fijación especial en la persecución y el desprecio hacia la fe católica. Asimismo, las reformas normativas erosionan los modelos educativos independientes y la propiedad privada. El resentimiento y el deseo de revancha histórica conforman las únicas banderas reales de este movimiento político.

El fanatismo ciego ante la corrupción del líder

El seguidismo ciego hacia los dirigentes políticos que enarbolan estas consignas divisorias retrata la preocupante pérdida de criterio de una base electoral anestesiada. No importa que los tribunales o las investigaciones demuestren de forma nítida que sus líderes forman parte de tramas corruptas, redes criminales o estructuras clientelares de corte mafioso. Los militantes y simpatizantes izquierdistas perdonan de manera sistemática cualquier desmán tildándolo de persecución judicial o conspiración mediática. La masa militante fanática de la izquierda coloca una venda voluntaria sobre sus propios ojos para evitar el choque con la realidad fáctica de los juzgados.

Este estado de alienación ideológica deforma la percepción de la verdad y empuja a los votantes a contemplar únicamente aquellos datos que encajan en su relato partidista. La izquierda carece de principios éticos universales ni normal morales y abraza la vieja máxima de que el fin justifica los medios. La mentira sistemática y la manipulación psicológica de las masas constituyen las herramientas predilectas para conservar las cuotas de poder.

En este contexto de falsedad estructural, el Gobierno y sus satélites mediáticos utilizan la bandera de la vulnerabilidad de figuras como Maricarmen para activar el voto emocional, mientras guardan un silencio cómplice e hipócrita ante delitos graves, como las violaciones en manada, cuando los autores pertenecen a colectivos de origen extranjero, o la invasión de Ceuta por miles de marroquíes. Esa amalgama de odio, impunidad y doble moral es, en definitiva, la propuesta real que los ciudadanos encontrarán en las urnas el próximo 29N.

domingo, 11 de octubre de 2026

Santiago Abascal, contundente tras la decisión de Sánchez: "Es una persona al servicio de Marruecos"



DURACIÓN 32:43 MINUTOS

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #138 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 34:12 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA

ESPAÑA 

1. Otro novio para Barcelona 

2. Acercar la vida contemplativa a los jóvenes https://declausura.org/ 

3. Congreso Católicos y Vida pública 

MUNDO 

4. 10 años de Amoris laetitia 

5. Vete a otra parroquia 

6. Oración y ayuno frente al aborto 

7. Fundación Donum Missionis 

8. San Bruno y la cartuja


Las engañosas tácticas de la revolución silenciosa que arrasa la Iglesia




A lo largo de más de dos mil años, la Iglesia Católica ha conocido prácticamente todo cuanto pueda sucederle a una institución: malos pontífices, prelados corruptos, herejías, cismas, revoluciones, persecuciones, monasterios decadentes, curas depravados y teólogos tan resueltos a ser originales que al final ni ellos mismos se entienden.

Y a pesar de todo, la Iglesia sigue adelante. No porque los católicos hayan sido siempre prudentes; ésa sería una hipótesis histórica bastante atrevida. La Iglesia ha sobrevivido a causa de un fenómeno peculiar que no deja de repetirse: una vez pasadas la humareda, las disputas y las piruetas intelectuales, la ortodoxia católica ha demostrado tener una capacidad extraordinaria de supervivencia. Arrio pasó a la historia; pero Nicea permaneció. Los cátaros desaparecieron; y el Credo siguió en pie. El jansenismo, el modernismo y muchas otras modas semejantes surgieron presentándose como el futuro, y terminaron reducidos a meras notas marginales. Sin embargo, el catolicismo posee una piedra de toque bastante clara: su continuidad. De ahí la importancia de la Tradición, del depósito heredado de la Fe.

Eso no quiere decir que nada vaya a cambiar nunca. La liturgia se ha desarrollado, el derecho canónico ha cambiado, las disciplinas eclesiásticas han conocido alteraciones y las fórmulas teológicas han tenido nuevas definiciones. Al cabo de quinientos años, una encina no se parece a la bellota de la que salió. Ahora bien, si de pronto de la bellota sale un tulipán, ya no cabe hablar de desarrollo. Y ahí es donde radica el problema de la crisis que actualmente atraviesa la Iglesia. Porque no se ha producido un asalto por sorpresa al Vaticano. En un principio, la doctrina permanece intacta. El esquema por el que funciona hoy en día la Iglesia viene a ser el siguiente: «Claro que la doctrina no cambia, pero hace falta cambiar el enfoque pastoral». Así se tranquiliza la gente… hasta que con el paso de los años la práctica pastoral termina por transmitir exactamente lo contrario de la doctrina que en teoría se mantiene intacta.

Fijémonos en el caso de Alemania. El camino sinodal no se limitó a hablar de reformas administrativas o de mejoras en la supervisión de la autoridad episcopal. En el orden del día figuraban temas como sexualidad, homosexualidad, el papel de la mujer en cargos eclesiásticos, o la estructura jerárquica. En 2023 el camino sinodal llegó a adoptar una resolución que pedía la celebración de ceremonias particulares para, entre otras cosas, parejas homosexuales y divorciados vueltos a casar, y la formulación de ritos especiales para esos casos.

La propia Roma identificó el problema. En 2022, la Santa Sede declaró categóricamente que el camino sinodal alemán carecía de autoridad para imponer nuevas formas de gobernar la Iglesia ni instrucciones novedosas en materia de doctrina y moral, ya que desgarraría el tejido de la Iglesia y pondría en peligro la unidad. Ni más ni menos. Cuando Roma se ve obligada a amonestar públicamente a un proceso dirigido por obispos para que no introduzca una nueva moral, está claro que no se trata de una irregularidad litúrgica de poca monta.

Y a pesar de ello el proceso siguió. En abril de 2025, representantes de la Conferencia Episcopal Alemana y del Comité Central de los Católicos Alemanes publicaron un manual que fomentaba descaradamente la bendición de divorciados vueltos a casar, parejas de cualquier orientación y parejas no casadas por la Iglesia. Una vez más, no dicen que la doctrina sea errada, sino que acompañan a las personas. No es que cambie la moral; es cercanía pastoral. Y al que discrepe le cuelgan automáticamente el sambenito de fariseo. El innovador tiene amor; el católico ortodoxo por lo visto sólo tiene el libro de la ley. Es una retórica muy cómoda.

El mismo problema salió a la luz con Fiducia supplicans. Este documento de 2023 sostiene de manera formal y explícita la doctrina católica sobre el matrimonio. Llega incluso a afirmar que las uniones homosexuales no deben confundirse con el matrimonio, y que las bendiciones en cuestión no deben celebrarse de forma que parezca una boda. Pero luego permite las bendiciones espontáneas de parejas del mismo sexo. Hay que ser ingenuo a más no poder para creer que un acto simbólico no transmite ningún mensaje.

Al día siguiente de la publicación del documento, el jesuita estadounidense James Martin bendijo una pareja homosexual en Nueva York en presencia de periodistas. Se podría decir que, formalmente, no se casó a nadie. Pero en la práctica, medio mundo vio a dos hombres que vivían emparejados recibir juntos la bendición de un sacerdote católico.

Y vuelven con la curiosa distinción de siempre: «Lo que ha visto no es lo queremos decir». Se trata de una estrategia pastoral compleja a largo plazo. El lenguaje sacramental de la Iglesia se compone precisamente de signos visibles. Si durante años se nos ha enseñado que los gestos representan realidades, no podemos ponernos a insistir de la noche a la mañana en que hay que entenderlos a la luz de una nota a pie de página de un documento de la Santa Sede.

Está además el caso de Johan Bonny, obispo de Amberes. En marzo de este año declaró estar empeñando esfuerzos para que en 2028 se puedan ordenar en su diócesis hombres casados. Y después de un periodo brevísimo de formación. Cuando el verdadero sacerdocio requiere muchos más años de formación. Incluso lo dijo de tal manera que dio a entender que no es tanto cuestión de si se hará sino de cuándo se hará. Ya se están preparando aspirantes, aunque para que se ordenen hará falta la aprobación de Roma. Y eso es precisamente lo que indica el nuevo estilo de llevar la Iglesia. Primero, se infunden esperanzas. Después se organiza la práctica. Y por último se pide a Roma que regularice algo que durante ese tiempo ha ido surgiendo. La cuestión no es qué es lo que permite la Iglesia, sino qué se puede hacer para que más tarde a la Iglesia le resulte difícil revertir la situación. Eso no es sinodalidad. Es una teología de hechos consumados.

Esto nos recuerda al papa Francisco. Su pontificado promovió una cultura en que la ambigüedad se interpretaba siempre en un sentido marcadamente progresista. Más o menos, la fórmula siempre era: la doctrina sigue intacta, pero este caso en concreto es complejo; todavía hay unas normas, pero hace falta discernimiento. La doctrina es clara, pero su aplicación pastoral variará según los casos. En sí, no hay nada que no sea católico. Santo Tomás de Aquino sabía también que según las circunstancias concretas hay que hacer uso de prudencia. Pero cuando prácticamente todas las excepciones apuntan en la misma dirección, toca preguntarse si seguimos hablando de casos excepcionales.

Hay motivos para preocuparse. ¿Por qué? Leamos la historia de la Iglesia. Cuando un trastorno ha sacudido a la Iglesia, casi nunca empezó porque alguien anunciara: «A partir del próximo lunes vamos a hacer borrón y cuenta nueva con dos mil años de tradición católica». No es así como lo hacen. Comienzan diciendo que no se ha entendido bien la doctrina. Luego dicen que la terminología es perjudicial. Después, que nadie quiere cambiar la doctrina, pero hay que dar lugar a la pastoral. Por aquí y por allá, empiezan a hacerse experimentos. Los experimentos se vuelven la práctica. La práctica suscita expectativas. Las expectativas se convierten en una experiencia de vida. Y al final, a quienes defienden la doctrina original se les pregunta por qué se aferran tanto a conceptos ya superados. Así funciona la revolución silenciosa.

No se trata de negar el dogma, sino de conseguir que se evapore. No te dicen «esto ya no es verdad», sino «hoy en día hay que matizar más en este asunto». No dicen: «El sexto mandamiento ya no rige», sino «no se puede agobiar a la gente con tantas normas». En vez de «el sacerdocio está cambiando», dicen: «La situación de la parroquia exige otra cosa ahora». De esa forma, una doctrina puede seguir durante años en el Catecismo aunque cada vez sea menos eficaz pastoralmente.

A veces la Iglesia tiene que estudiar nuevas maneras de proclamar una misma verdad de un modo inteligible. Pero, precisamente por eso, la pregunta decisiva no es si está cambiando algo, sino si en la novedad que se introduce se puede apreciar un nuevo desarrollo orgánico de lo precedente, o si se ha producido una ruptura con lo anterior. Por eso, la continuidad no es pasatiempo de nostálgicos. Es un criterio católico. El verdadero católico no se limita a preguntar si la novedad es amable, o inclusiva, o tiene eficacia pastoral. La pregunta decisiva siempre es: «¿Es esta la misma Fe que se nos transmitió? ¿La de San Pablo, San Agustín, Santo Tomás, Trento, Newman, Juan Pablo II y Benedicto XVI?»

Quizás lo más paradójico de la presente situación sea que durante sesenta años nos han intentado convencer de que las reformas progresistas son necesarias para que la Iglesia resulte más atractiva para el hombre de hoy. Y sin embargo, en los países más secularizados los templos se vacían. ¿No será que al hombre de hoy le impresiona menos una Iglesia que le dice lo que ya leyó en el periódico de ayer? ¿Quién va a querer madrugar un domingo para que en una iglesia le vengan con sermones que digan lo mismo que oyó la noche anterior por la tele? Al cabo de un tiempo, quien no vea a nadie con él en la iglesia puede llegar a la conclusión de ya se ha llegado al ideal profético. Pero cabe otra posibilidad: que se haya equivocado de camino.

Sólo hay una cosa verdaderamente revolucionaria que ofrece la Iglesia: el Evangelio. Y el Evangelio no se puede adaptar a los gustos del público como un producto que se vende en el mercado. El cristianismo no nació porque a doce apóstoles se les ocurrió ajustarse más al espíritu romano de su tiempo. Proclamaban algo que a algunos de sus contemporáneos les gustaba, a otros les parecía una locura y a otros los escandalizaba. Y por esa razón, no los invitaban a participar en un diálogo sinodal. Al revés, los mataban.

Por Monseñor Robert Mutaerts
Obispo auxiliar de Bolduque (Holanda)