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viernes, 4 de septiembre de 2026

Santidad, ¿quién escribe sus intenciones de oración? (Carta abierta al papa León XIV)





Santidad:

He leído atentamente la intención de oración propuesta para el mes de septiembre, dedicada al cuidado del agua, que denuncia el desperdicio y la contaminación y proclama el derecho de toda persona a «beber sin miedo, sin desigualdad».

Ningún cristiano puede quedarse impasible ante quien padece sed, tiene que recorrer kilómetros en busca de una fuente o enferma porque no puede evitar el agua contaminada. El propio Cristo identificó la sed del pueblo con la suya: «Tuve sed y me diste de beber» (Mt.25,35). Dar de beber al sediento es una obra de misericordia corporal, y es algo que pertenece plenamente a la Tradición cristiana.

Ahora bien, Santidad, al leer esta intención he experimentado una sensación de extrañeza. Me ha costado mucho reconocer la voz del Pontífice que desde el comienzo de su ministerio ha recordado al mundo que la humanidad necesita a Cristo y que el mundo tiene necesidad de su luz.

Por esa razón, permítame plantearle una pregunta sincera y tal vez incómoda: concretamente, ¿quién escribe estas intenciones de oración? ¿Quién escoge las palabras que más tarde son presentadas a los fieles como intenciones del Papa?

Desconozco hasta qué punto ha intervenido Vuestra Santidad en la redacción del texto. No quiero formular acusaciones ni poner en duda vuestra sensibilidad hacia los pobres. Con todo, me cuesta creer que expresiones como «recursos de la Tierra», «derecho sin fronteras», «sobriedad» o «denunciar la contaminación» expresen de por sí lo que Vuestra Santidad considera más urgente para encomendarlo a las oraciones de la Iglesia Universal.

Son conceptos legítimos, pero podría haberlos expresado igual cualquier organismo internacional, una asociación ambientalista o un partido político. En esta intención se habla mucho del agua como recurso, derecho y bien universal, y demasiado poco del agua viva que es Cristo. Falta que hable claro del pecado, de la conversión, de la salvación de las almas, de la gracia, de la Eucaristía y de la misión evangelizadora de la Iglesia.

El peligro está en que la oración cristiana se transforme poco a poco en una declaración de intenciones humanitarias. Ciertamente la Iglesia debe ocuparse del hombre, de su dignidad y sus necesidades materiales; pero lo hace porque anuncia a Cristo, no porque tenga que repetir el programa de las instituciones civiles expresado con un lenguaje religioso.

Dice San Pablo: «Me propuse no saber entre vosotros otra cosa sino a Jesucristo, y Éste crucificado» (1ª a Cor.2,2). Ante las numerosas necesidades concretas de la primera comunidad cristiana, los Apóstoles afirmaron: «Nosotros, empero, perseveraremos en la oración y en el ministerio de la Palabra» (Hch.6,4).

Actualmente tenemos de sobra intenciones profundamente cristianas y que revisten una dramática urgencia.

Se podría rezar por los cristianos que son perseguidos y asesinados en Nigeria; por las comunidades agredidas en la República Democrática del Congo, Burkina Faso y Mozambique; por los creyentes obligados a estar en la clandestinidad en Corea del Norte; por los que son discriminados, encarcelados o amenazados de muerte en Pakistán, la India, China, Irán, Eritrea, Somalía, Yemen y Afganistán.

Según la World Watch List 2026, más de 388 millones de cristianos sufren en el mundo niveles elevados de persecución o discriminación por su fe. Tras esta cifra se ocultan templos incendiados, pueblos asaltados, sacerdotes secuestrados, familias obligadas a huir, mujeres violadas y hombres asesinados por no renegar de Cristo.

¿Por qué no pedir a la Iglesia Universal que rece por ellos?

Se podría pedir por los misioneros que se juegan la vida proclamando el Evangelio; porque los sacerdotes sean santos y fieles; por las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa; por los jóvenes, que hoy ya no conocen a Cristo; por las familias cristianas desgarradas; por los niños no nacidos; por quienes han perdido la fe; por la conversión de los pecadores; por los que mueren sin el consuelo de los sacramentos; por la libertad para practicar la religión; por la valentía para confesar públicamente el nombre de Jesús.

Se podría rogar para que la Iglesia no tenga miedo de proclamar que Cristo es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn.14,6) ante un mundo al que no le importa aceptarla como una institución humanitaria pero está cada vez menos dispuesto a escucharla cuando habla de Dios, de la Verdad, del pecado y de la salvación.

El cuidado del agua también podría ser una intención verdaderamente cristiana si se recondujera con más claridad a su centro, que es Cristo. El agua que sacia la sed corporal es indispensable, pero el Señor le recordó a la samaritana que quien bebe el agua del pozo vuelve a tener sed, pero quien bebe la que Él da «se hará en él fuente de agua surgente para vida eterna» (Jn.4,14).

Esa es el agua que sólo la Iglesia puede proporcionar al mundo.

Santidad, no le escribo para fomentar una polémica ni para negar la gravedad de la pobreza, la sequía o la contaminación. Le escribo porque temo que por detrás de conceptos en los que podemos estar de acuerdo la especificidad cristiana se vuelva cada vez más débil e indistinguible del lenguaje dominante.

La pregunta, pues, sigue en pie: ¿quién redacta esas intenciones? ¿Quién decide los temas urgentes que se deben proponer cada mes a la Iglesia Universal? Y sobre todo: ¿cómo podemos tener certeza de que cada una de esas intenciones conducirá de verdad a los fieles a Cristo?

Vuestra Santidad nos ha recordado que el mundo necesita la luz de Cristo. Siga pronunciando con claridad ese nombre, Santidad. Ayúdenos a no reducir el Evangelio a un programa social o ecológico. Recuerde al mundo nuestros hermanos perseguidos, y devuelva a las intenciones de oración la voz inequívocamente cristiana que tantos fieles anhelan oír.

Porque desde luego el agua es un bien que se debe protege y compartir. Pero la primera sed que la Iglesia está llamada a satisfacer es la sed de Dios.

SOBRE LA INVACIÓN DE CEUTA POR LOS MARROQUÍES

EL TORO TV, ADELANTE ESPAÑA Y OTROS MEDIOS 

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EL TORO TV (José Javier Esparza)




EL 2 DE SEPTIEMBRE, TODOS A LA CALLE, POR CEUTA


LA GRAN TRAICIÓN DEL GOBIERNO


ESPAÑA: EN MANOS DE SUS ENEMIGOS





ADELANTE ESPAÑA 4 de septiembre de 2026



⏲ Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

El Gobierno aplica en Ceuta su estrategia de impunidad ante las crisis

Cada vez que una crisis social, política o de gestión golpea los cimientos de España, el equipo de Pedro Sánchez activa un protocolo de comunicación perfectamente diseñado. La opinión pública no asiste a fallos de coordinación fortuitos ni a respuestas improvisadas, sino a la ejecución milimétrica del bautizado en Libertad Digital como ‘Manual de Emergencias del sanchismo‘. El presidente utiliza este guion sistemáticamente para eludir sus responsabilidades directas, sin importar que el problema afecte a los servicios básicos de los ciudadanos o a la mismísima integridad territorial del Estado.

Esta táctica de supervivencia política consta de cuatro fases secuenciales que la factoría de la Moncloa repite a rajatabla: retrasar, culpabilizar, embarrar y olvidar. El Ejecutivo central aplicó este mismo método destructivo durante el gran apagón de abril de 2025 y tras la terrible tragedia ferroviaria de Adamuz. Hoy, la historia se repite con una fidelidad pasmosa ante la gravísima invasión marroquí de Ceuta.

Retrasar y dilatar el rendimiento de cuentas ante los ciudadanos

La primera fase del manual consiste en postergar las explicaciones institucionales sine die. En el caso de Ceuta, el presidente ha comparecido ante las Cortes Generales más de un mes después de producirse los hechos. La Moncloa congela el reloj de manera deliberada con el único objetivo de enfriar la indignación popular. Mientras la sociedad exige respuestas inmediatas, los portavoces oficiales repiten el mantra de que todavía no conocen las causas profundas del suceso.

Sin embargo, esta aparente ignorancia esconde una trampa dialéctica inmediata. Al mismo tiempo que el Gobierno alega una falta de datos técnicos para justificar su silencio, los ministros aseguran con rotundidad que la causa no está en ningún caso en la mala gestión del Ejecutivo. El sanchismo decreta así su propia inocencia previa antes siquiera de iniciar cualquier tipo de investigación interna.

Culpabilizar a enemigos externos para eludir la autocrítica

Cuando la opacidad ya no basta para contener las críticas de la oposición y de los medios de comunicación críticos, el protocolo activa su segunda etapa: la búsqueda desesperada de culpables externos. El sanchismo despliega toda su maquinaria propagandística para desacreditar cualquier reproche recibido. En este punto de la crisis, el aparato ministerial señala a objetivos de lo más variopintos para desviar la atención, ya sea Rusia, Israel o la internacional de la ultraderecha. En la mentalidad monclovita, todo vale con tal de salvar al líder.

Si el señalamiento de fantasmas internacionales fracasa, el Gobierno recurre a un último escudo exculpatorio. Los ministros comparecen para asegurar que el gabinete no pudo hacer nada porque nadie les avisó de lo que iba a ocurrir. La culpa siempre pertenece a los demás. El Ejecutivo central atribuye los desastres a supuestos sabotajes, ciberataques, campañas de desinformación o a la intervención directa de actores extranjeros de la «internacional ultraderechista». Cualquier argumento estrafalario sirve antes que ejercer la más mínima y saludable autocrítica democrática.

Embarrar el debate público con hipótesis disparatadas

La crisis de Ceuta ejemplifica a la perfección la tercera fase del manual, centrada en emponzoñar la discusión política. El pasado 30 de julio, cerca de 80.000marroquíes invadieron la ciudad autónoma. Resulta inverosímil que semejante avalancha humana pasara inadvertida para las autoridades marroquíes en primer lugar, y para las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia españoles después. A pesar de la evidencia de un fallo sistémico, Moncloa insistió formalmente en decir que nadie sabía nada.

A las pocas horas de completarse la entrada masiva, Pedro Sánchez y su ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, comparecieron ante los medios para denunciar la difusión de «bulos» y «desinformación», además del baile de cifras, tanto en la entrada como en el regreso. La maquinaria gubernamental vinculó inmediatamente la crisis con campañas destinadas a generar división interna. Posteriormente, los portavoces afinaron el tiro y apuntaron de forma específica a redes de desinformación «rusas e israelíes» y a una «internacional ultraderechista» que quería atacar a España y Europa.

Por si este bombardeo retórico fuera insuficiente, el presidente introdujo en el debate la posibilidad de ciberataques y la actuación de «actores no estatales». Al mismo tiempo, los miembros del gabinete se apresuraron a exculpar a Marruecos de cualquier tipo de responsabilidad o connivencia en el asalto fronterizo. Este repertorio tan disparatado de hipótesis persigue únicamente embarrar el terreno de juego, confundir a la población y desviar los focos de la responsabilidad directa del Gobierno de España.

Olvidar a través de la caducidad instantánea de la actualidad

La cuarta y última fase del protocolo sanchista confía todo el éxito de la operación al paso del tiempo. El olvido sistemático constituye el verdadero pilar de esta estrategia de comunicación. Aquí juega un papel importantísimo su ejercito de mercenarios periodísticos que transmiten el argumentario de Moncloa. Moncloa sabe perfectamente que el impacto de un nuevo escándalo sepulta de forma inevitable la gravedad del caso anterior. La velocidad vertiginosa a la que avanza la información en la era digital favorece los intereses de un Gobierno abonado a la amnesia colectiva.

Hace años se decía popularmente, para ilustrar la rápida caducidad de las noticias, que «el periódico de hoy envuelve el pescado de mañana». En la actualidad, esa ventana de atención social se ha reducido hasta volverse casi instantánea. Nadie habla ya en las tertulias del caos ferroviario, de la tragedia de Adamuz o del apagón de 2025. El sanchismo fía su futuro a este desgaste de la memoria pública. Al final, el Gobierno cerrará la gravísima crisis de Ceuta tal y como cerró los desastres anteriores: sin una sola dimisión sobre la mesa y sin ofrecer una explicación clara y transparente de por qué sucedió semejante humillación nacional.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

León XIV convoca a obispos de todo el mundo para consolidar la herética Amoris Laetitia.



En nuestra traducción de El signo de la cruz , León XIV invita a los obispos del mundo a Roma para debatir sobre Amoris Laetitia [ véase ], de su predecesor , que abre la puerta a la comunión para los divorciados y vueltos a casar. La considera, a pesar de su carácter sumamente controvertido, un texto guía para la Iglesia. Si bien contiene elementos heréticos, se reafirma una vez más como una carta magna de creatividad que se adapta a los tiempos. Aquí está el índice de textos anteriores. 


Según informó Vatican News , el Papa León XIV ha invitado a los presidentes de la Conferencia Episcopal Mundial a reunirse en Roma en octubre para "examinar y debatir las enseñanzas de Amoris Laetitia y cómo proclamar el Evangelio a las familias de hoy".

A principios de este año, el Papa León XIV elogió Amoris Laetitia como un texto orientador para la Iglesia y expresó su intención de honrar la exhortación apostólica del Papa Francisco, sumamente controvertida, cuyos elementos son considerados heréticos por muchos.

En marzo, el Papa León XIVpublicó un mensaje con motivo del décimo aniversario de Amoris Laetitia [ aquí ], en el que describió la exhortación apostólica postsinodal de Francisco como un «mensaje luminoso de esperanza» y confirmó su papel central en la enseñanza contemporánea sobre el matrimonio y la familia. Escribió: « El 19 de marzo de 2016, el Papa Francisco ofreció a la Iglesia universal un mensaje luminoso de esperanza sobre el amor conyugal y la vida familiar ». « En este décimo aniversario, demos gracias al Señor por el estímulo que ha impulsado la reflexión y la conversión pastoral en la Iglesia, y pidámosle a Dios el valor para perseverar en este camino ».

En su mensaje, el Papa comparó explícitamente Amoris Laetitia con Familiaris Consortio de Juan Pablo II . «Desde el Concilio, las dos Exhortaciones Apostólicas, Familiaris Consortio —publicada por San Juan Pablo II en 1981— y Amoris Laetitia , han fortalecido el compromiso doctrinal y pastoral de la Iglesia al servicio de los jóvenes, los matrimonios y las familias».

En contradicción con Juan Pablo II y muchos otros, Amoris Laetitia afirma que «ya no se puede decir simplemente que todos los que se encuentran en situación irregular viven en estado de pecado mortal y están privados de la gracia santificante. Aquí hay algo más en juego que la simple ignorancia de la norma».

Según Gaetano Masciullo de LifeSiteNews, esta tesis es innegablemente heterodoxa. La admisión de Francisco sobre la posibilidad de dar la Comunión a católicos divorciados y vueltos a casar no solo se sugirió implícitamente en el documento, sino que fue confirmada explícitamente por Francisco el 5 de septiembre de 2016, en una carta dirigida a los obispos de la región pastoral de Buenos Aires [ aquí - aquí ]. « No hay otras interpretaciones », afirmó.

Tras la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia , cuatro cardenales enviaron a Bergoglio una carta histórica implorándole que aclarara su controvertida exhortación [ aquí - aquí ]. La carta formulaba cinco preguntas breves que podían responderse con un sí o un no, preguntas que habrían aclarado de inmediato el significado del ambiguo documento [ Aquí hay una crítica teológica de 45 eruditos - nota del editor]. El Papa Francisco optó por ignorar sus preguntas [Y sin embargo, véase -ndT].

Firmada por los cardenales Walter Brandmüller, Raymond Burke, Carlo Caffarra y Joachim Meisner, la carta informaba al Papa de la «incertidumbre, confusión y desorientación entre muchos fieles» derivadas de Amoris Laetitia . Los cardenales explicaban que se sentían «obligados por nuestra responsabilidad pastoral» a pedirle al Papa Francisco, «con profundo respeto», que respondiera a las preguntas planteadas, recordándole que, como Papa, está «llamado por el Resucitado a confirmar a sus hermanos en la fe» y a «resolver las incertidumbres y aportar claridad».

En una nota que explicaba la publicación de la carta a los fieles, los cardenales revelaron que surgía de una profunda preocupación pastoral por la grave desorientación y la gran confusión que reinaba entre muchos fieles respecto a cuestiones de suma importancia para la vida de la Iglesia.

La publicación de la carta sirvió para revelar a los fieles no solo la grave desorientación y confusión causadas por el Papa Francisco, sino también su conciencia de la gravedad de la situación y su decisión de no ponerle fin.

martes, 1 de septiembre de 2026

UNA IGLESIA SIN DIOS (Monseñor Strickland)




Monseñor Joseph Strickland


En un pódcast publicado el 14 de agosto de 2026 y titulado «Una Iglesia sin Dios», monseñor Joseph Strickland reflexiona sobre la pérdida del sentido sobrenatural en la Iglesia.


Una pregunta pesa mucho sobre mi corazón, y es difícil formularla: «¿Nos estamos convirtiendo en una Iglesia sin Dios?».

Por supuesto, no quiero decir que Dios haya abandonado a su Iglesia. Jesucristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Tampoco quiero decir que no existan innumerables católicos fieles, santos sacerdotes, religiosos, obispos, padres y madres de familia que aman profundamente a Dios y se esfuerzan cada día por vivir la fe católica.

Me refiero a otra cosa.

Me pregunto si no hemos ido elaborando progresivamente una manera de concebir la Iglesia —una manera de gobernarla, de hablar de ella, de celebrar en ella el culto y de determinar sus prioridades— que funciona cada vez más como si lo sobrenatural ya no fuera su realidad central. 

Porque el catolicismo es sobrenatural o no es nada.

Piensen en la fe católica que conocieron nuestros antepasados. Creían en el cielo. Creían en el infierno. Creían en los ángeles y en los demonios. Creían que Satanás era real y que también lo era el combate espiritual. Creían en los milagros. Creían en Nuestra Señora y en la intercesión de los santos. Creían que el pecado podía destruir la vida de la gracia en el alma. Creían que la confesión podía restaurar esa vida. Creían que, cuando el sacerdote pronunciaba las palabras de la consagración en el altar, el pan y el vino se convertían realmente en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Creían en la realidad de la eternidad.

Y porque creían en estas cosas, vivían de manera diferente. Construían magníficas iglesias porque Dios estaba allí. Se arrodillaban porque Dios estaba allí. Hablaban en voz baja en las iglesias porque Dios estaba allí. Se confesaban porque el pecado era una realidad. Ayunaban porque la penitencia era una realidad. Rezaban por los difuntos porque el purgatorio era una realidad. Rezaban el Rosario porque creían que la Madre de Dios realmente los escuchaba. Pasaban una hora ante el Santísimo Sacramento porque creían estar ante Jesucristo.
Los católicos de las generaciones anteriores ciertamente tenían sus pecados y sus faltas. Nunca hubo una edad de oro en la que todos fueran santos. Pero la vida católica se comprendía dentro de un marco sobrenatural. Y temo que, desde hace décadas, estemos desmantelando ese marco.

Escuchen gran parte del lenguaje que rodea hoy a la Iglesia. 

Oímos constantemente hablar de escucha, diálogo, acompañamiento, inclusión, encuentro, sinodalidad, camino común, fraternidad humana.

Estos términos pueden tener un sentido legítimo. Escuchar puede ser algo bueno. El diálogo puede ser necesario. Ciertamente, debemos acompañar a las personas con caridad y compasión.

Pero debemos preguntarnos: «¿Dónde está Dios en todo esto?». A fuerza de hablarnos unos a otros, ¿seguimos hablando con Él?

Y cuando escuchamos, ¿escuchamos primero la voz de Dios, o escuchamos para determinar si lo que Dios ya ha revelado no debería, de alguna manera, ser reconsiderado? La diferencia es enorme.

La Iglesia no recibió el Evangelio de un grupo de discusión. 

La verdad no nos fue dada por consenso. Jesucristo no pidió a los Apóstoles que fueran por el mundo para descubrir qué creía la humanidad. Les dijo: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones».
Algo ha sido confiado a la Iglesia: un depósito de la fe, una revelación, una verdad que viene de Dios. Nuestra tarea no es reinventarla. Nuestra tarea es recibirla, conservarla, vivirla y transmitirla.
Hace más de un siglo, el papa san Pío X vio que un peligro se gestaba en el seno del pensamiento católico. Le dio el nombre de modernismo. Comprendió que el modernismo no era simplemente una herejía aislada entre tantas otras. Atacaba algo más profundo: los mismos fundamentos que permiten conocer y recibir la verdad revelada.

Si la verdad religiosa termina dependiendo de la experiencia humana, de la conciencia o de la evolución histórica, entonces el hombre se convierte progresivamente en juez de la Revelación, en lugar de que la Revelación sea juez del hombre.

Por eso san Pío X combatió el modernismo con tanta energía. 

Por eso también la Iglesia exigía en otro tiempo el juramento antimodernista. Y por eso hombres como monseñor Marcel Lefebvre advirtieron más tarde que el modernismo no había desaparecido.
No es necesario aprobar todas las decisiones tomadas por monseñor Lefebvre para reconocer la gravedad de la cuestión que planteaba. 
¿Qué ocurre cuando la Iglesia comienza a acomodarse al espíritu de la época? ¿Qué ocurre cuando el deseo de ser aceptada por el hombre moderno se vuelve más fuerte que el de convertir al hombre moderno?

Dietrich von Hildebrand captó el problema con notable claridad cuando advirtió contra el hecho de colocar la unidad por encima de la verdad. Porque, en definitiva, la primacía de la verdad es la primacía de Dios. Ahí reside el núcleo del problema.

Cuando lo sobrenatural comienza a desaparecer, las consecuencias se extienden por todas partes. 

Consideremos el pecado. Si el cielo y el infierno son realidades, entonces el pecado mortal reviste una gravedad extrema. Si un alma puede quedar separada de la gracia santificante, advertir a alguien del peligro del pecado no es mostrar odio, sino amor.

Si viera a alguien caminar hacia el borde de un precipicio, ¿exigiría la compasión que guardara silencio con el pretexto de que mis gritos podrían incomodarlo? Por supuesto que no. Gritaría precisamente porque lo amo.

Desde hace dos mil años, la Iglesia llama a los hombres y a las mujeres al arrepentimiento porque cree que su eternidad está en juego. Pero ¿qué ocurre cuando perdemos esta perspectiva sobrenatural?

El pecado se convierte progresivamente en otra cosa. En lugar de preguntarnos si un acto es conforme a la ley de Dios, comenzamos a preguntarnos si la persona se siente acogida. Las enseñanzas relativas al matrimonio, la sexualidad y la persona humana se vuelven cada vez más difíciles de proclamar porque la cultura las ha rechazado.
La Iglesia debe acoger siempre a cada persona con caridad. Todo ser humano posee una dignidad. Ningún católico debería tratar a otra persona con odio o desprecio. Pero la caridad no puede consistir en decirle a alguien que aquello que Dios ha calificado de pecado ya no es pecado. Eso no es misericordia. Porque si el pecado no es real, el arrepentimiento se vuelve inútil. Si el arrepentimiento es inútil, el perdón también lo es. Y si el perdón es inútil, la Cruz misma termina por volverse inútil.
¿Por qué necesitaría la humanidad un Salvador si su problema fundamental consistiera simplemente en que no nos hemos escuchado lo suficiente unos a otros?

El mismo problema puede presentarse en nuestras relaciones con las demás religiones. Debemos tratar con dignidad a las personas de todas las religiones. Debemos trabajar por la paz. Debemos oponernos al odio y a la persecución. Pero nunca debemos olvidar la razón de ser de la Iglesia.

Jesucristo no es simplemente un maestro religioso entre tantos otros. Es el Hijo de Dios. Él dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Estas palabras no pueden simplemente colocarse junto a todas las demás afirmaciones religiosas, como si todos los caminos condujeran finalmente a lo mismo. Si Jesucristo es verdaderamente Dios, entonces la evangelización importa. La conversión importa. El bautismo importa. La misión importa. La salvación importa.

Una vez más, lo sobrenatural lo cambia todo.

Y esto nos lleva a los obispos.

Yo mismo hablo como obispo y, por consiguiente, me dirijo primero a mí mismo.

Todo obispo comparecerá ante Jesucristo. No compareceremos ante un comité. No compareceremos ante los medios de comunicación. No compareceremos ante responsables políticos, donantes, consultores ni ante la opinión pública. Compareceremos ante Cristo. Y tendremos que responder por las almas que nos han sido confiadas.

El obispo no es simplemente un administrador. No es el director de una sucursal perteneciente a una organización religiosa internacional.

Lumen Gentium nos recuerda que los obispos no deben ser considerados como simples vicarios del Romano Pontífice. Los obispos son vicarios y embajadores de Cristo. Esto debería hacer temblar a todo obispo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, hubo momentos en que los obispos tuvieron que resistir a poderosas corrientes de error. Pensemos en san Atanasio. Pensemos en san Juan Fisher. Pensemos en los innumerables obispos que sufrieron el exilio, el encarcelamiento e incluso la muerte antes que transigir con la fe.

¿De dónde procede este valor? Procede de la fe sobrenatural.

Si este mundo es todo lo que existe, protejan su posición. Protejan su reputación. Protejan su carrera. Eviten toda controversia. Preserven su comodidad.

Pero si la eternidad es real, todo cambia. Entonces, perder un cargo no es nada. Perder la popularidad no es nada. Perder la aprobación de los poderosos no es nada.

La única pregunta que cuenta, en definitiva, es ésta: «¿He sido fiel a Jesucristo?».

La Iglesia también se ha vuelto extrañamente incómoda ante la idea de condenar. 

Preferimos el diálogo. Y, una vez más, el diálogo tiene su lugar. Pero llega un momento en que un pastor debe decir que no. Esto es cierto en toda familia. Un padre amoroso no aprueba todo lo que sus hijos deciden hacer. El amor exige a veces que diga: «No. Eso te hará daño».

Históricamente, la Iglesia entendía la condena doctrinal de una manera muy semejante. Los anatemas no pretendían ser expresiones de odio. Establecían límites porque la Iglesia creía que el error podía llevar a las almas a la perdición. Por eso, merece una reflexión la noción que a veces se denomina «anatema caritativo».

Si la herejía puede alejar a las almas de Cristo, corregirla es un acto de caridad. Si el pecado mortal puede separar a un alma de Dios, advertir contra él es un acto de caridad. Si recibir indignamente la sagrada Comunión puede constituir un sacrilegio, proteger la Eucaristía es un acto de caridad.

Quizá nos hayamos vuelto tan reacios a condenar el error, no porque hayamos descubierto una caridad superior a la de los santos, sino porque hemos perdido la convicción de que el error tiene consecuencias eternas. Y si es así, nos encontramos una vez más ante el mismo problema: la pérdida de lo sobrenatural.

Pero no quiero que este mensaje sea un mensaje de desesperanza.

Porque está ocurriendo algo más. Allí donde voy, encuentro católicos que tienen hambre. No tienen hambre de un nuevo programa, de un nuevo comité ni de una nueva sesión de escucha. Tienen hambre de Dios.

Los jóvenes católicos están descubriendo la adoración eucarística. Las familias están redescubriendo el Rosario. Hay personas que leen la vida de los santos. Descubren los milagros eucarísticos. Descubren el ayuno y las devociones tradicionales. Muchos se sienten atraídos por la belleza y la reverencia de la Misa latina tradicional.

¿Por qué?

No creo que se trate simplemente de nostalgia.
Muchos de estos jóvenes no tienen ningún recuerdo del antiguo mundo católico. Nunca lo conocieron. Lo que buscan es la trascendencia. Buscan algo que no provenga de ellos mismos. Quieren el misterio. Quieren la reverencia. Quieren el sacrificio. Quieren la verdad.
En definitiva, quieren a Dios.

Y quizá comprendan algo que los planificadores eclesiásticos han olvidado: si la Iglesia no ofrece al mundo más que aquello que el mundo ya puede ofrecerle, entonces el mundo no nos necesita. El mundo ya tiene organizaciones humanitarias. Tiene movimientos sociales. Tiene conferencias. Tiene terapeutas. Tiene organizaciones comunitarias. Tiene movimientos políticos. Tiene innumerables oportunidades de dialogar.

Lo que el mundo no puede darse a sí mismo es la gracia sobrenatural. El mundo no puede absolver un solo pecado. El mundo no puede consagrar la Eucaristía. El mundo no puede darnos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mundo no puede abrirnos el cieloSólo Cristo puede salvar. Y Cristo confió su misión salvífica a su Iglesia.

¿Cuál es, pues, la respuesta? No es la amargura. No es la ira. No es una nueva facción católica. Y, fundamentalmente, lo que necesitamos no es una Iglesia más severa.

Necesitamos una Iglesia que vuelva a creer.

Una Iglesia que crea que Jesucristo está realmente presente en el sagrario. Una Iglesia que crea que la confesión devuelve la vida a las almas espiritualmente muertas. Una Iglesia que crea que Nuestra Señora y los santos interceden realmente por nosotros. Una Iglesia que crea que los ángeles son reales. Una Iglesia que crea que los demonios son reales. Una Iglesia que crea que los milagros siguen ocurriendo. Una Iglesia que crea que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Una Iglesia que crea en la realidad del pecado. Una Iglesia que crea en la realidad de la misericordia. Una Iglesia que crea en la realidad del juicio. Una Iglesia que crea que el cielo merece que sacrifiquemos todo para alcanzarlo.

Y, por tanto, una Iglesia que tenga el valor suficiente para decir la verdad cuando decirla le cueste algo.

La Sagrada Escritura nos ofrece palabras de las que nuestra época tiene una necesidad desesperada: «Sed valientes y que vuestro corazón sea firme; no temáis ni os dejéis intimidar ante ellos, porque el Señor, vuestro Dios, camina Él mismo con vosotros: no os dejará ni os abandonará» (Deuteronomio 31, 6).

¿Por qué tenemos miedo? ¿Por qué debería un obispo tener miedo de proclamar lo que Cristo ha revelado? ¿Por qué debería un sacerdote tener miedo de predicar sobre el pecado? ¿Por qué deberían los padres tener miedo de enseñar a sus hijos que la verdad católica es realmente verdadera? ¿Por qué deberían los católicos sentirse incómodos al hablar de los milagros? ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de los santos? ¿Por qué deberíamos hablar en voz baja del demonio cuando la Escritura habla claramente del combate espiritual? ¿Por qué deberíamos disculparnos por creer que Jesucristo es el Salvador del mundo?

San Pablo nos dice: «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que están en los aires» (Efesios 6, 12).

O esto es verdad, o no lo es.

Si es verdad, quizá haya llegado el momento de que los católicos comiencen a vivir como si fuera verdad.

Quizá la crisis más profunda del catolicismo no sea, en definitiva, la crisis litúrgica. No es la crisis sexual. No es la crisis de las vocaciones. No es la crisis de la autoridad episcopal. Ni siquiera es la crisis doctrinal.

Detrás de todas estas crisis se encuentra quizá algo aún más profundo: una crisis de fe en lo sobrenatural.

¿Creemos realmente que Dios ha hablado? ¿Creemos que su verdad sigue siendo verdadera cuando el mundo la rechaza? ¿Creemos en la realidad de la eternidad? ¿Creemos que las almas pueden perderse? ¿Creemos que las almas pueden salvarse? ¿Creemos que Jesucristo es Dios?

Porque si realmente creemos en estas cosas, nuestras iglesias deberían tener otro aspecto. Nuestra predicación debería tener otro tono. Nuestro culto debería revestir otra forma. Nuestras familias deberían vivir de manera diferente. Y nuestros obispos deberían gobernar de manera diferente.

Podemos tener nuestros sínodos. Podemos tener nuestros comités. Podemos redactar nuestros documentos. Podemos celebrar nuestras reuniones. Podemos dialogar. Podemos escuchar. Podemos acompañar. Pero si, en algún momento del camino, Dios se vuelve secundario, ¿hacia dónde caminamos exactamente juntos?
La Iglesia no necesita parecerse cada vez más al mundo para salvar al mundo. Debe ser más plenamente aquello para lo que Jesucristo la estableció.
Necesitamos confesionarios nuevamente llenos. Necesitamos familias que recen el Rosario. Necesitamos el ayuno. Necesitamos la penitencia. Necesitamos reverencia ante la Sagrada Eucaristía. Necesitamos sacerdotes que prediquen las verdades eternas. Necesitamos obispos dispuestos a sufrir por estas verdades. Necesitamos iglesias en las que quien atraviese la puerta perciba inmediatamente: Dios está aquí.

Lo que da miedo no es solamente que el mundo haya aprendido a vivir sin Dios. Una gran parte del mundo lo ha hecho manifiestamente. La posibilidad aterradora es que la Iglesia pueda aprender a funcionar sin Él. Una Iglesia desbordante de actividad. Una Iglesia llena de conversaciones. Una Iglesia llena de programas, procesos, reuniones y documentos. Y, sin embargo, una Iglesia en la que el Dios sobrenatural hubiera sido, de algún modo, relegado silenciosamente a la periferia.

Hermanos y hermanas, no podemos permitir que esto suceda. La respuesta no es un nuevo programa. La respuesta es Jesucristo.

Pónganlo nuevamente en el centro. Vuelvan a su Corazón eucarístico. Vuelvan a la confesión. Vuelvan a la oración. Vuelvan a la Sagrada Escritura. Vuelvan a la fe que nos ha sido transmitida. Vuelvan a Nuestra Señora. Vuelvan a los santos. Vuelvan al sacrificio. Vuelvan a la reverencia. Vuelvan a lo sobrenatural.
Y no tengan miedo. Porque el mundo no necesita una Iglesia sin Dios. Necesita desesperadamente a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia del Dios vivo.
Que Nuestro Señor los fortalezca, que Nuestra Señora los guarde bajo su manto y que permanezcan firmes en la verdadera fe, cualesquiera que sean las pruebas que estén por venir.

Y que Dios todopoderoso los bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Así sea.

Monseñor Joseph E. Strickland
Obispo emérito

El «dolce far niente».




Las acciones tienen consecuencias y las omisiones también. No es buen sistema de gobierno el que deja que el tiempo pase esperando el milagro de una solución natural de los problemas. Un interesante artículo de hoy recoge el creciente malestar ante un pontificado que avanza en el tiempo, pero vacío de contenido. Basta con echar un vistazo a las secciones de comentarios de los principales blogs católicos o observar durante unos minutos los debates que animan las redes sociales para percibir un fenómeno tan evidente como silencioso: un descontento generalizado, profundo y, a veces, airado hacia el pontífice reinante, León XIV. Apenas un año después de su elección, la curiosidad inicial y el optimismo superficial parecen haber dado paso, entre amplios sectores de los laicos y el clero más atento, a una profunda sensación de consternación y confusión. No se trata de meras controversias virtuales creadas para generar clics. Algo mucho más serio está creando una brecha entre la Cátedra de Pedro y los fieles.

La primera y más importante causa del descontento reside en el derrumbe de una gran ilusión. Tras la elección del papa Prevost, gran parte del mundo conservador y tradicionalista albergaba la esperanza de un cambio radical respecto al pontificado anterior, soñando con la restauración de la dignidad papal. Esta esperanza se había visto alimentada por varios cambios significativos en el estilo: el abandono de la Casa Santa Marta y el regreso a los palacios sagrados, la reinstauración de las vacaciones de verano en Castel Gandolfo, e incluso detalles formales como la presentación directa del palio a los metropolitanos. Sin embargo, como muchos comentaristas han señalado con amargura, se trató de una revolución puramente estética y superficial. Detrás de los gestos de sonoridad antigua, la esencia del gobierno eclesiástico permaneció inalterada. León XIV confirmó en puestos clave a figuras muy controvertidas como el cardenal Fernández y el cardenal Zuppi, y no mostró un verdadero interés en frenar las tendencias doctrinales disruptivas, como la polémica vía sinodal alemana. La disidencia surge precisamente de aquí: los fieles perciben la incoherencia de un papado que se viste bajo el manto de la Tradición pero que, en la práctica, sigue tolerando el desmantelamiento de la doctrina.

Si bien la continuidad administrativa resulta desconcertante, son los gestos y omisiones concretas de León XIV los que alimentan los comentarios de los fieles. Internet no ha perdonado al pontífice por algunas declaraciones públicas y diplomáticas percibidas como auténticos respaldos al error. El ejemplo más llamativo fue el mensaje oficial enviado en marzo pasado a Sarah Mullally, primada recién nombrada de la Iglesia Anglicana en Canterbury. Dirigirse a una mujer como «Reverendísima» en un cargo episcopal —en abierta contradicción con la enseñanza definitiva de la «Ordinatio sacerdotalis»— y mostrar tal deferencia hacia una figura que apoya públicamente el aborto y las uniones entre personas del mismo sexo, ha generado una inmensa indignación. Muchos comentaristas han hablado abiertamente de una traición a la misión petrina y de una progresiva «protestantización» de la Iglesia. A esto se suman las desconcertantes extravagancias litúrgicas y pastorales, como la extraña bendición de un bloque de hielo o la falta de intervención en la decisión de premiar a políticos proaborto. Cuando el papa opta por el silencio o se retira a Castel Gandolfo mientras Roma acoge eventos ambiguos que se alejan abiertamente de la moral católica, los fieles experimentan una sensación de abandono pastoral y de orfandad.

León XIV se presentó desde el principio como un pontífice moderado, que intentaba tender puentes entre facciones opuestas. Su lema papal, In Illo uno unum («En uno, somos uno»), expresa este deseo de conciliación. Pero en una época de extrema polarización, la postura centrista corre el riesgo de disgustar a todos. Para los progresistas, León XIV es nostálgico del pasado y se resiste a las reformas necesarias (sacerdocio femenino, celibato, moral sexual); para los tradicionalistas, es un continuador encubierto del modernismo que carece del valor para defender la Verdad objetiva. En su intento por evitar disgustar a nadie, el Papa termina pareciendo ambiguo o incluso indiferente al destino de la fe.

La Iglesia Católica debe pronunciarse con mayor claridad sobre las enseñanzas tradicionales acerca del matrimonio y la moral sexual, especialmente ante la creciente confusión en torno a la homosexualidad y la defensa de los derechos LGBTQ dentro de la jerarquía. Nombrar los pecados graves no es odio, sino preocupación por las almas, como el deber de un médico de diagnosticar una enfermedad grave. La creciente división dentro de la Iglesia la provocan las bendiciones para parejas en situaciones irregulares, ministerios relacionados con la comunidad LGBTQ+ y mensajes pastorales cada vez más ambiguos. La jerarquía restringe a los católicos tradicionales y la Misa en latín, sin afrontar los desafíos a la enseñanza moral perenne. El doble rasero es evidente: se intenta silenciar a los fieles mientras se normaliza la confusión. La Iglesia debe hablar con claridad, los fieles deben actuar con valentía y la verdad debe ser proclamada, cueste lo que cueste. El mensaje no es de condenación, es de salvación y ese es el único mensaje que importa.

La herida litúrgica abierta por «Traditionis custodes» sigue sangrando. Muchos esperaban que León XIV levantara las restricciones de Francisco, restaurando la plena libertad de la Antigua Misa. Su silencio sobre este tema, sumados al enfrentamiento con la Sociedad de San Pío X —ahora presionada hacia una ruptura definitiva con la excomunión proclamada para las nuevas consagraciones episcopales— exasperan a la gente. Los fieles apegados al Rito Antiguo se sienten tratados como marginados y exiliados por una jerarquía que afirma ser inclusiva con todos, excepto con sus hijos más fieles. Pues parece que el descontento que se manifiesta no es el capricho de unos pocos fanáticos antirromanos. Es el grito de dolor de un pueblo que exige pan doctrinal y recibe piedras burocráticas o compromisos diplomáticos. La mediocre jerarquía que nos gobierna se engaña a sí misma pensando que puede solucionar esta profunda crisis con ajustes estilísticos o fórmulas políticas «a medias», internet seguirá hirviendo, demostrando que el hambre de verdad de los fieles no se puede saciar con el silencio de un «dolce far niente».

domingo, 23 de agosto de 2026

El Papa, desactivador de minas | Actualidad Comentada | P. Santiago Martín, FM



DURACIÓN 14:18 MINUTOS

«Molesten un poquito»: La Sacristía de la Vendée pasa revista al agosto de los escándalos y arma a los fieles con el Código de Derecho Canónico




La tertulia sacerdotal contrarrevolucionaria dedicó su último programa, dos horas largas bajo el título «Herejías, abusos y silencios», a hacer inventario de una quincena especialmente pródiga en escándalos eclesiales y, sobre todo, a responder a la pregunta que daba subtítulo a la emisión: qué pueden hacer los católicos. Condujo el padre Francisco José Delgado desde la selva peruana —reside estos días en el seminario de Moyobamba—, acompañado por el padre Juan Manuel Góngora (Almería), el sacerdote argentino Tomás Agustín Beroch, diocesano en Estados Unidos, y el padre Custodio Ballester (Barcelona), que abandonó la tertulia a media emisión. Delgado advirtió de entrada que el plan no era «simplemente indignarnos»: ante las cosas que dañan la fe «está el maligno dando vueltas para hacer que las almas se pierdan, y hay que acertar también a la hora de responder».

DURACIÓN: 2 HORAS

Los nombramientos: Longo y Murray

El repaso comenzó por los nombramientos. El boletín vaticano del 13 de agosto incluía la designación de Umberto Longo, director del Istituto Storico Italiano per il Medio Evo, sobre quien circulan informaciones «bastante claras» —dijo Delgado— de vinculación con la masonería, con presencia documentada en actos masónicos, sin que la Santa Sede haya dicho una palabra. A ello sumó el nombramiento de la religiosa irlandesa Patricia Murray, exsecretaria ejecutiva de la Unión Internacional de Superioras Generales y figura del sector sinodal más favorable a las reivindicaciones feministas y del mundo LGTB —Delgado exhibió su entrevista en Vida Nueva bajo el titular «El clero teme perder el poder»—, como consultora del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada.

Beroch confesó que no habría sabido que era monja de no decírselo: «El hábito no hace al monje, pero ayuda». Distinguió entre el homosexual que busca vivir en castidad, como los del grupo Courage, y los lobbies que defienden «el aborto, la ideología de género y todas esas porquerías anticatólicas», y fue al fondo del problema: «Cuando pones a alguien en un puesto de poder estás diciendo que esa persona es capaz de llevar a cabo la misión de la Iglesia»; el mensaje que reciben los fieles es que «todo eso no está tan mal». Citó el humo de Satanás de Pablo VI y los lobos con piel de oveja, y expresó la esperanza de que León XIV se parezca a León XIII, el papa que renovó las condenas a la masonería, el liberalismo y el socialismo. Delgado, por su parte, comentó la fotografía del encuentro de superioras religiosas viendo el mensaje del Papa: «Parece una señora jugando al bingo, un encuentro de la tercera edad».

Torrelavega: la Asunción negada desde el ambón

El plato fuerte llegó con Torrelavega. En la misa de la Asunción, celebrada por el 125 aniversario del título de basílica del templo, hubo danzas litúrgicas con hombres en falda —«un espectáculo bufonesco si no fuera por el dolor que causa verlo en medio de la misa»—, casulla azul fuera del privilegio de la Inmaculada y, sobre todo, la homilía del párroco, cuyo audio se reprodujo en directo: «Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma. El cielo no es ningún lugar físico, es un estado del alma». Para el padre Custodio, «un indocumentado, un ignorante, un pobre hombre» que «ha hecho el ridículo más absoluto en todo el mundo» y al que hay que mirar «con compasión y conmiseración».

Delgado fue al terreno canónico: la negación pública de un dogma proclamado es herejía, y la herejía está penada con excomunión latae sententiae. Cinco días después de la solemnidad, el obispo de Santander no había dicho nada, y el conductor recordó el agravio comparativo con su propio caso: «En veinticuatro horas mi obispo había mandado un comunicado echándonos a los pies de los caballos, dando por buenas todas las manipulaciones de la prensa religiosa más asquerosa. Nosotros habíamos pedido perdón doce horas antes». Y una comparación más incómoda: si a la Fraternidad de San Pío X se le declara la excomunión en un día, «esto también conlleva excomunión, y aquí no se hace nada».

Suesa: la consagración reinventada

En la misma diócesis cántabra situaron el segundo caso, a juicio de Góngora el más grave: la misa retransmitida por una televisión autonómica desde el monasterio de las trinitarias de Suesa, donde el celebrante reinventó la consagración en plural femenino: «Tomad y bebed todas de él […] será derramado por vosotras y por toda la humanidad […] para recordar que yo estoy en medio de vosotras como quien sirve». El sacerdote almeriense señaló que no solo se modifican a antojo las palabras de la consagración, sino que las monjas simulan con sus gestos una concelebración, materia consignada en el derecho entre los delicta graviora. «El vaso se está colmando», dijo, y rechazó la consigna de confiar y rezar en silencio: callar sería sumarse a «un silencio ominoso, aquiescente y cómplice con un auténtico contradiós». Delgado leyó la presentación que las propias monjas hacen de su liturgia en la web del monasterio —«un coro monástico circular sin espacios jerarquizados […] un lenguaje inclusivo»— y constató que tampoco aquí ha habido comunicado episcopal alguno.

La Paloma: la consagración del cardenal Cobo

Capítulo aparte, menor en gravedad pero de recorrido internacional, mereció la consagración del cardenal Cobo en la misa de la Virgen de la Paloma: la hostia sostenida sobre la patena fuera del altar, sin la inclinación que manda la Ordenación General del Misal Romano y con una teatralización dirigida a la asamblea. Las palabras, admitió Delgado, están bien dichas, pero la plegaria eucarística se dirige al Padre, no al público; es memorial y anámnesis, no dramatización, apostilló Góngora, para quien la gravedad «no está en qué se hace, sino en quién lo hace»: el arzobispo de Madrid y miembro de uno de los dicasterios más importantes de la Santa Sede.

Fátima: la bendición de Cristiano Ronaldo y Georgina

De Madrid a Fátima. Tras el matrimonio civil de Cristiano Ronaldo y Georgina Rodríguez, celebrado en su casa —«inválido para los católicos bautizados; no sirve para nada»—, un sacerdote les ofreció misa en una capilla privada del santuario portugués con una bendición «estilo Fiducia supplicans». Delgado, documento en mano, demostró que ni siquiera la controvertida declaración —contra la que él mismo firmó en su día— ampara lo sucedido: la bendición ha de ser espontánea y «nunca se realizará al mismo tiempo que los ritos civiles de unión, ni tampoco en conexión con ellos, ni siquiera con las vestimentas, gestos o palabras propias de un matrimonio». Aquí hubo capilla reservada, preparación y, al parecer, los mismos modelitos de la boda civil.

Góngora descargó la culpa principal en los sacerdotes cómplices que no explicaron lo que la Iglesia enseña, «sea Cristiano Ronaldo o sea quien sea», y alertó de la veda que se abre: el fiel de a pie tiene derecho a preguntarse por qué a él no le hacen lo que al futbolista, resucitando la vieja fama de las nulidades para ricos. Beroch lo resumió a la argentina: «La culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer», y «por la plata baila el mono». Contó que a un famoso local que le pidió algo parecido le propuso convertir esa misa en su boda por la Iglesia, y recordó al divorciado vuelto a casar que le ofreció un cheque de cinco mil dólares por un padrinazgo: «Yo no vendo mi alma; acepto ese cheque y pierdo el cheque de la vida eterna». Delgado remató con el chiste del perro que una señora quería bautizar por mil dólares de estipendio: «Ah, usted no había dicho que el perro era católico». Custodio aportó su propia casuística —los jubilados viudos que pedían bendecir unos anillos sin casarse para no perder la pensión de viudedad— y Beroch puso el telón de fondo bíblico con Ezequiel 3,18: el centinela responde ante Dios de las almas a su cuidado. Al fondo, dijo, se ha perdido el temor de Dios y, peor aún, la vergüenza: «¿Qué joven va a querer ser cura con ese tipo de esperpentos? Por eso los progres son estériles».

Bertomeu y la Pachamama

El último caso del inventario fue el de monseñor Jordi Bertomeu, oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, participando en Perú en un «pago a la tierra», ofrenda chamánica a la Pachamama, dentro de un encuentro macrorregional —«Entrelazando voces por la dignidad»— publicitado por Vatican News como preparación de la visita de León XIV. Custodio, que le conoce y ha hablado con él, pidió mirarle «con un poco de compasión»: en una carrera eclesiástica brillante «cualquier resbalón se convierte en una cosa muy grave», y «es doctor en Derecho Canónico y sabe de qué va la cosa». Góngora fue más severo: comentar el caso expone a que le acusen a uno de defender al Sodalicio y a los abusadores —remitió al artículo de Alejandro Bermúdez—, pero «la mujer del César debe serlo y parecerlo»: si cualquiera de ellos hiciera algo así «acabaríamos en una cartuja del paralelo 48». El mensaje que se transmite, dijo, es que «el que tiene padrino» puede cualquier cosa, y recordó las amenazas de excomunión a dos fieles peruanos. Delgado concedió que a uno pueden sorprenderle en un acto ajeno, «pero una cosa es que no te dé la sangre para ponerte a dar voces contra la idolatría y otra que te pongas a hacerlo tú».

¿Qué hacer? El itinerario canónico

La segunda hora se consagró al «qué hacer». Custodio, antes de despedirse, evocó el título de Lenin y el ver-juzgar-actuar de los antiguos grupos de revisión de vida, y trasladó el método al terreno cívico: si en cada pueblo de España un grupo se plantara todos los jueves a las siete en la plaza del Ayuntamiento contra Pedro Sánchez, «caerían como las murallas de Jericó»; el problema es la educación española del «que venga alguien y haga algo». Su receta eclesial: abordar al sacerdote y decírselo a la cara; si no rectifica, escribir al obispo «para que al menos durante tres minutos se incomode»; y si el obispo no hace caso, al dicasterio del Culto Divino, «porque las élites piensan que toda la humanidad es tonta menos ellos». Con una advertencia final: «Nosotros somos los primeros necesitados de convertirnos».

Delgado sistematizó después el itinerario canónico. El canon 212 establece la obediencia debida a los pastores, pero también el derecho de los fieles a manifestarles sus necesidades y «el derecho, y a veces incluso el deber», según el propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar su opinión sobre lo que pertenece al bien de la Iglesia. La instrucción Redemptionis Sacramentum (nn. 183-184) encarga a todos —obispos incluidos— que el Santísimo Sacramento sea defendido de toda irreverencia y reconoce a cualquier católico, sea sacerdote, diácono o laico, el derecho a exponer queja por un abuso litúrgico ante el obispo diocesano o ante la Sede Apostólica, «con veracidad y caridad».

Sobre esa base, el conductor desgranó lo práctico: los modelos de denuncia que el padre Javier Olivera Ravasi publicó en su blog «Que no te la cuenten» —escándalo público, abusos litúrgicos, negación de la comunión en la boca o de rodillas, predicación contraria a la fe o la moral—; la corrección privada para el cura joven que mete la pata, la carta formal para el veterano que «te mandará a freír espárragos»; describir hechos y solo hechos, sin endosar al obispo «una lección de eclesiología de Twitter» que acabará, «con toda razón», en la papelera; pedir acuse de recibo y, como los obispados españoles han dado en no darlo —«un abuso terrible» que denuncia en vano—, gastarse treinta euros en un burofax, o su equivalente notarial en cada país. Si en plazo razonable no hay respuesta, a Roma: Culto Divino para los abusos litúrgicos, Doctrina de la Fe para la predicación contra la fe y el escándalo público, Clero u Obispos según el caso; cabe incluso la doble notificación, denunciando ante el dicasterio de Obispos la inacción del ordinario. El cauce más eficaz, la nunciatura, que archiva copia y remite a Roma sin extraviar nada; las nuevas normas de la Curia obligan a algún tipo de respuesta en noventa días. Y un apunte de época: las inteligencias artificiales «son muy útiles» para redactar estas denuncias con los cánones aplicables, «e incluso, si te enciendes, te dicen: este tono no parece el correcto».

«Molesten un poquito»

Beroch cargó contra el ocultismo eclesial: la lógica de «los platos se lavan en casa» fue la que encubrió los abusos, y «el problema de meter la basura bajo la alfombra es que en algún momento la alfombra explota, y explota mal». Lo privado se arregla en privado —si discutiera con Olivera Ravasi le llamaría por teléfono, no abriría Twitter—, pero el pecado público que escandaliza exige palabra pública: «Los progres son como las ratas: le tienen miedo a la luz», a la prensa, a YouTube. De ahí su consigna a los laicos: «Molesten un poquito». Al cura a la cara después de la misa, cartas al obispo, al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, al del Clero, al nuncio, y a la policía si hay abuso de un menor: «Si llegan varias cartas, después la van a pensar». Con una salvedad que repitió varias veces: quien rectifica merece el abrazo —«hermano, bienvenido de vuelta»—; el problema es la pertinacia, porque las penas canónicas son medicinales y buscan la conversión del reo, no su destrucción. Los sinodales, ironizó, predicaron misericordia para todos «menos para los curas de la Vendée», crucificados «por un chiste que ni siquiera fue pecado».

Los contrapesos: prudencia, caridad y conversión propia

No faltaron los contrapesos. Góngora insistió en la prudencia: actuar con pruebas, sin juicios temerarios, dando la cara «con nombre y apellido» y sin la chiacchiera que condenaba el papa Francisco; y salió al paso de quienes en el chat oponían amor y temor de Dios: el temor es uno de los siete dones del Espíritu Santo, no un sustituto del amor. Delgado alertó contra quien usa el escándalo como coartada de agendas propias, y puso un ejemplo espinoso: concluir de Torrelavega que la Fraternidad de San Pío X «ha hecho bien» con las consagraciones de Écône, acto que él sigue teniendo por «erróneo e innecesario»; a pregunta del chat, Góngora confirmó que sustituir la lectura del mandato pontificio por una serie de argumentos leídos por un seglar es, «evidentemente», un abuso litúrgico. Y contra las «soluciones ideológicas» que aprovechan el río revuelto: «La culpa de todo la tienen los judíos. ¿Qué tiene que ver esto?».

El conductor recordó además que el canon 210 precede al 212 no por casualidad: primero los deberes —llevar una vida santa e incrementar la Iglesia—, luego los derechos. «Si me vuelvo un experto en materias teológicas controvertidas pero luego no rezo, mi familia está hecha un asco y en mi trabajo soy un inmoral, tenemos un problema». Su modelo de reforma, el de Santa Teresa ante la revolución protestante: no un gabinete de denuncias, sino una comunidad dedicada a vivir la perfección. «Nuestra mediocridad también es culpable de que estas cosas pasen». Beroch, reincorporado tras el apagón que le causó una tormenta eléctrica, lo remachó con una anécdota de sus años de seminarista con el Verbo Encarnado: criticaban a tal o cual obispo y un superior les preguntó si cumplían bien el horario del seminario; «si nosotros no cumplimos nuestro deber de estado, cuánto menos haríamos en el lugar de ese obispo». Y a un comentarista que le acusaba de odiar a los progres le respondió que allí nadie odia a nadie: si el párroco de Torrelavega tomase el micrófono y se arrepintiese, «lo aplaudimos».

Votar con el bolsillo

Hubo también un capítulo económico. El quinto mandamiento de la Iglesia obliga a ayudarla en sus necesidades, recordó Delgado, pero con inteligencia: donde el sistema lo permite —Estados Unidos, cuyas parroquias viven del cepillo, y no tanto la España o la Alemania de los subsidios estatales, donde el fiel apenas tiene voz—, cabe votar con el bolsillo, y sobre todo comunicarlo: «Mando una cartita: no puedo en conciencia colaborar con esto». Como en las bajas de telefonía, a veces eso hace que escuchen.

El tono: juzgar hechos, no personas

Sobre el tono de la denuncia, el conductor proyectó la escena de la película de Padre Pío en que el santo, denunciado por el obispo de Manfredonia, revienta contra el fraile que llama al prelado «cura indigno y sinvergüenza»: «¿Quién eres tú para hablar así de un obispo de la Iglesia? Aprende humildad». La maledicencia, recordó Delgado, es pecado aunque lo que se diga sea verdad, cuando se airean defectos ajenos para regodearse o fomentar el odio. Beroch matizó que ese mismo vídeo se le ha lanzado a él para acallar toda crítica, y fijó la distinción decisiva: se juzgan los hechos, nunca las personas ni las intenciones; puede decirse que negar la Asunción es una herejía aberrante, no que aquel padre se irá al infierno; sin juzgar hechos, «un padre no podría educar a sus hijos ni un policía detener al ladrón». Para quien quisiera profundizar en el dogma —hubo en el chat quien defendió que el párroco solo pedía entender el cuerpo «metafóricamente»—, los tertulianos zanjaron que hablar de mitología ya es negarlo, que el cuerpo glorificado es material —«Cristo comió un pedazo de pescado»— y remitieron a los vídeos de Olivera Ravasi y del padre Francisco Torres en su canal Clama Ne Cesses.

Contra la youtuberización de la fe

Los últimos compases abordaron la youtuberización de la fe, a raíz de un comentario que pedía no convertir a los laicos youtubers en «nuestros sacerdotes y obispos». Delgado reivindicó la gracia de estado del sacerdote para predicar y aconsejar —sin absolutizarla: al de Torrelavega hay que corregirle—, reconoció el servicio de los seglares, más a salvo de las arbitrariedades episcopales que algunos curas han padecido, pero les pidió reconocer sus límites: proliferan los vídeos de laicos, «algunos que antes de ayer eran protestantes», corrigiendo la plana en términos durísimos a sacerdotes con décadas de formación académica. De paso se defendió de quienes murmuran que tras la sanción se ha amansado: «Me volverá a pasar, no se preocupen; lo sobrellevaremos otra vez».

Góngora prefirió hablar de restauración antes que de reforma: «No es añadir un campanario a la torre; hay que repellar desde los cimientos y sacar la humedad y todo lo malo que se ha ido infiltrando», y previno a los fieles contra quien les diga lo que quieren oír. Beroch pidió humildad intelectual en todas direcciones —memorable su única respuesta escrita a un comentarista sabihondo de YouTube: «Discúlpeme, es la cuestión 23 de la Suma, no la 56»— y citó a Perón, «que no es santo de mi devoción, pero la verdad es verdad la diga quien la diga»: «El bruto es peor que el malo, porque los malos se pueden convertir». Delgado añadió la distinción escolástica entre opinión y demostración, contra los que califican de hereje al que discrepa en lo opinable, y lamentó a los exaltados que pierden amistades por estas disputas: «una ridiculez». Todavía hubo tiempo para reírse del youtuber que promete avisar a su audiencia cuando haya cisma, «aunque el Papa diga que lo hay».

El cierre fue el habitual de la casa: recomendación de la aplicación de audiolibros de Homo Legens —narrados con inteligencia artificial; Delgado la usa a diario en sus paseos por el seminario de Moyobamba— y del despacho fiscal barcelonés VCR, «Viva Cristo Rey», bendición en latín y el mismo himno cristero que había abierto la emisión: «Guerra, guerra contra Lucifer». Hasta el jueves que viene.

Shanghái retira las Biblias de la catedral, cierra San Ignacio y las funerarias niegan ya el funeral católico


La asfixia silenciosa de la Iglesia en China


(ChinaAid/InfoCatólica) Un católico de Shanghái ha documentado a lo largo del último año el estrechamiento progresivo del espacio en que los fieles chinos pueden vivir su fe, hasta el punto de que ya no es posible comprar una Biblia en la tienda de la catedral, el templo permanece cerrado a los visitantes y las funerarias de la ciudad se niegan a celebrar funerales católicos.

El informe, fechado el 1 de agosto de 2026, fue difundido el 19 de agosto en la red social X por una destacada cuenta de periodismo ciudadano y disidencia china en el extranjero. Su autor permanece en el anonimato por razones evidentes de seguridad.

Estanterías vacías en la catedral

La tienda de artículos religiosos vinculada a la catedral de San Ignacio, conocida también como catedral de Xujiahui, había retirado ya el año pasado los libros de teología de sus estantes. El 1 de agosto de este año desaparecieron directamente todas las estanterías, y con ellas la posibilidad de adquirir Biblias o el devocionario de las «Cuatro Oraciones Comunes».

Cuando el autor del informe preguntó por esos materiales, la cajera le respondió con una frase que resume el proceso entero: «Se han ido, se han ido todas».

La reflexión que le suscitó el episodio es igual de expresiva: «Es absurdo pensar que no puedas comprar una Biblia dentro de la iglesia, una maravilla del mundo».

No es un caso aislado de Shanghái. En junio de este año las iglesias católicas de Pekín retiraron igualmente las Biblias de la venta.

Un templo cerrado desde enero

La catedral de San Ignacio dejó de recibir visitantes a comienzos de 2026, con el argumento de unas obras de reforma interior. El autor del informe apunta que la decisión de reabrirla no depende enteramente de la propia iglesia.

Las peregrinaciones han corrido una suerte parecida. En julio hubo de cancelarse una peregrinación fuera de Pekín a causa de nuevas exigencias normativas. Un sacerdote de la capital explicó a los fieles que las parroquias que pretenden organizar peregrinaciones que crucen los límites de una región deben someterse a procedimientos de autorización «extremadamente difíciles de completar».

Hay algo más grave todavía en esa explicación: las iglesias locales «deben informar de los feligreses que viajan sin autorización». La parroquia queda así convertida en instrumento de vigilancia sobre sus propios fieles.

El resultado es que los católicos se ven reducidos a desplazarse en grupos de «dos o tres» personas. En este «tiempo especial», constata el autor del informe, muchas cosas que los católicos «habían podido hacer juntos anteriormente ya no podían hacerse».

También en internet

El cerco alcanza igualmente al ámbito digital. La aplicación católica china «Wan You Zhen Yuan» interrumpió bruscamente en diciembre de 2025 las retransmisiones diarias en chino del Rosario procedentes del santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en Francia. La plataforma suspendió asimismo sus vídeos informativos y los cursos de formación espiritual en línea.

La fe escondida y el funeral negado

El testimonio de un joven católico de la provincia de Shandong ilustra el precio personal de todo esto. Funcionario público, teme perder el empleo si se descubre su práctica religiosa. Por eso evita acudir abiertamente a Misa en Shandong y solo participa cuando viaja por motivos de trabajo. Dentro de la iglesia mantiene puesta la mascarilla para que nadie pueda identificarlo.

El último eslabón conocido de esta cadena afecta al momento de la muerte. Desde agosto de este año, las funerarias de toda la ciudad de Shanghái han empezado a negarse a celebrar exequias católicas.

La información ha sido publicada por ChinaAid, organización internacional de derechos humanos de inspiración cristiana fundada en 2002, en un reportaje firmado por el corresponsal Gao Zhensai.

viernes, 21 de agosto de 2026

Un vídeo del obispo Schneider denunciando la "islamización de Europa" se ha vuelto viral en medio de la crisis migratoria en España.



En nuestra traducción de Sign of the Cross . La advertencia del obispo Schneider sobre la islamización de Europa se ha vuelto viral tras la reciente crisis en la frontera de Ceuta, España, que sin duda no quedará aislada y tendrá repercusiones en toda Europa. La noticia se complementa con declaraciones del cardenal Sarah. Un vídeo del obispo Schneider denunciando la "islamización de Europa" se ha vuelto viral en medio de la crisis migratoria en España.


Un vídeo de 2025 en el que el obispo Athanasius Schneider denunciaba la "invasión" de inmigrantes islámicos en Europa, acusándolos de destruir la herencia cristiana, ha resurgido en las redes sociales después de que decenas de miles de inmigrantes llegaran a España la semana pasada.
En el breve vídeo, refiriéndose a la afluencia masiva de inmigrantes musulmanes a Europa, el obispo recalcó que muchos de ellos no son refugiados y que la «islamización masiva» de Europa forma parte de un complot de los «poderosos» para destruir el cristianismo en Europa. Muchos usuarios de X republicaron el vídeo [ aquí ] junto con otro vídeo de inmigrantes que llegaron la semana pasada al pequeño territorio español de Ceuta desde la frontera con Marruecos.
«Ahora estamos presenciando una invasión. No se trata de refugiados, no, se trata de una invasión de la islamización masiva de Europa», dijo el obispo en el video. «Y, por lo tanto, este es un plan político global de los poderosos del mundo: destruir Europa cultural y religiosamente, y en última instancia, destruir el cristianismo en Europa».
Durante la oleada migratoria de la semana pasada, se estima que entre 50.000 y 60.000 personas cruzaron ilegalmente la frontera hacia Ceuta entre el 30 y el 31 de julio, lo que representa más de la mitad de la población de la ciudad. Al menos 86 personas fallecieron durante esta oleada, la mayoría ahogadas al intentar nadar hacia la costa española.
Según el Daily Mail
, la situación incluso derivó en disturbios callejeros, con residentes que salieron a las calles para protestar y repeler a los intrusos. «Muchos ondeaban banderas españolas y les gritaban», informó el Mail . «Mientras un grupo de migrantes huía, se oía de fondo una fuerte sirena policial». El sindicato policial nacional Jupol emitió un comunicado denunciando la «clara falta de personal y recursos materiales» para gestionar la situación.
El gobierno español finalmente envió tropas el viernes para "reforzar la Guardia Civil en el ejercicio de sus poderes y cualquier otro poder que sea necesario para mantener la seguridad en la ciudad de Ceuta", dijo el Ministerio del Interior, añadiendo que colaborará con el gobierno marroquí para repatriar a los migrantes "lo más rápido posible".
La afluencia masiva de migrantes en la frontera fue tan devastadora que incluso el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, denunció el incidente como "una violación de la integridad territorial de España". Según las autoridades, la mayoría de estos migrantes abandonaron la ciudad voluntariamente.
Si bien la doctrina social católica afirma que los inmigrantes deben ser tratados con dignidad y respeto, también reconoce el derecho de cada país a proteger sus fronteras. El documento "Doctrina Social Católica sobre la Inmigración y la Circunvalación de los Pueblos" de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB) establece que los países no tienen la obligación de acoger a todos aquellos que desean entrar en su territorio.
Varios clérigos católicos se han hecho eco de las declaraciones del obispo Schneider sobre inmigración. En 2017, el cardenal Robert Sarah, en un discurso pronunciado en la Universidad Cardenal Stefan Wynszynski de Polonia, denunció a las "fuerzas externas" que pretenden imponerse en Polonia y otras naciones europeas sin integrarlas.
"¿Cómo puede una nación verse privada del derecho a distinguir entre un refugiado político o religioso, obligado a huir de su patria, y un migrante económico, que desea cambiar de residencia sin adaptarse, identificarse ni aceptar la cultura del país donde vivirá?", preguntó el cardenal Sarah.
El cardenal guineano también hizo hincapié en la importancia de reconstruir las naciones que han sufrido guerras y otras injusticias, sin desarraigar a las poblaciones de otros países, y criticó a quienes "explotan la palabra de Dios" para justificar la promoción del multiculturalismo.
"Reitero que debemos trabajar juntos para reconstruir las naciones que han sido víctimas de la guerra, la corrupción y la injusticia, pero esto no significa fomentar el desarraigo de los pueblos ni la destrucción de las naciones", afirmó. "Algunos instrumentalizan la Palabra de Dios para justificar la promoción del multiculturalismo y utilizan con frecuencia el pretexto de la hospitalidad para justificar la acogida de inmigrantes."
Palabras que, lamentablemente, no resuenan desde el trono más alto y sus líderes ideológicamente orientados, que siguen predicando la absurda aceptación indiscriminada, ignorando por completo sus consecuencias ahora casi irreversibles... sin ejercer ni el munus docendi ad intra ni la evangelización confundida con proselitismo ad extra ; afirmando, en efecto, que "rezamos al mismo Dios"...